Tengo que traducir ese libro


Hoy hace cinco años. Me habían regalado una invitación para el concierto que daba Franz Ferdinand en Madrid Arena, y todo salió mal. Mi compañero de trabajo se puso enfermo, salí de la oficina a las 6 y pico en lugar de las 14.30, tuve que poner en marcha un dispositivo surrealista de canguros improvisados, los amigos con los que había quedado para ir hasta el recinto en coche no podían esperarme más, el taxista no podía llevarme hasta allí porque la M-30 aún estaba en obras, los móviles no tenían cobertura y, cuando llegué a la taquilla a recoger la invitación para el concierto, la taquillera –que no tenía ni idea de lo que le hablaba– me informó de que “allí se celebraba la feria del marisco”. Lo juro. De pronto, el milagro: el chico que tenía la invitación estaba a unos metros de mí, mis amigos sentados cerca de la entrada, y el concierto no había empezado aún.

No podía creerlo. Más allá de la peripecia y aparte de que Franz Ferdinand son, hoy por hoy, mi banda favorita de cuantas están en activo, aquel 22 de diciembre de 2005 marcó un antes y un después en mi vida: y, muy especialmente, en mi vida profesional. He contado esta anécdota mil veces, muchos de vosotros la sabéis de memoria. El evento me sacó de un profundo letargo personal y de un largo encierro. Llevaba apenas un par de meses de vida laboral nueva, tras más de un año de inactividad. Un contratiempo de salud me había convertido en un ser ajeno a mi “yo” habitual y me costaba ilusionarme. Siempre he creído en el poder terapéutico de la música, y en esta ocasión ese poder se manifestó sin descuento. Quedé enganchada a Franz Ferdinand desde el primer acorde, desde el primer paso que dieron sobre el escenario. Me gustaron tanto que, al volver a casa, empecé a buscar toda la información que circulaba sobre ellos con devoción de fan adolescente: sus discos, sus canciones, sus conciertos, su historia, cualquier cosa. Así, en el plazo de un año, me enteré de que Alex Kapranos iba a publicar un libro, Sound Bites, donde contaba sus experiencias culinarias durante la gira, y de que lo iban a traducir al portugués. En diciembre de 2006 mi amiga Margarita Sañudo me trajo de Londres, en primicia, la esperada criatura. Recuerdo que cuando lo saqué de la bolsa dije: “Tengo que traducir este libro… ¿qué debo hacer?”. Recuerdo la cara de Margarita, su sonrisa cómplice, su respuesta –“yo te voy a ayudar”– y todo lo que vino después: buscar quién tenía los derechos, dar con un editor interesado, preguntar, consultar, escribir decenas de correos electrónicos sin desfallecer ante la falta de respuesta, la negativa, o el “vuelva usted mañana”… Uno de los consultados fue Javier Azpeitia (entonces director de 451 Editores), también buen amigo, a quien seguramente acabé arrastrando con mi entusiasmo porque, después de orientarme con lo mejor que podía ofrecerme como profesional y como amigo, acabó por decirme que su editorial estaba interesada en el proyecto y que habían decidido publicarlo ellos.

Creo que la ignorancia fue lo que me hizo perseverar. Cada obstáculo que surgía, cada moratoria, cada negativa, se habían convertido en un acicate para seguir. Cuando recibí su correo confirmando que el proyecto estaba en marcha, en el salón de mi casa parecía que nos había tocado el gordo. He pensado en esto muchas veces, me he preguntado qué fue lo que me impulsó a seguir adelante y lo que me ayudó a lograrlo y la respuesta es, invariablemente, que fue una mezcla de todo: la ilusión, la ausencia de miedo a no conseguirlo, la negativa a rendirme (como modus operandi, no como conducta autoimpuesta, no por soberbia ni por orgullo). Y sobre todo, el apoyo de quienes me rodeaban y la confianza que, más allá de la amistad, depositaban en mí algunas personas clave en esta cadena(*). Había recuperado mi antigua filosofía de la vida, había logrado un proyecto profesional importante. Había atravesado una puerta.

