No sólo de libros…


… se alimenta el alma. También de hojas. De hojas sueltas, atrapadas al vuelo en la novela que lee nuestro compañero de asiento en el autobús, o encontradas por sorpresa cuando vamos buscando otra cosa, y de hojas garabateadas a toda prisa, antes de que vuele una idea. De estas hojas sueltas se compone este post de hoy, cuando hace ya algunos días que he puesto prácticamente el punto final a mi última traducción por el momento, cuando he acabado la primera revisión a fondo y me enfrento, con un largo fin de semana por delante, a una última lectura integral, con cierta perspectiva y ya por puro placer, como si esas palabras no fueran mías.

Cuando las cosas van raras y me pregunto desesperada por qué elegí este oficio recibo no una, mil respuestas que caen en cascada: ante mis ojos, dentro de mis oídos, en la pantalla del ordenador. Si escribir es enfrentarse al reto de vivir una vida en otra dimensión, traducir es eso elevado a la enésima potencia. Aprender, descubrir, comprobar, cotejar, volver atrás, asegurarte, no dejar ningún cabo suelto: todo ello avalado, además, si eres afortunado con el autor al que traduces, por su maestría indiscutible, que te servirá de orientación. En una semana que no ha sido fácil en lo personal, por cuestiones mundanas e inevitables pero que nos ocupan muchos megas de corazón y de cerebro –como por ejemplo, las cuestiones de salud– es cosa sabida que el trabajo nos permite espantar los pensamientos negativos o contraproducentes además de los otros tres males que expuso Voltaire. Los últimos toques de una traducción requieren un grado de inmersión mucho más profundo que cualquier otra fase del proceso. Y tal vez lo que más tiempo lleva, pero también lo más apasionante, es buscar citas y referencias de otros autores: ese es el camino para recobrar piezas perdidas, clásicos abandonados, silogismos enterrados hace tiempo. Es como encontrar en un cajón un objeto que hace tiempo que no se utiliza, y dejarse llevar por los recuerdos que encierra. Pero al releer, esta nueva visita la hacemos con ojos nuevos, portando un bagaje también nuevo: nos corresponde a cada uno preguntarnos si aceptamos el reto de volver a aquellos escenarios olvidados a riesgo de no encontrar ya lo que dejamos, sino un espacio que ahora no nos impacta o, quien sabe, otro que, aún siendo el mismo, en esta ocasión tenga la capacidad de calarnos más hondo.

He caminado este último trecho de la mano de Stendhal, de Shakespeare (al que, en el fondo, nunca he abandonado), de Tolstoi, de Proust, cómo no, y de Jane Austen o de Goethe. He constatado una vez más que las cuitas que nos preocupan y que nos hacen enfrentarnos al mundo pluma en ristre son las mismas de siempre: el dolor, la enfermedad y la muerte, la separación, la dicha, el encuentro con los seres queridos, la responsabilidad que llevamos sobre nuestros hombros, la amistad, los malentendidos, las conversaciones. Las relaciones y los sentimientos humanos. Basta coger una página al azar de cualquiera de los autores citados para darse cuenta de esto y basta con abrir, de todas ellas, una: ese magnífico monumento literario que es A la busca del tiempo perdido. Si me acecha el desánimo me acuerdo de ellos, me acuerdo inevitablemente de Mario Vargas Llosa corrigiendo una y otra vez su Conversación en la catedral, y sigo adelante. Me sumergiré, durante los próximos días, en la relectura de lo que escribieron otros y en el afán de transmitirlo, como intermediario que soy, del mejor modo. Y recordaré, mientras me decido a poner de una vez el punto final y aguardo un veredicto que espero sea favorable, que antes que yo muchos otros sintieron lo mismo y fueron capaces de expresarlo con toda la grandeza que merecen las cosas más nimias. Y eso no es nada fácil.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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