Cuando Truman encontró a Willa


Hay quien sostiene que cuando alguien admira a un ídolo, no debería conocerlo nunca. Esta postura nunca ha sido la mía, pero entiendo que se trata de algo muy personal. Tanto si el ser al que admiramos es digno de esa admiración como si no, estoy convencida de que un encuentro personal sólo puede enriquecernos, aunque nos decepcione. Sobre esto se ha escrito mucho (recuerdo ahora el encuentro, en París, entre Edmondo de Amicis y Victor Hugo, por citar uno) y algunas de estas sensaciones son dignas piezas literarias cuyo valor trasciende la simple autoría, como esta pequeña joya de Truman Capote que nos ocupa hoy.

El 23 de agosto de 1984 (un día antes de morir, a los cincuenta y nueve años, probablemente de una sobredosis de pastillas) Joanne Carson fotografió a Truman Capote en la piscina de su residencia de Bel Air. Truman había comenzado a escribir para ella, como regalo de cumpleaños, una semblanza de su encuentro con Willa Cather muchos años atrás. Este manuscrito se subastó en Bonhams (Nueva York) el 9 de noviembre de 2006. En él Capote narra cómo siendo sólo un niño se interesó por el Sur, por la guerra y el ejército a través de las cartas que había guardado su familia (toda de Nueva Orleans o Alabama), de la que unos cuarenta miembros murieron en la Guerra Civil, y cómo a edad muy temprana había decidido escribir un libro sobre los héroes confederados. Cuando rondaba los veinte años abordó por fin el proyecto y comenzó su labor de investigación en la biblioteca de la New York Society. Allí, entre sus selectos parroquianos, observaba todos los días a una dama de cierta edad y físico peculiar, con zapatos de tacón bajo y medias gruesas y cuyos “ojos tenían el azul pálido de la aurora en la pradera, en un día claro”.

Una tarde, al salir de la biblioteca alrededor de las cuatro y en medio de una incipiente tormenta de nieve, decidió asistir a aquella dama que no conseguía parar un taxi. Se ofreció a acompañarla a su casa. En el trayecto, ella dijo que quería tomar un té y se detuvieron en un restaurante. Capote pidió un martini doble, Cather le preguntó si tenía edad para beber. Él le confesó entonces su edad y su propósito, y le contó que era un “aspirante a escritor”. Ella le preguntó sorprendida a qué escritores admiraba y él elaboró una larga lista que incluía, cómo no, a Flaubert, Turgenev, Proust, Dickens, Conan Doyle o Maupassant. “Ningún americano”, apreció Cather, aunque alabó la variedad de sus gustos. Él siguió entonces citando autores, ahora americanos, y sus obras: Henry James, Mark Twain, Melville… “Y me encanta Willa Cather”, declaró al fin, “Mi Antonia. La muerte llama al arzobispo. ¿Ha leído dos maravillosas novelas cortas de ella, Una dama extraviada y Mi enemigo mortal?” “Sí”, respondió ella. Y, tras dejar la taza sobre la mesa con un gesto nervioso, añadió: “Tengo que decirte algo… Yo escribí esas novelas”.

Hubiera dado algo por ver la cara de Truman Capote en esos momentos, preguntándose cómo había podido ser tan estúpido, cómo no había reconocido aquellos ojos, aquel gesto, aquella mandíbula cuadrada y firme… ¡Si hasta tenía un retrato de Willa Cather en su dormitorio! Me quedo con la frase en la que Capote afirma que no había ninguna otra persona viva en el mundo a la que él hubiera preferido conocer: “Ni Garbo, ni Gandhi, ni Einstein, ni Churchill, ni Stalin. A nadie. Ella pareció darse cuenta de eso y los dos nos quedamos sin habla”.

A raíz de aquel encuentro, en 1942, y después de acompañarla a su casa, Willa Cather invitó a Capote a cenar con ella el jueves siguiente. Le pidió que llevase algo de lo que había escrito, porque deseaba leerlo. Él no oculta en su relato la emoción que sintió: se compró un traje y reescribió tres de sus historias. Y yo vuelvo a recrearlo en mi mente llamando al timbre y aplacando sus nervios, igual que De Amicis cuenta en Recuerdos de París que se sintió ante la puerta de Victor Hugo.

No se conserva la crónica de la cena que disfrutaron en el apartamento de Willa, pero nos ha llegado intacta la emoción que puede llegar a desencadenar en alguien el encuentro personal con quien se considera un maestro o, con cualquier persona a la hemos idealizado a través de su obra. Cuando esta emoción la expone determinada pluma, sin duda alcanza cotas de pieza literaria; pero también nos puede servir para constatar que la frontera que separa el aquí y el allá, la realidad y la fantasía, puede moverse cualquier día de nuestra vida. Y, quién sabe…

(Leí esta historia en un artículo publicado en Vanity Fair en noviembre de 2006; el texto de T. Capote se incluye en «Portraits and Observations» (Random House, 2007).

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Cuando Truman encontró a Willa

  1. Renée S. de la Torriente dijo:

    Viaje de ida y vuelta por medio mundo: el apreciado artículo de Vanity Fair llegó a un lugar lejano, en donde fue disfrutado y fructificó en una bella hoja…

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