Crónica de una necia


“Querido amigo, ya me tiene usted aquí con toda mi indiferencia desvanecida”. Con estas palabras comienza una carta de Chateaubriand al Sr. Joubert, escrita el 27 de junio de 1803 a su llegada a Roma, y con estas palabras podía haber encabezado yo cualquier carta que hubiera escrito desde allí el día que llegué. Dilaté muchísimo mi acercamiento a la Ciudad Eterna: conocerla no me atraía ni me corría prisa y, de hecho, mi primera visita fue un poco forzada y se redujo a un fin de semana al hilo de una estancia más prolongada en Florencia. Un encuentro de trámite: como cuando tu madre te pide que vayas a visitar a su prima, a la que ella misma hace años que no ve, aprovechando que estás de vacaciones a sólo 300 kilómetros de su casa. ¿Qué podía ofrecerme Roma que no me hubieran dado ya Venecia, Pisa, Verona, la propia Florencia? Roma no podía de ninguna manera superar a Florencia. Recuerdo que, comentando mi segundo viaje, hace poco más de un año, con alguien que nunca había estado allí, esta persona me decía “Roma, pero ¿qué tiene Roma? Nada más que iglesias… lo bonito debe de ser recorrer la ciudad”. Sentí una punzada en el estómago. No sólo por la barbaridad que estaba oyendo, sino también porque eso fue lo que me mantuvo alejada de ella durante casi tres décadas de mi vida: el rechazo a convertir el viaje en una peregrinación religiosa, a realizar esa especie de desplazamiento obligatorio para los católicos que en mi mente se equiparaba con el de los musulmanes a la Meca. Sólo esa estupidez. Tamaña estupidez.

Necio es quien admira otras ciudades sin haber visto Roma, dijo Petrarca. Bien, pues esta es la crónica de Roma escrita por una necia. Una necia conversa y redenta, eso sí. Llegué en tren, un mediodía tórrido de agosto, jueves, y sólo me quedaría hasta el domingo. En Florencia había adquirido una guía que me ofrecía itinerarios para ver la ciudad en tres, cuatro o cinco días, lo que me pareció óptimo. Atravesé la Toscana con la mente ya en mi destino, afanándome por no dejarme nada en el tintero. Nunca hago esto. Siempre llego a las ciudades con el propósito de absorberlas con naturalidad, y de dejarme absorber por ellas: así me aseguro una próxima visita si no visito todo lo que manda la guía. Pero con Roma llevaba dibujada en la mente una tabla en la que iría marcando con cruces los lugares vistos y los que quedaban por ver, con la intención de reducir al mínimo la segunda columna, tal vez para no tener la obligación, o la necesidad, de volver nunca. Entré en Roma en tren, desde la estación Termini, y lo primero que recorrí fue la Via Cavour, hacia abajo. La impresión no pudo ser más favorable. Recuerdo que la sentí como una especie de París veraniego: nada que ver con los fantasmas que poblaban mi mente; nada de ruinas, ni de atraso, todo glamour y belleza. Porque Roma es tantas Romas…

Leyendo la Guía literaria de Roma que publicó recientemente Atico de los Libros, de donde tomo estas citas, he sonreído muchas veces. No sólo con la frase de Chateaubriand, que suscribo al ciento por ciento. También me ha gustado mucho el comentario de Dickens, que accede a la Ciudad Eterna tras un viaje devastador “…y cuando –cito textualmente– tras un par de millas (…) emergió en la distancia, se parecía –casi temo escribirlo– ¡A LONDRES! (…) Habíamos cruzado el Tíber por el Ponte Molle, dos o tres millas atrás. El río estaba debidamente amarillo y su apresurado discurrir (…) prometía ruina y desolación (…) Lo que había eran largas calles de tiendas y casas corrientes, como las que se encuentran en cualquier otra ciudad europea; había gente trabajando, equipajes, peatones ordinarios yendo de un lado a otro; una multitud de parlanchines extranjeros. Ya no era mi Roma”. Me encanta este párrafo donde se pone de manifiesto la desilusión que provoca el acceso a una ciudad largamente deseada. Naturalmente, Dickens habla más adelante de cómo y cuándo cambió su percepción de las cosas. Hay otro punto donde no me queda más remedio que estar de acuerdo con él: cuando, hablando de San Pedro, explica cómo no experimentó una emoción especial en el interior de la basílica: “Me he sentido mucho más conmovido en muchas catedrales inglesas al oír el órgano y en muchas parroquias rurales cuando cantaba la congregación”. Opinión que, por cierto, no comparte Henry James, que da una cumplida descripción de las principales iglesias de Roma y afirma que “en San Pedro se puede evocar la idea de calma sin sentirse sacrílego, algo que difícilmente se puede lograr (…) en la abadía de Westminster (…) Allí el alma se expande infinitamente”. Tampoco puedo estar de acuerdo con esta afirmación de James: yo hubiera cambiado quid pro quo, los términos de la comparación, San Pedro por Westminster y viceversa.

