Ha llegado la hora del arrepentimiento


Elizabeth Smart volvió a atraparme, como siempre. Como un veneno, como una adicción, como la misma Circe. Mucho me temo que no podré ser imparcial juzgando The Assumption of the Rogues & Rascals (Los pícaros y los canallas van al cielo, recientemente publicado en castellano por Periférica, con traducción y notas de Laura Salas, que no puedo juzgar porque no he leído) aunque pondré en ello todo mi empeño. He perdido la cuenta de las veces que he leído By Grand Central Station I Sat Down and Wept, y la historia de los canallas, que le sucede, lleva el mismo camino. Entro en el libro esperando un torbellino de sensaciones de la misma intensidad que el anterior y, claro, no lo hay. Cojo el lápiz pensando que me va a suceder lo mismo que con el otro (donde casi tuve que optar por subrayar lo prescindible, y no al contrario), pero lo uso poco. La mujer que, con poco más de veinte años, se enamoró de un hombre mayor, casado, que vivía en la otra punta del mundo, al hojear un libro suyo en Charing Cross, la mujer que peleó lo indecible para llegar hasta él, que vivió con él una pasión desbordada y tuvo cuatro hijos suyos y el valor infinito de contar a un mundo mojigato e hipócrita lo que estaba pasando, se presenta ante mí en un Londres devastado por la guerra, haciendo cola en la pescadería con su pedazo de papel de envolver y su cartilla de racionamiento, vistiendo una falda de tweed que ha visto mejores tiempos y rascando unos céntimos para coger el autobús. “Esta es la escena”, nos dice, como avisándonos de que no esperemos gran cosa. Pero esperamos, cómo no vamos a esperar. La crónica es, sin duda, desolada y desoladora. Como ella misma apunta, esa escena de ahí fuera es el reflejo de lo que hay dentro. O tal vez es al contrario: ha llegado la hora del arrepentimiento porque estamos en la segunda parte. El objeto ha cambiado: ya no es el destinatario de su deseo, sino ella misma, el resultado de aquella pasión desbordada, los restos del naufragio. Sin embargo, Smart decide no regodearse en su propio drama. Pinta un cuadro realista con lo que tiene a su alrededor y cuando habla de sí misma su universo se reduce enormemente: las penurias de la vida cotidiana, la crianza en solitario de cuatro hijos, el aburrimiento del trabajo, el reto del papel en blanco, el drama que supone envejecer (“tengo el pelo lleno de piojos y un amante infiel”: cínico paradigma de su situación). Sus males son los males de la humanidad. Admite, aunque sólo sea de forma velada, que no puede quejarse, porque “la muerte es el precio que hay que pagar por no sentir dolor” y, a la inversa, “el dolor es el precio de la vida”. No encuentro en estas páginas a la mujer que gritaba desafiante: “Recuerda, yo no soy el desahogo, sino la meta” o que declaraba abiertamente que no se dejaría aplacar por los pacíficos engranajes de la existencia. Aquí aparece aplacada, cómo si no, pero no vencida. Por eso me ha atrapado también, porque es la otra cara de la misma moneda, la mujer que fue capaz de tanto acepta su sino con resignación (“Soy lo bastante vieja como para saber que nunca sucederá nada de lo que yo quiero que suceda”) y nos cuenta su historia sin asomo de soberbia, sólo con humildad y fuerza, dueña y señora de su destino desgraciado, pero elegido. Su lenguaje, más centrado en lo terreno aquí que en Grand Central, no ha perdido un ápice de riqueza. Su estilo sigue conteniendo las mismas dosis de profundidad y densidad, aunque ahora las imágenes sean mucho más prosaicas: botones que se caen, carreras en las medias que se hacen más grandes. O más duras, como cuando invoca a la muerte como única liberación posible. Y siempre, en todo el libro, el amor-pasión, por el que hay que pagar, pagar, pagar… ¿En qué moneda? Puede ser en cualquiera: soledad, sin duda (“mi amor está a tres mil millas, pero aunque estuviese aquí al lado no estaría más cerca”), expiación y arrepentimiento, abandono y olvido.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Ha llegado la hora del arrepentimiento

  1. Margarita Sañudo dijo:

    Magnífica lectura la que has hecho de Elizabeth Smart. Gracias por compartir tus reflexiones sobre dos libros que, cuando era más joven e inocente, me atraparon, me asombraron y me dolieron, y que, pasados los años, siguen haciéndolo.
    Mi enhorabuena también a la editorial Periférica por rescatar a Elizabeth Smart.

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