Londres no cabe en un “post”


Cuando comencé esta andadura, algunos de vosotros me pedisteis una entrada sobre Londres, a sabiendas de lo que eso supone. Lo intentaré: me gusta ese punto “peticiones del lector”, como las peticiones del oyente de las antiguas emisoras de radio. Así que, ahí va. He estado en Londres unas ocho veces, aunque la primera vale por tres. Daba clases en una escuela de verano para niños extranjeros y, en la primera visita, a mi grupo le tocó visitar el London Dungeon. Nada que ver conmigo. Había esperado ese viaje desde los seis años y ahora, al filo de los veinte, mi encuentro con la capital del mundo se reducía a una estampa de las Casas del Parlamento y el Big Ben, con andamios, vistos desde el tren, y la visita a un museo de cera de los horrores. Diez días después me dieron libre the evening: a partir de las 18.00, hora de cenar en el internado. El jefe de estudios, cicerone ad hoc, me preguntó qué quería visitar. Me moría por ir a Carnaby Street y Kings Road pero, poniéndome en lo peor, que sólo me diera tiempo a ver una o dos cosas… Covent Garden y el Soho, dije. My fair lady ganaba por goleada a toda la plana mayor del Swinging London. Misión cumplida, sí, en cierto modo, pero aún no podía decir aquello de “ya me puedo morir tranquila”: imposible, con lo inmensa que es Londres, con lo que me quedaba por ver. En mi primera tarde libre de verdad, the afternoon, fui por fin a Carnaby y Oxford St., descubrí el edificio de Selfridge y los almacenes Liberty,–un monumento en sí mismos–, entré a Harrods y tomé té con scones en The Green Man, una delicia de pub que no está dentro del mainstream turístico; recorrí a pie la City, me asomé al Támesis no recuerdo a qué altura, deambulé por Hyde Park hasta que anocheció y tomé algo cerca de Marble Arch. Casi pierdo el tren de vuelta. En la siguiente ocasión, de nuevo con los alumnos, vimos West Side Story en un teatro de Haymarket y pude por fin contemplar el famoso Eros de Picadilly. Y ya está. Me fui de allí sin querer volver a casa, planeando la forma de regresar cuanto antes, tal vez para siempre.

Pero las cosas no fueron así. Regresé a los dos años con un amigo que quería comprar discos. Nos lanzamos a Portobello y recorrimos Notting Hill y Candem Town (barrio del abnegado contable de Scrooge), más Carnaby, King’s Road, Pimlico y Chelsea, hasta que me planté y le dije que no podía abandonar Londres sin ver, al menos, el Tower Bridge, el Big Ben y el Parlamento, y un trocito de Hyde Park. Pero yo volvía a irme sin ver lo que quería ver: Fleet Street, Cannon Street (el kilómetro cero londinense), el East End, los museos, todos los museos, de principio a fin. En el siguiente viaje, camino del norte, sólo paré una tarde: logré ver de cerca el Tower Bridge y visitar la Torre… sólo por fuera. Conservo una foto de Abbey Road en el paso de cebra que ya no es el mismo de antaño. Y volví a marchar igual, como un niño al que se le ha prometido un juguete que al final no se le da.

