No hay suelo absolutamente estable, ni refugio perfecto


Recuerdo haber elaborado, hace ahora la friolera de diez años, un número monográfico sobre museos muy bonito para la revista Experimenta junto al diseñador Marcelo Leslabay. Los museos europeos estaban sufriendo una transformación importante y en las principales ciudades (Berlín, Frankfurt, Amsterdam…) se aglomeraban formando auténticos “barrios” de museos (en Berlín fue una Isla, en Francfort buena parte de un margen del Main) o, por lo menos, y más allá de un simple revoco, reorganización, reforma y todos los re- habidos y por haber, estaban sufriendo un cambio radical en su enfoque y en su filosofía: no querían ser ya panteones del arte o del saber donde los habitantes del mundo externo se asomaban como meros espectadores, sino lugares interactivos, destinados a mostrar pero también a demostrar, convencidos de que el empirismo es parte vital del aprendizaje.

El número quedó precioso. El trabajo fue apasionante y, aprender todo aquello, realmente interesante en un momento en que el asunto aún no era vox populi. Pero yo, entre llamadas, recepción de materiales, redacción de artículos y reuniones con el redactor jefe seguía pensando para mis adentros: “Pero cómo va a ser interactivo un museo, cómo va a llegar cualquiera y se va a poner a manipular lo que está expuesto…”. Para mí, que imaginaba eso de interactuar de una manera mucho más llana, algo así como un señor que llega y se pone a reinterpretar Las Meninas con un espray para mostrar y demostrar que es una pintura viva y vigente, la cuestión era espeluznante.

Después de eso proliferaron los museos interactivos, sobre todo los dedicados a la ciencia y la tecnología, y los museos que tienen más naturaleza, digamos, de panteón, como los de pintura, escultura y antropología, se subieron al carro de la interactividad con otros medios: conferencias, visitas guiadas para padres y/o niños, talleres donde uno puede elaborar –o reinterpretar– llegado el caso, un Pensador con arcilla o plastilina sin que por ello deba Rodin revolverse en su tumba. Años después tuve la ocasión de ver en Francfort a qué se referían (el museo de Telecomunicaciones es fantástico), hasta que el nuevo modus operandi museístico llegó a España.

Hace algunas semanas visité Cosmo Caixa, un lugar donde el 99,9% de las cosas son interactivas. La lectura obvia: los críos se lo pasan pipa manipulando los imanes, los aparatos que hacen olas o los desagües que funcionan como si estuviéramos en el Hemisferio Sur. La capa profunda: de todos los fenómenos que se dan en la naturaleza podemos sacar enseñanzas para la vida, enseñanzas que la vida nos da en dosis tan pequeñas, tan distanciadas en el tiempo y a un precio tan alto, que bien justifican una visita al museo: el péndulo caótico, por ejemplo. Dice la cartela (ah, la redacción de cartelas de museo, un género literario en sí mismo): “cuando se hace oscilar el péndulo, su trayectoria es complicada e impredecible. Además es imposible hacer que repita dos veces la misma trayectoria”. O la de los peces que nadan siempre contra corriente, que se titula, como si de una declaración de principios se tratase, “Siempre de cara”. Según parece, es mucho más operativa esta actitud porque “dejarse llevar por la corriente implicaría un gran esfuerzo para volver a su zona habitual”. Así pueden comerse las partículas que el agua arrastra y la respiración es más fácil. Cuestión de supervivencia. Esto es aplicable a muchos otros fenómenos de la física, teorías, ensayos y experimentos –como el efecto Venturi o Faraday–  que, a su vez, son extrapolables a casi todas las experiencias vitales. Entonces, ¿por qué no enseñan más de esto en el colegio? Parece tan sencillo: una mañana en el museo, una experiencia que se recuerda y una ley que casi nadie comprende y nadie es capaz de aprender de memoria, al alcance de todos. Pero no sucede. Y la mayoría de la gente llega, llegamos, a la edad adulta con carencias grandes, más o menos graves, más o menos importantes para su –nuestra– supervivencia o, al menos, para evitar el sufrimiento propio y el daño ajeno.

En línea con estas reflexiones recibo un libro titulado El cerebro de Buda, editado por Milrazones. Lo llamaré libro de autoayuda para que, todo aquel que de manera difusa busque un libro esclarecedor, que dé una explicación de las cosas obvias que sin embargo no comprendemos, pueda llegar hasta él. Pero no se trata de una fabulita al estilo de El caballero de la armadura oxidada ni uno de esos libros que pretenden convertirnos en fabulosos empresarios partiendo del autoconocimiento y unas cuantas premisas –también obvias– más. No está rodeado del halo de espiritualidad ni pensamiento mágico de las obras de Louise Hay. El cerebro de Buda explica, con lenguaje científico sencillo y comprensible, cómo funciona la mente humana y cómo afecta ese funcionamiento a otros órdenes de nuestro ser. Expone y resume, al final de cada capítulo, el núcleo del tema correspondiente. La información es clara y está bien organizada. Y los conceptos estrictamente “científicos” se desarrollan en secciones aparte, que se distinguen incluso por una tipografía diferente. Y está bien escrito. Y bien traducido. Todo ello contribuye a que el lector disfrute de la lectura y el libro cumpla su cometido, que es informar e ilustrar. No es un libro espiritual ni religioso, aunque es compatible con la espiritualidad y la religión, ni un libro sobre budismo: se limita a recuperar una parte de aquella sabiduría para poner a nuestro alcance un manojo de técnicas de fácil aplicación que los budistas desarrollaron hace 2.500 años. En definitiva, un manual de uso y disfrute de la vida, absolutamente recomendable como lectura y como libro de consulta. Algo así como tener el museo en la librería de casa.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado en Fórcola Ediciones el ensayo biográfico Dickens enamorado. He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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6 respuestas a No hay suelo absolutamente estable, ni refugio perfecto

  1. Iria Kraus dijo:

    Qué interesante parece lo que recomiendas, habrá que leerlo, aunque sólo sea para arrojar un poco de luz sobre tan enigmática afirmación:

    No es un libro espiritual ni religioso, aunque es compatible con la espiritualidad y la religión, ni un libro sobre budismo (…), titulándose El cerebro de Buda.

  2. ¿por qué será que me animo a leer cada libro que comenta usted en su blog? Sigo creyendo firmemente, como nos ha dicho hoy Jaume Vallcorba en el encuentro La otra mirada en Zaragoza, en el poder de la palabra. Y en las recomendaciones de libros, el entusiasmo y el poder de convicción, que tiene que ver no solo con el carisma y la personalidad, sino con la honestidad y en la fuerza vital. Gracias por tus lecturas compartidas.

  3. Me sumo al interés. Lo buscaré.
    Gracias
    Bexo,
    A.
    *La próxima semana… ;)

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