Si pasas por el 84 de Charing Cross Road, bésalo por mí


El esnobismo no me parece mal, a priori. Pero hay cierto tipo de esnobismo que nos hace perdernos a veces las cosas buenas de la vida. ¿Quién de vosotros no ha dejado, en alguna ocasión, de leer un libro “porque es el que está leyendo todo el mundo”? Posición tan errada como la opuesta, e igual de cerril. Por este motivo pospuse la lectura de tres libros que luego me han encantado: Firmin, de Sam Savage, La elegancia del erizo, de Muriel Barbery, y 84 Charing Cross Road de Helene Hanff. Recibí 84 como regalo el mes pasado y me hago eco de la sensación que se anuncia, en elegante letra inglesa, en la esquina superior izquierda de la edición de Virago: “Unmitigated delight from cover to cover”, según el Daily Telegraph. La primera carta, del 5 de octubre de 1949, es toda una declaración de principios. Ya se ve que la tal Helene Hanff, que aclara entre paréntesis “señorita”, por si alguien tuviera dudas, lo tiene todo muy claro. Al pasar la página, convendréis conmigo, ya no se puede parar hasta el final, donde uno se siente como si hubiera ido corriendo campo a través y de pronto el suelo se acabara, cortado en tajo, formando un acantilado. Los que lo hayáis leído, ya sabéis a qué me refiero. Es difícil creer que hay más en la página siguiente, porque cuando termina la transcripción de la correspondencia entre Hanff y los empleados de Marks & Co., ese ir y venir de pedidos, amenazas (entre comillas), ruegos, agradecimientos y expresiones de los más sinceros sentimientos, uno siente que lo ha leído todo y que no puede haber más. Y tal vez no lo haya: el viaje de Helene a Londres, “con quince años de retraso” en sus propias palabras, es la unión de dos mundos antagónicos, de dos eras, de dos formas de sentir. Del racionamiento de artículos básicos, como la carne, y de lujo, como las medias, que Helene envía a sus amigos ingleses en compensación por sus atenciones, pasamos al despertar del Swinging London y Carnaby Street. Pero de esto hablaremos en otra ocasión, porque hay otra cosa que me interesa más: mientras leía la primera parte, la de las cartas, no podía evitar imaginarme a Miss Hanff en su piso de Nueva York, tratando de salir adelante con lo que escribe, encargando por correo los libros que ya ha leído en la biblioteca porque “comprar un libro que no se ha leído es como comprar un vestido que uno no se ha probado”. Entrañable agorafóbica funcional que apenas se desplaza a más allá de dos manzanas de su casa y persona de incorregible austeridad en sus modos y costumbres, muestra en sus cartas la calidez –y la calidad– de alguien que valora la palabra y la comunicación. Al leerlo, no podía evitar pensar cómo sería hoy su vida: habituada a trabajar en casa y habiendo desarrollado cierta tendencia “asocial”, encargaría sus libros en Amazon y opinaría, en Facebook y Twitter sobre lo humano y lo divino. Cuando en la carta del 5 de septiembre de 1950, por ejemplo, comienza a escribir en mayúscula, como hablando a alguien que está a su lado o continuando una conversación ya iniciada, antes de encabezar formalmente la misiva… la veía escribiendo en su muro de Facebook, con una legión de seguidores atacando al pobre Frank y pinchando pulgares alzados. O el 18 de septiembre de 1952, cuando escribe una carta plagada de letras mayúsculas para que su interlocutor sepa que está gritando con todas sus fuerzas. En otra, de finales de los cincuenta, se queja del empleo disoluto que se está empezando a hacer de la lengua inglesa y en la segunda parte hay una frase que parece concebida para Twitter: “Off to the Parliament”. ¡Sólo le falta poner LOL! Helene es genuina y lleva dentro de sí lo mejor de la antigüedad y lo mejor de la modernidad. Resuelta a hacer en todo momento su santa voluntad, no quiere que nadie impida a sus fans llegar hasta ella: está dispuesta a hablar y a escuchar, a dar y a recibir siempre. Tal vez sea eso lo que hace que, una historia que empieza como comunicación unívoca se desarrolle y adquiera profundidad y relieve hasta convertirse en un maravilloso ejemplo del género epistolar, un puñado de páginas donde vemos crecer una relación a distancia entre dos desconocidos que comparten, como tantos de nosotros, el amor a los libros.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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