Tardé en volver. Entre tanto, seguí tejiendo mi idea del Londres que todavía no había visto con el que ya creía conocer. Leía, o veía películas que me descubrían nuevos rincones, lugares que se prestaban a la peregrinación, que anotaba mentalmente para la próxima visita. Blow Up, To Sir with Love o Up the Junction, me descubrieron la existencia de un Londres marginal que no venía en las guías turísticas pero sí en los libros de historia y en las hemerotecas. Mis lecturas seguían acumulando datos en mi memoria e imágenes en mi cerebro,  escenas de otra era, pero en el mismo escenario. No sé cuánto tiempo había transcurrido, tal vez ocho años: venían conmigo mi padre de sesenta y cinco, y mi hijo de tres. Y vuelta a empezar, con ligeras mejoras: nos alojamos en Bloomsbury, con lo que la atmósfera ya era otra. Por el niño, decidimos hacer el crucero en barco por el Támesis y llegamos a Greenwich, una delicia de pueblecito –por llamarlo de algún modo– de cuento cuya visita recomiendo a todos. Sólo tomar una pinta en la plaza, si el día está soleado, ya es un regalo de la vida. Logré ver el Observatorio (obra de Sir Christopher Wren, también autor de la catedral de San Pablo) y el Cutty Shark desde fuera, antes de que se quemara: ya lo han restituido, así que no tenéis excusa. También por fuera, pude contemplar el Banqueting House de Inigo Jones, que con su austera rectitud fue testigo de la decapitación de Carlos I. Las caballerizas de la Reina. Buckingham Palace, la Torre –¡al fin, por dentro!–, Covent Garden otra vez, y más Charing Cross, más Trafalgar Square, más Nelson y más Picadilly. Pero la guinda de este viaje fue, sin duda, la Abadía de Westminster. No soy creyente, de modo que entré allí con mentalidad de turista y de peregrino literario, esperando encontrar las tumbas de los grandes escritores de todos los tiempos. Pero la Abadía me hechizó. Su luz, en días claros, la forma en que se eleva al cielo, el sorprendente silencio que se escucha en todas sus naves, la dotan de una atmósfera sobrenatural que subyuga y atrapa a cualquier alma que tenga una sensibilidad mínima. En mi siguiente viaje, cuando ya ricé el rizo subiendo al London Eye, visitando la maquinaria que abre el Tower Bridge (con un espléndido mini-museo del urbanismo en la época victoriana, las instalaciones sanitarias, las costumbres de los londinenses… didáctico y entretenido, con unos preciosos grabados); cuando recorrí por fin los muelles, recuperados, en toda su extensión, entré en la Tate Modern y contemplé el techo acristalado que Norman Foster dio al patio del Museo Británico; cuando conseguí, por fin, ver un cambio de guardia completo… me quedé sin repetir visita a Westminster Abbey, con todo el dolor de mi alma. Ahora vuelvo a sentir cuánto me queda todavía por conocer de esa ciudad inabarcable, tan vasta de la que De Amicis (Recuerdos de Londres y París) dijo que cuando se camina por ella, “no se pasea por una ciudad: se recorre un país”. Recomiendo vivamente la lectura de este libro porque, todo lo que en él se dice es cierto tanto de Londres como de mi Londres, y sigue vigente tanto tiempo después de que don Edmondo lo describiera: sólo hay que sustituir los carruajes por coches y autobuses. Da vértigo pensar cómo ha resistido al paso del tiempo una ciudad tan múltiple. Cierto que yo no puedo ser objetiva: para mí Londres siempre fue la tierra prometida y, en cierto modo, la tengo idealizada. Pero la convivencia de modernidad y clasicismo, de tradición e innovación, por muy tópica que resulte, sigue siendo indiscutible. Londres me llegó a través del cine, de la música y de la literatura. A través, naturalmente, de Dickens, Barrie o Virginia Woolf, pero también de autores no tan universales, que han descrito la vida en esta ciudad con su pluma magistral, como Iris Murdoch o Muriel Spark; de Defoe, universal él, y su Moll Flanders, menos conocida que su Robinson Crusoe, también menos “urbano”; de las escapadas de los personajes de Jane Austen y los muchachos de Retorno a Brideshead en busca de algo de diversión; el Londres de La ciudadela y de Arriba y abajo, el de tantas novelas de la primera mitad del siglo XX, sobre todo. Mi Londres es, por tanto, el de todos ellos, el de Helene Hanff, también, que quería ir a la librería de viejo del 84 de Charing Cross Road pero no sólo ahí, sino a tantos otros sitios que nunca se agotan: barrios, céntricos y suburbanos, viviendas de ladrillo de los cockney (por cierto, en alguno de los viajes me topé con el “Pearly King”, máxima autoridad cockney, con su traje cuajado de botones de nácar) residencias de gente bien; casas-museo, iglesias, palacios, parques, monumentos conmemorativos. Y todo ello sin caer en más exceso que el numérico: Londres es un banquete donde los platos se sirven con delicadeza, cocinados en su punto, ordenados con sensatez para que nunca puedas negarte aunque ya no estés hambriento. Sigues comiendo, aunque sólo sea probando un bocado de cada cosa, pensando que la próxima vez te reservarás para esta o aquella especialidad, como me ha pasado a mí todo este tiempo. Porque, como dijo Samuel Johnson, “aquél que está cansado de Londres está cansado de la vida, pues Londres ofrece todo cuanto un hombre puede desear”.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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Una respuesta a Londres no cabe en un “post”

  1. Julia dijo:

    ¡Qué bonito artículo sobre Londres! Y no puedo estar más de acuerdo con el Dr. Johnson y contigo. Atesoro el recuerdo de la primera vez que fui. Aterricé directamente en Bloomsbury y, desde entonces, no me canso de volver. Mucha gente dice que cuando está en Nueva York, tiene la sensación de meterse en una película, pues a mí en Londres me pasa algo parecido: es pura literatura (y arte, historia y un millón de cosas más, pero yo tiro para casa). Sin ir más lejos, puedes ir a Kensington Gardens y pensar que allí nació Peter Pan… en fin, para mí también es una ciudad muy especial.
    Un saludo, Amelia.

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