Todo esto me sirvió de mucho. Lo más satisfactorio fue, sin duda, comprobar que algunas veces el esfuerzo tiene recompensa. Me quedaba una cuenta pendiente, que era conocer personalmente al autor, por el que profesaba una sincera admiración. Tardé mucho tiempo en tener la oportunidad, pero también fui compensada con creces. Sus palabras, “Thank you for all of your effort and your wonderful work”, borraron de un plumazo todas las horas de trabajo que había robado al ocio y al descanso. Volví a verle unos meses después y me confesó que había preguntado a unos fans qué les había parecido el libro traducido ya que él, al no saber castellano, no podía opinar. “Y me responden que se han sentido como si fuera yo quien se lo está leyendo, en voz alta, en español”. “Ese es para mí el mejor de los cumplidos”, le dije. Luego, perfecto gentleman como siempre, me pidió que saludara a mi editor y me preguntó qué estaba traduciendo. “Un ensayo de Harold Bloom”. Sentí entonces, al decirlo en voz alta, que había empezado para mí otra etapa. Que, de alguna manera, había llegado a una meta, a un destino: había cumplido un sueño acariciado muchos años atrás, no sólo cuando salió a la luz mi primera novela traducida, en 1991, ni cuando tuve que elegir ciencias o letras o una carrera universitaria como símbolo de “un porvenir”: era algo que había empezado mucho antes, cuando, de pequeña, hojeaba los Burda de mi madre comparando el texto original en italiano con la traducción (en cuadernillo aparte); cuando, obligada por mi padre a estudiar francés, me empeñé en aprender inglés para entender las canciones de los Beatles y las iba traduciendo, palabra por palabra, con un diccionario Cuyás de tapas rojas que por desgracia ya no conservo; cuando, con catorce años, un empleado de mi abuelo me hizo mi primer encargo “remunerado”: traducir Wish you were here de Pink Floyd. El pago fue el préstamo –sí, el préstamo: corrían tiempos difíciles– de un par de cintas de cassette de Jethro Tull, una banda que, entre nosotros, nunca llegó a calarme.

(*) Una persona clave en este proceso fue Mark Hataway, artífice del Club de Fans y de la web franz ferdinand dot net, donde leí la noticia de la publicación del libro. Mark falleció en agosto pasado, a la edad de 32 años. Quiero enviarle, allá donde esté, mi especial recuerdo: mi agradecimiento pude expresárselo muchas veces, tantas como tuvimos ocasión de colaborar.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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4 respuestas a Tengo que traducir ese libro

  1. David Soler dijo:

    Este post me ha gustado… mucho, mucho. No me ha saltado ninguna lagrimita, eh? no vayas a pensar. Pero ¡te ha quedado perfecto! Los post personales siempre son muy buenos pero es que en este hasta me ha entrado stress cuando leía lo del concierto. Y, además, está muy bien escrito (bueno, si te sirve de algo mi crítica literaria que, aquí entre nosotros, no es que tenga mucho valor ni yo excesivo conocimiento, pero…)
    Yo no conocía la anécdota. Ese es uno de los grandes milagros de Internet: que cada día entra alguien a leer tus cosas que no sabe nada de ti. Así que cada día eres un descubrimiento para alguien. Genial, verdad?

    Ya te dije en el feis que los FF pues no sé… pero lo volveré a intentar. Jethro Tull tampoco la verdad. Pero me acuerdo perfectamente que cuando me escondía en las escaleras que llevaban a la “boite” del pueblo allá por los 70, lo ponían todo el tiempo junto a Camel y todos los grupos de rock psicodélico y sinfónico. Que cosas tenían los post-hippies, no?

    • Muchas gracias, David. Ya sabes que no es obligatorio que te gusten. De hecho, tal vez a mí tampoco me hubieran calado tan hondo de no haberme encontrado en esa coyuntura. Lo importante, para mí, fue todo lo que vino después: el hecho de que la música me diera el entusiasmo necesario para acometer un proyecto de gran magnitud sin el menor reparo: aprendí mucho, y no sólo de traducción. Espero que sigas leyéndome. FF-eliz Navidad : )

  2. Alexandra González dijo:

    Como menciona el comentario anterior “…cada día eres un descubrimiento para alguien” siempre me sorprendo de las cosas que tengo la oportunidad de leer gracias a internet. Hoy me paso con tu post. Apenas he dado pocos pasos como traductora y lamentablemente no siempre he tenido la oportunidad de traducir algo que se parezca a mí o que esté relacionado con algo o alguien que ame o admire. Así que tu anécdota se convierte en un aliciente para mí y espero que también para mis compañeros de clases en la Universidad Central de Venezuela, en la Escuela de Idiomas Modernos. Allí se forman Traductores e Intérpretes. A mis amigos les envié tu post para que tuvieran un poco de inspiración. Es muy grato leer este tipo de historias de personas que comparten tu profesión. Gracias por compartila

    • Hola Alexandra, muchas gracias por tu comentario. Me alegra que contribuya a animar a gente que empieza. La verdad es que en este negocio hay veces que uno necesita que le animen a diario, no importa cuántos años llevemos. Esta historia es bonita y me elevó enormemente la moral, y tengo otras anécdotas también hermosas y simpáticas. Pero hace un par de meses estaba enfurruñada como una colegiala ante un examen porque un encargo (¡urgente!) de apenas 1.000 palabras me robó toda una mañana, obligándome a aparcar la traducción de un ensayo literario maravilloso. Era antipático, complejo y desagradable, lleno de tablas y listados que tuve que copiar palabra por palabra. Y hay muchos así. Tal vez por eso cuando surge algo bueno brilla como un diamante en un basurero. Pero este oficio es un reto cotidiano y es posible disfrutar con el 99% de los trabajos si no olvidamos que somos un instrumento de comunicación, como un fotógrafo que no siempre retrata personajes jóvenes, felices o hermosos, pero transmite con su obra todo lo que hay en el alma de esa gente. Gracias por leerme desde tan lejos. Un abrazo.

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