¿Puedes juzgar un libro sólo por la cubierta?


Probablemente, en esta casilla conviven mis tres pasiones confesables: los libros, los coches y la moda, y no necesariamente en ese orden. Probablemente, para muchos de vosotros esta trinidad es imposible, una contradicción inverosímil e incluso inaceptable. Pero para mí no es así. En todo caso, lo que desencadenó esta entrada no fueron los coches, que han caído ahí impulsados por la dictadura del orden y del espacio cada vez más restringido, sino la vestimenta y su relación con los libros.

Hace algunas semanas sucedió algo en este blog y esta entrada es una suerte de homenaje ese suceso: gracias a él se reencontraron dos personas que habían perdido el contacto hace tres décadas, y una de ellas está vinculada emocionalmente a esta bolsa que luce un maravilloso little black dress (o petite robe noire como prefieran) resaltado, con su percha de metal y todo y con sus elegantes complementos. Sirva, pues, de expresión de mi alegría en esta historia de reencuentro en este mundo de desencuentros, y de recuerdo hacia quien me envió un regalo, hace ya unos años, metido en esta bolsa.

De modo que, excluidos los coches (o aparcados en espera de mejor ocasión), hablaremos hoy de libros y de ropa, de lo que tal vez en contra de muchas opiniones une a estos dos ámbitos de la vida y de la creación. Libros sobre moda, sobre ropa, sobre vestimenta, se han escrito miles sin duda: en ese estante están El lenguaje de la moda, de Alison Lurie (que sigue siendo un referente, a pesar de tener ya unos años) y A history of fashion de J. Anderson Black & Madge Garland, en formato grande y con maravillosas ilustraciones. Hay también biografías de modistos como Pertegaz, Paco Rabanne o Pucci, pero no es una colección numerosa porque nunca me propuse hacerla, sino más bien accidental y dispuesta a crecer en cualquier momento. Nada que ver con las otras dos colecciones: la de libros, y la de “trapos”.

Yo crecí en una casa sin libros. Dicen que uno se convierte en lector si ha vivido en una casa con libros, pero en mi caso algo salió mal, porque libros no había ni uno. Me crié, sin embargo, entre retales, fliselinas, botones y restos de hilvanes caídos en el suelo. El Burda era lo más literario que veía a mi alrededor. Ir con mi madre, una tarde de invierno, a comprar un carrete de hilo a El Globo era una aventura mucho más sugerente que ir a la luna, y mucho más apetecible para mí. Para mi desgracia, mi madre nunca quiso enseñarme a coser: decía que era como perpetuar la esclavitud, que aprendiera otro oficio. Por eso traduzco. Pero la ropa está en mi ADN y no puedo evitar que me guste, que me atraiga y que me ofrezca un placer silencioso e inocente, como el que me ofrece la literatura, ya sea leyendo o escribiendo.

Tal vez por eso, años después de haber leído por vez primera Madame Bovary o La Regenta recordaba, más que el argumento y otras cuestiones de enorme importancia literaria, que Emma se había encargado un abrigo de viaje (¿existe tal cosa? ¡qué maravilla!) para fugarse con su amante y Ana Ozores visitaba una sedería y se debatía entre el recato y el exceso de un escote. Recordaba la esclavitud superficial de La de Bringas con los trapos, o las críticas a las muchachas que llevan rebeca debajo del abrigo en Entre visillos, de Carmen Martín Gaite, la elección de Lola (“espejo oscuro”), que se decanta por un modelito de Rodríguez para ir con el señor que la entretiene al Monasterio de Piedra; el bikini de Lolita, pero también el espantoso mandil de ama de casa venida a menos con que la sorprende Humbert cuando va a visitarla. Y tantos otros ejemplos, tantas obras de la literatura donde un traje, o un aspecto, dicen tanto del personaje como cientos de palabras descriptivas y decenas de párrafos narrativos. Sin duda, el tema da para mucho más que un post. Y más aún si estiramos un poco sus límites e incluimos en lo literario el guión cinematográfico, porque entonces se nos acercan Gilda, la vecina de arriba que encarnó Marilyn Monroe y Holly Golightly ante el escaparate de Tiffany’s, esta última con todos los honores porque saltó a la gran pantalla desde la pluma de uno de los grandes y Penguin tiene una edición con una cubierta maravillosa que se asemeja a mi bolsa.

