Venezia se ne va


Dicen que Venecia se hunde, hace mucho tiempo que lo vengo oyendo. Pero a mí no se me hunde: se me escapa, no se deja atrapar. Fui por primera vez con el colegio, en plena rebeldía adolescente, de mala gana porque aquella ciudad de enamorados me parecía una horterada. Y me sorprendió: me sorprendí a mí misma pensando que su brillo decadente y su duende no tenían nada que ver con lo que nos vendían las películas. Me volví condescendiente y regresé en un momento de madurez vital y cultural, decidida a mirarla con otros ojos. Pero tampoco funcionó. No voy a decir que no me guste, pero es como esos libros, o esas piezas musicales, que nunca entran a la primera y, tal vez, tampoco a la segunda. Decidí que me faltaba instrucción, o información, tal vez, sencillamente, dejarme llevar. Decir que mi Venecia es la de los cuadros de Canaletto es una verdad absoluta, pero no puedo dejarlo sólo en eso. Decir que es la de Palladio, anzi, la de su San Giorgio Maggiore, por muy cierto que sea en mi caso, es un enfoque terriblemente reduccionista. Así que decidí completar mi educación cuando Fórcola publicó La ciudad de los extravíos, de Jaime Fernández, un ensayo que aborda el significado de este espacio geográfico e histórico partiendo del estudio de El mercader de Venecia y La muerte en Venecia de Thomas Mann.

En algún lugar leí que era un ensayo que disfrutarían por igual los que habían leído las obras de referencia como los que no, y pensé que yo era el destinatario perfecto: he leído El mercader mil veces, y –confieso– no he leído a Thomas Mann. El prólogo del libro es brillante, absolutamente esclarecedor, y ayudará a todos los lectores a situarse. A mí me convenció de que estaba en el buen camino. Pero no encontré lo que buscaba. No encontré a Venecia. A cambio encontré, es cierto, algo que siempre debe ser un libro: un vehículo, una herramienta, un puente que me sirvió para llegar a ella. Es el momento de decir que el trabajo de Jaime Fernández es minucioso, en amplitud y profundidad. Que no se limita a plantear ni a retratar: que analiza, disecciona y somete a rayos X el influjo que tiene este entorno geográfico peculiar en la conducta moral de dos personajes de ficción. Con la pasión de madre que siempre me inclina hacia Shakespeare, debo admitir que torcí el gesto cuando vi que, en cierto modo, basaba su análisis de El mercader en los sentimientos de Antonio por Bassanio: no podía ser, con lo grande que es esta obra, con lo grande que es Shakespeare, ¿otra vez esto? ¿Y por qué tanto incidir en Venecia como ciudad? Si bien Shakespeare la ha escogido con toda idea, por su posición de crisol de culturas y por sus características geográficas e históricas, la Venecia que se nos ofrece en El mercader no es más que un decorado de cartón piedra donde uno de los escenarios principales, el palacio de Belmont, está algo alejado. ¿Y por qué incidir tanto en el antisemitismo, y en el papel restrictivo del judío Shylock como malo malísimo cuando su intervención de la escena primera del Acto III (Hath not a Jew eyes? Hath not a Jew hands, organs, / dimensions, senses, affections, passions; fed with / the same food, hurt with the same weapons, subject / to the same diseases, heal’d by the same means, / warm’d and cool’d by the same winter and summer/ as a Christian is?) es tan inmensa que le convierte en lo que en realidad es, en lo que son todos los personajes de Shakespeare, un tipo universal donde no todo es blanco o negro, recto o torcido? ¿Y qué hay de Portia, de su inteligencia, de su bondad, de su sentido de la justicia, de su capacidad para la tolerancia sin caer en la ingenuidad? ¿Qué hay del mensaje sobre la justicia y sobre el sentido común, de su talante conciliador (¿el de la propia Venecia, incluso, como símbolo?), del significado de los disfraces? Las respuestas a todo esto están dentro del libro: fundamentadas, explicadas, justificadas y contrastadas, por mucho que yo pueda no estar de acuerdo con el enfoque de La ciudad de los extravíos en muchos aspectos. Y he de admitir que, a pesar de mis diferencias con el autor, el libro me llevó a la postre a considerar la vertiente moralista del análisis, y así llegué a otro de mis libros de cabecera: Retorno a Brideshead, de Evelyn Waugh, donde por fin encontré lo que buscaba.

