Y Kafka se rodó en Technicolor


Es muy raro que yo hable de un libro sin haberlo leído de cabo a rabo. Esa famosa pregunta del Dr. Johnson “¿Lee usted los libros de cabo a rabo?”, que sin duda hacía con extrañeza a su interlocutor, sorprendido de encontrar un lector incapaz de saltarse una sola palabra, yo la escucho con extrañeza, sorprendida de que alguien pueda leer un libro saltándose párrafos o decir que lo ha leído sin saber cómo termina. Como en la frase final de Con faldas y a lo loco, nadie es perfecto, y yo leo los libros de cabo a rabo. El libro que viene hoy quería insertarlo en De libros y durante todo el proceso de lectura anotaba y marcaba aquello que me permitiría hacer un buen comentario de texto, una buena reseña, una crítica adecuada y justa. Pero no puedo esperar. El libro que viene hoy supera esa categoría, así que he tenido que insertarlo en otra. Porque En mitad de la noche un canto no es un libro, al menos no ha llegado a mí como tal: es una experiencia.

Resulta curioso que un libro con tantos niveles de lectura, con dos –o más– narradores, con una historia que se apoya en la memoria reconstruida y otra en la memoria interpretada, un personaje que busca a un padre real que perdió y otro que busca a otro cuya existencia en la vida se reduce la concepción de este, esté invadido por un aroma de amabilidad y tenga un colorido insospechado en la época y en el lugar donde se desarrolla la acción: la fantasmagórica ciudad de Brno, en la Checoslovaquia comunista, en una época y una zona donde los dos pueden encontrarse en cualquier momento en el colegio de la plaza de San Jacobo. En más de una ocasión se ha considerado a su autor, J. Kratochvil, sucesor de Milan Kundera. Sí, puede ser una especie de Kundera en technicolor, con un toque de Kafka actualizado. Con todo esto, aunque tal vez no es un libro para todos los públicos, pero tampoco lo catalogaría como libro de culto… aunque confesaré muy bajito que esa fue la primera impresión que tuve cuando asistí a su presentación en La Buena Vida (Madrid) el pasado mes de diciembre, junto al propio autor y a la traductora de esta versión, Patricia Gonzalo de Jesús.

En mitad de la noche un canto es por todo ello un libro que superará las expectativas de los incondicionales de Impedimenta –la editorial que lo publica– que no son pocos, los que se interesen por la historia y la cultura de Europa Oriental, los que tienen a Kafka como autor de cabecera y los que gozaron leyendo La insoportable levedad del ser. Todos ellos pueden descubrir algo nuevo y ampliar sus horizontes lectores. En calidad de lectora que atiende sobre todo al aspecto literario y a los recursos narrativos, yo he disfrutado averiguando quién era el narrador de cada párrafo por el tono de la voz y la naturaleza de las descripciones, o por las coordenadas (realistas o no tanto) en las que insertaba su relato, recorriendo una ciudad gris como la Praga de Kundera, llena de edificios que antaño reflejaron el esplendor de las grandes fortunas para pasar luego a albergar, divididas sus entrañas en minúsculos habitáculos, familias enteras de obreros que tal vez recuerdan las fachadas magníficas y lo que en otros tiempos se aventuraron a adivinar tras ellas, patios y callejones llenos de basura y sombras cómplices para quienes se esconden de un régimen implacable. He disfrutado con los retratos que hace el autor de las dos mujeres, las dos madres, de su coraje y fortaleza sin límites y su inmensa dignidad, pero también con los de otros personajes secundarios, como el abuelo (una figura importante en la estructura familiar, tanto en el día a día como en su aspecto simbólico) o Bulis, el matón de la escuela. He admirado la capacidad del autor para establecer una jerarquía de realidades de distinta índole y gradación, desde lo meramente imaginado hasta lo verdadero, desde lo recordado o reconstruido hasta lo más surrealista. El mundo que Kratochvil retrata aquí está hecho con retazos de muchos mundos, con un estilo que se me antoja más cercano al realismo mágico de Cien años de soledad –aunque no se queda en eso: la realidad y la historia tienen un peso específico que no es desdeñable– que al divagar de Leopold Bloom y Stephen Dedalus, aunque las callejas y los patios sean como los que recorre el protagonista de El lector buscando a Hanna. Y la traducción, ¿qué puedo decir de un traductor, traductora en este caso, que pone en boca de un niño checo de corta edad las palabras “murcielaguil” y “pezgordismo”? Que Patricia Gonzalo no es traductora: es inventora de palabras. El trabajo minucioso y siempre preciso que realiza desde hace ya varios años no es nada comparado con esa capacidad inmensa de la que ha hecho gala en esta obra en concreto: la de sumergirse en el idioma original y en la mente de un niño que narra un mundo que vaya usted a saber si es un recuerdo contaminado o, a lo peor, una invención de lo más malvada. Una labor arriesgada y valiente sin duda. Con todos estos argumentos, ¿quién espera a terminar las 20 páginas que quedan por delante para hablar del libro? Yo no puedo. Es más, me importa poco cómo acabe, porque sé que en esas 20 páginas, Kratochvil y su traductora seguirán sorprendiéndome.