No obstante, debo admitir que tanto la plaza, con la soberbia columnata de Bernini, como la cúpula, desde fuera y desde dentro, me dejaron boquiabierta. A posta (algo sorprendente, que hice en los dos viajes) dejé San Pedro y el Vaticano para el último día de visita. A posta sí, pero tal vez no del todo consciente. Era como si no quisiera que mi animadversión por el aspecto religioso del monumento eclipsara mi descubrimiento de las otras “Romas”, ni mi esperanza, reconocida y admitida, de que San Pedro me calara más allá de esto, empañara mi descubrimiento de las demás cosas. Hoy puedo decir que, en ambas ocasiones, San Pedro me emocionó con toda su valía y en toda su amplitud, y que las otras Romas fueron brotando de sus escondrijos sin el menor vestigio de contaminación por cualquier idea preconcebida. En ambas ocasiones he pasado una tarde entera en el Foro: la primera, enorme y gratamente sorprendida porque no esperaba algo así: ninguna descripción, ninguna imagen existente lo han abarcado en su inmensidad. Me impresionaron sobremanera las Termas de Caracalla: son, hasta hoy, el monumento que mayor impresión me ha causado en mi vida, y entré allí por ver primera después de haber visto las pirámides de El Cairo y el templo de Abu Simbel, por ejemplo. Con su magnificencia, su grandiosidad y el entorno en el que se encuentran me parecen uno de los lugares más bellos probablemente del mundo entero. Tobías Smollet da excelente cuenta de este monumento de utilidad pública en la Guía literaria de Roma. Y el Coliseo, a cargo de Twain en la guía, del que Dickens afirma con todo acierto que “quienes penetran en su interior pueden sentir aquella gran masa (…) con miles de caras ansiosas contemplando la arena, donde acontecía un torbellino de lucha, sangre y polvo que ningún lenguaje puede  describir”. Gocé recorriendo sus calles y buscando una trattoria para comer a la sombra, sin acordarme ni una sola vez de Vacaciones en Roma y llegué a la Fontana de Trevi de noche, sin pensar en La dolce vita. Creo que la escena de Anita Eckberg bañándose en ella ante la atenta mirada de Mastroianni tampoco estaba entre mis predilectas, aunque esto fue cambiando también, a lo largo de mi vida, con la educación sentimental. Pero la joya del descubrimiento fueron las catacumbas, que visité por pura carambola cuando estaban a punto de cerrar –lo único que vi después del Vaticano– y donde no tuve ocasión de volver en mi segunda visita, con gran dolor de mi corazón. Seguramente su significado religioso tampoco jugaba a favor, pero por alguna razón quería verlas a pesar de mi terrible claustrofobia. La emoción que sentí allí dentro sólo puede compararse con la que me provocó en su día la visita a Westminster. Cuando estábamos dentro, el guía (un religioso de la congregación que se hace cargo de ellas) nos dijo que nos diéramos la mano para lanzar una plegaria por la paz en Yugoslavia. Al vernos las caras de extrañeza, nos dijo: “No importa que no seamos todos de la misma religión, ni siquiera que no seamos religiosos. Vamos a desear todos juntos que esto suceda”. Y me convenció, como no podía ser de otra manera. Nos convenció a todos.

Volví a Roma con cierto temor. Al contrario que la vez anterior, pensé que en esta segunda ocasión llevaba todo idealizado dentro de mí, y sufriría una profunda decepción. Pero no fue así: Roma, eterno work in progress, conservaba intacta su capacidad para sorprender y enamorar incluso al viajero más escéptico. ¿Qué sentido tiene, entonces, lanzar una moneda a la Fontana, si no aceptas el reto del regreso? Y en esta ocasión, confesaré mi debilidad, lo que quería ver que no había visitado en la anterior, eran dos cosas que tal vez sea sacrílego poner juntas en la misma frase: el Panteón y el Ponte Milvio, el antiguo Ponte Molle, por el que entraron en Roma Dickens y tantos otros viajeros, hoy cuajado de candados con promesas de amor eterno. Sí, he leído a Federico Moccia, y debo decir que, a su modo, también es Roma, la Roma de hoy, la de todos nosotros. Sin embargo, se me volvió a quedar en el tintero, por segunda vez, la Villa Borghese. Tengo que volver.

Un consejo: nadie haga un viaje a Roma antes de leer esta Guía literaria de Roma. Si lo dejáis para depués, os dará un coraje enorme daros cuenta de cuántas cosas os habéis perdido.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Crónica de una necia

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  2. Ame dijo:

    ¡Me encanto!

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