Se enfilan collares. La puerta


Foto: Biff Bang Pow!

Los jueves íbamos a casa de doña Lucía. Todos los jueves del año, menos si caía Nochebuena y durante los primeros quince días de agosto, que era cuando doña Lucía y el señor Urbano  se iban a tomar las aguas. A ninguno nos gustaba ir. Sólo la posibilidad de ver, por fin, si aquella puerta estaría abierta el jueves siguiente nos impedía salir corriendo en dirección opuesta al barreño de lejiar, instalado en la cocina: el ritual empezaba a las cuatro de la tarde más o menos, con los baños en cadena y el peinado, que era lo peor de todo. Siempre nos caía alguna colleja porque madre decía que salpicábamos y que nos diéramos prisa que no quería llegar tarde, y  si le preguntábamos que porqué teníamos que ir en seguida respondía, medio enfadada, que no preguntásemos tanto, que los chicos no preguntan. A mí me  fastidiaba tener que ponerme los pantalones del primo Agapito, heredados de la temporada anterior, que tía Rosaura mandaba a finales de verano pero yo no usaba hasta el verano siguiente, cuando ya me tiraban horriblemente, amenazando con abrirme en canal. Y la gomina, que nunca conseguía doblegar del todo el remolino, y madre quejándose durante todo el tiempo que duraban los preparativos. Rosaura y Paloma no tenían que ponerse gomina, pero llevaban también el pelo tirante en lo alto de la coronilla, con un lazo que casi no dejaba verles las caras. “Vamos niños, que llegamos tarde”, y qué prisa tenía usted, madre, si no se iban a mover de allí. Doña Lucía era gordísima y se sentaba en un taburete que quedaba completamente oculto por su cuerpo elefantiásico y por sus vestidos estampados, con un escote que acababa justo donde empezaba su pecho inmenso, tan inmenso que bien podía servirle de atril o de mesa. “Venga, venga, que hay que ir como el arriero, hijos”. Aquel estribillo sonaba durante todo el camino, mientras yo estiraba las perneras de los pantalones asesinos y las niñas se rascaban la cabeza, detrás de las orejas, y acababan dando tres o cuatro pasitos cortos muy seguidos para ponerse a la altura de madre. Lo único que me gustaba de esos días era que madre se quitaba el moño y se peinaba suelto, y llevaba un bolso, y guantes si era después de la virgen de septiembre. Al llegar a casa de doña Lucía y el señor Urbano empezaba el segundo ritual, que era peor que el primero. “Hijos, hijos, qué alegría, Urbano, ven, Urbano, que ya están aquí”. Al llegar se sentaban en un porche, que madre y doña Lucía llamaban el cenador, y hablaban todo el rato de la casa, de la comida y de una cosa que llamaban la contrata.  Doña Lucía preguntaba qué tal y madre le respondía que muy bien, gracias a ustedes, que nos han salvado la vida, que les debemos todo. Pero y los niños, interrumpía la vieja, seguramente harta de los empalagos de madre, déjame que vea a los niños. Y ella nos ponía a los tres en fila, de mayor a menor, primero Paloma, después  Rosaura y yo el último, aún estirándome la pernera del pantalón y mi madre dándome más collejas y haciéndome gestos para que me estuviera quieto. Entonces doña Lucía, escondida tras unas inmensas gafas negras, se ponía de pie renqueando y buscaba a tientas su bastón y empezaba a palparnos a todos, todos los jueves. Qué gloria, hija, tienes unos niños preciosos, qué contento estará tu marido. Entonces salía una doncella que era tan vieja como doña Lucía y le decía algo al oído y doña Lucía nos gritaba, “Vamos, vamos, al comedor, que ya está servido el chocolate”, y allá íbamos todos, pensando en el chocolate pero también en la puerta, planeando de prisa qué haríamos si estaba abierta, cómo podríamos rezagarnos para mirar qué había detrás. Pasábamos del cenador al interior de la casa por un pasillo oscuro y estrecho que tenía la cocina a la derecha y a la izquierda un baño y luego otra puerta donde todos los jueves nos quedábamos parados, de camino al comedor de dentro, al chocolate que nos esperaba siempre salvo los primeros días de agosto, rezagados para ver si se abría, o si se oía algo, o si pasaba lo que fuera. Pero nunca era así, y a las ocho nos íbamos de casa de doña Lucía volviendo con disimulo la vista hacia la puerta y esperando toda la semana, planeando qué podíamos hacer de camino al comedor, para ver por fin qué pasaba allí dentro, el próximo jueves.

© Amelia Pérez de Villar

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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7 respuestas a Se enfilan collares. La puerta

  1. Amelia ¡me ha encantado! He visto el estampado de Doña Lucía y he sentido las collejas… Todos hemos estado delante de esa puerta alguna vez…

    Buenos días y buenos bexos.

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  3. Esta faceta tuya no la conocía Amelia, genial, me encanta.

    Un abrazo.

  4. lola dijo:

    ¿Te han dicho ya que narras de maravilla? Me muero por ponerte voz porque me encanta. No te digo lo que podemos hacer con relatos tan bruñidos. Soñemos, que toca. Besos, Lola

    • Lola, muchas gracias, espero que mi voz de verdad no te decepcione, porque no soy Lauren Bacall. Creo que mi voz es esta, con la que “hablo” aquí, y me halaga lo que me escribes porque hay mucho empeño detrás. Un abrazo.

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