J. Kratochvil y Patricia Gonzalo de Jesús en la presentación del libro en Madrid

Entonces ¿por qué en De libros y escritores, y no en De libros? Ya lo dije antes, porque quiero recomendar este libro, sí, pero no como libro sino como experiencia. Porque el autor estaba presente en la presentación a la que asistí. Porque no publicó hasta los 58 años de edad. Porque no es un “boom”, ni un “bluff” ni un autor de “bestsellers” con guardaespaldas y limusina, sino un hombre que ha ido madurando su don a base de tiempo y trabajo, y estaba tan conmovido de encontrarse, en un pequeño café-librería de Madrid, con tanta gente interesada en su obra, que me conmovió a mí también o mejor dicho, a todos los que estábamos allí. Porque su humildad no fingida, su notoria felicidad me parecieron una lección inmensa de vida y de literatura en unos tiempos donde todo se cocina en microondas y se consume con rapidez, donde se echa de menos el fuego lento y que la fruta madure en el árbol. Y ahora, con vuestro permiso, voy a terminar de leer mi ejemplar dedicado.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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Una respuesta a Y Kafka se rodó en Technicolor

  1. Llevo años comprando suplementos culturales; las razones podrían parecer obvias, puesto que me dedico profesionalmente al mundo del libro desde hace años, primero como librero, ahora como editor, pero muchas veces las obviedades son malas consejeras. Mi principal interés, al pagar mi óbolo y pico por cada periódico con suplemento cultural, es la de un lector ávido de “noticias” sobre libros. Subrayo la palabra noticias porque, por desgracia, la mayoría de las veces me enfrento, como muchos de ustedes, con simples reseñas, que en estilo hagiográfico (según el autor, es decir, según el periódico), me parecen siempre planas, descarnadas y anodinas, simples radiografías muertas que, más que al servicio del lector, están al servicio del autobombo del comentaristas, que no crítico. Porque, y ya lo ha dicho muchas veces Manuel Rodríguez Rivero, la crítica literaria, la seria, la profesional, ya no digamos la erudita, brilla por su ausencia en nuestros lares, reducida a simple “reseñismo” servicial con los intereses de ciertos editores o autores. Yo lo llamaría servilismo, otros lo llaman clienterismo. Mientras, los lectores siguen un poco a ciegas.
    Todo lo contrario es lo que hoy me he encontrado en esta entrada de Amelia Pérez de Villar, traductora, escritora y exigente lectora, que no sólo demuestra con sus palabras una generosa amistad hacia una colega del gremio, sino que, en un ejercicio de valentía, de coraje, nos da el todo como lectora entusiasta. Es el mejor homenaje que se le puede hacer a un libro, máxime si es traducido: recomendar encarecidamente su lectura, aún antes de haber concluido la propia. Y ya porque el libro tenga “santos”; todo lo contrario, las palabras de Amelia reflejan fielmente que su experiencia lectora no ha sido fácil, le ha exigido entregarse al libro, atender a su lectura, una lectura que produje placer, sí, pero que exige algo a cambio: el encuentro personal con lo que se nos cuenta.
    Aborregados como estamos en este país, fascinados por los cacareados índices de lectura, deberíamos a empezar a plantearnos seriamente ya no cuánto leemos, sino cómo y qué leemos. Porque en lo que leemos nos jugamos mucho, nos jugamos todo. Amelia ha decidido entregarse sin condiciones, y ha recibido su recompensa, multiplicada por cien. Encontrar lectores exigentes y generosos como Amelia me reconforta como editor, y sobre todo como lector. Y si una buena virtud tiene un libro, es la de que un buen amigo te lo ofrezca y recomiende como lectura inmediata. Yo tomo nota: mi ejemplar, comprado hace meses, lo rescato de su montaña correspondiente y le hago adelantar varios puestos en mi mesilla de noche. Gracias, Amelia.

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