En el capítulo IV se narra el viaje que Charles Ryder y Sebastian Flyte hacen a Venecia para visitar al padre del segundo, Lord Marchmain, que se ha trasladado a vivir allí junto a su mistress (terrible palabra, en inglés, para designar a una mujer que no es la que te corresponde en virtud de las leyes humanas o divinas). Como Aschenbach, también ha huido: se marcha a Venecia a vivir de acuerdo con sus sentimientos, al margen de las leyes morales que en su entorno original encorsetan su existencia. La religión, otro de los pilares del pormenorizado estudio de Fernández, también tiene algo que ver: Lord Marchmain ha abandonado a su esposa, católica a ultranza, que no se puede divorciar de él, obligándose a vivir como una viuda y forzándole a él vivir como un pecador y un delincuente. El elemento conciliador es aquí un personaje secundario soberbio, en las antípodas de la antipática Lady Marchmain (que mira impertérrita cómo se desmorona su familia, cuajada de seres desgraciados, y no cambia el semblante cuando van a servir la cena y su hijo menor no acude porque está curda en su habitación) y su estúpido primogénito Bridey (que llega a declarar que no le parece mal que su hermano sea un alcohólico porque son los que Dios escoge primero, ante la indignación del descreído Ryder); es Cara, la mistress: la querida, la mantenida, “la otra”, quien en un excelente diálogo con Charles Ryder (que se puede apreciar en todo su esplendor en versión audiovisual en la serie que se filmó ya hace unos años, protagonizada por Jeremy Irons y Anthony Andrews, entre otros pesos pesados como Claire Bloom y el mismísimo Lawrence Olivier), Cara le hace depositario de una serie de profecías que se irán cumpliendo una tras otra. La mujer pecadora, la que ha redimido al ricachón alcohólico, que vive con él y cuida de él sin perder un ápice de dignidad, es capaz de ver lo que no puede ver una esposa y madre de pleno derecho. Su hijo Sebastian se ve abocado a la destrucción por el mismo camino que siguió su marido, y del que le apartó una mujer, también protagonista de otro amor asimétrico, como Bassanio y Aschenbach. Ahí lo dejo. La cuestión de la homosexualidad latente, lo disoluto de las costumbres, el fantasma de la religión y los oscuros menudeos de las relaciones humanas surgen en este capítulo de Retorno a Brideshead en una Venecia que sí he podido hacer mía: luminosa, decadente, cómplice, donde he visto de nuevo el Gran Canal, el café Florian, el campanile, San Marcos y el Lido, todos esos lugares reproducidos hasta la saciedad y que siempre estarán en mi imaginación y en mi memoria sujetos por dos puntos de apoyo: los colores de Canaletto y la torre de San Giorgio Maggiore.

Y para completar nuestra formación sobre Venecia (aparte de la propia web y el blog de Fórcola, con una entrada de Blas Matamoro) os dejo un enlace interesante que encontré estos días: http://blogs.elpais.com/papeles-perdidos/2010/12/venecias.html.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Venezia se ne va

  1. lola dijo:

    Mi comentario es un silencio como los de la Maestranza, Plaza de toros de mi Sevilla, ciudad de los tópicos y los prodigios- un silencio que sólo los sevillanos y los aventureros de todo arte ejercen sin necesidad de saberlo y explicarlo todo- y no hay ciudades más engañosas que las que todos creen conocer. Silencio ante Venezia, hasta que nos conozcamos personalmente y te diga algo de esta mi vieja amiga, que me acercó realmente a Fórcola, a ti , a Javier…Es la experiencia madre de la desolación cuando no es posible poner en palabras percepciones y sensaciones estéticas, el estupor, ese duende de las admiraciones, es la puerta para el arte, pero requiere mucha limpieza, es una puerta que se empaña con el mínimo desenfoque.
    El tópico, ya lo he escrito en otros lugares es la solución fácil de los misterios. Y las palabras esenciales no son palabras, ni idiomas, sino silencios preñados de sentido, de comunicación fina como la punzada de un mágico alfiler: Sé, Amelia, que me gustas, que me explicas, que pones el dedo en la llaga, que planteas y casi resuelves enigmas… Esto es escribir, y leer es este silencio de respeto suspendido en una tarde de invierno en el reducido espacio de un medido comentario virtual. Gracias por estas páginas; escribe, que tenemos que leer el ritmo y la cadencia que sabes dar a la palabra como si fuera lo más natural del mundo. Y felicidades para siempre. Lola

    • Lola, me dejas sin palabras, verdaderamente. Te agradezco mucho tu comentario y ese imperativo con un tono a medio camino entre el ánimo y la súplica. Cómo no escribir con los lectores que tengo… se ha convertido ya en obligación moral, que cumplo con sumo gusto. Gracias por tus palabras y por tu visita: seguiremos encontrándonos, estoy segura.

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