La ropa es importante, sí. Primordial, diría yo. El traje dice más de nosotros que el peinado, mucho más que los muebles de casa, con los que no tenemos una relación tan estrecha: incluso si usamos ropa prestada, heredada o de la caridad, acabamos por incrustarla en nosotros. La simbiosis se hace inevitable. A pesar de esos refranes que rezan “Aunque la mona se vista de seda, mona se queda” o “El hábito no hace al monje”. La ropa es un juego, una oportunidad de crear una vida escribiendo o de vivirla leyendo. La ropa, que no la moda, es parte de nosotros. Es una forma de expresarnos, de ser libres o de dejar de serlo si esa es nuestra opción. Es una herramienta necesaria y un placer inocente. La ropa una industria; la moda, un negocio. Un negocio que juega con nuestras inseguridades aunque eso tampoco me parezca reprochable: me niego a culpabilizar a ese ente inanimado de los estragos de la anorexia (un problema mucho más profundo y menos banal): si hacemos un mal uso de un objeto que nos hace soñar y convertirnos en otro, en el que queremos ser, por un momento o por un día, la culpa es sólo nuestra y de quien no nos proporciona la base necesaria para combatirlo. Desde la imitación a la máscara, pasando por la impostura, podemos elegir el nivel de transgresión que deseamos ejercer a diario. O podemos optar por prescindir de esa posibilidad y negarnos a juzgar al libro por las tapas. Pero gracias a la ropa muchas monas, vestidas de seda, alegran el gris cotidiano de las calles y hacen volver a vista a los transeúntes aunque muchos monjes se dejen el hábito enganchado y hecho jirones al volver la primera esquina. Por eso nos vestimos, nos arreglamos o vamos hechos un asco, nos taladramos la cara o nos tatuamos la piel: porque la cubierta es una forma de estar, de manifestarse, de escribir una historia. Y vestirse es, en cierto modo, crear (o crearse) un personaje.

No puedo dejar de mencionar, precisamente esta semana, dos polémicas vinculadas a la ropa: la de John Galliano y la de Penélope Cruz en la alfombra roja de los Oscar, aunque con ello me salga “del libro”, incluso del guión: lo de Galliano no tiene nombre, desde luego, aunque no puedo evitar preguntarme qué consecuencias habrían tenido sus exabruptos si la hubiera emprendido con los negros o con los gitanos. Caso extremo de la necesidad de disfraz, de hábito y de seda a cualquier precio, que nos lleva a otros debates: ¿otorga la genialidad patente de corso? ¿dónde termina el estúpido y comienza el genio? Y conste que hablo sólo de la persona, incluso de la persona pública, y no del modisto, o del artista, cuya valía como tal no cuestiono independientemente de mis gustos personales. La otra es la de Penélope Cruz, que ni me gusta como actriz ni me despierta especial simpatía, y que me ha sublevado. Me pregunto si ya nadie se acuerda de cómo estaba de “radiante” Catherine Zeta Jones a los pocos meses de dar a luz, o por qué Nathalie Portman está guapa con barriga y Penélope está fea con lorza si ambas, barriga y lorza, son necesarias e inevitables para la producción de un bebé. Me pregunto también por qué unos pechos de silicona de la talla 100, con muchos ceros y el símbolo de dólar detrás, junto al nombre del cirujano plástico más famoso de Los Ángeles, resultan atractivos y elegantes aunque sean de lo más ordinario y los de una madre en período de lactancia, de la misma talla, ofenden a la vista. Me pregunto también si la gente –mujeres y hombres– que ha criticado el escote y el vestido ha tenido hijos: creo que no. Tampoco saben gran cosa de arquitectura, ni de leyes de la proporción ni de la compensación. Y no recuerdo haber leído nada sobre ello, pero seguramente también le habrán criticado que llevara el pelo suelto, como si con esa envergadura lo pudiera llevar de otro modo. Nos quejamos de la tiranía de la apariencia y luego hacemos esto: ¿qué querían, que se quedara sin salir hasta que estuviera sílfide de nuevo? ¿O que fuera con burka? En fin… me estoy enfadando y me he alejado del tema: esto parece un post del cuore. Tengo que conseguir uno de esos libros que se han publicado sobre Mad men. Eso sí es literatura en estado puro, aunque sea algo tan frívolo como una serie de televisión sobre publicistas. Ay, vuelvo a lo de soñar con otros mundos.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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6 respuestas a ¿Puedes juzgar un libro sólo por la cubierta?

  1. Renée Sañudo de la Torriente dijo:

    Bonita bolsa, Amelia, y entrañable el que la hayas conservado después de tanto tiempo 🙂 El de hoy es un post “del cuore” y de alegrías por partida doble. Alegrías nacidas del reencuentro inesperado, con los recuerdos e ilusiones que conlleva (y no sólo para los protagonistas, aunque me riñan por decirlo!). Alegría en la cara de una madre recién estrenada. Me molesta que se obviara el brillo de sus ojos pero se mencionaran los brillos restallantes del vestido. Quienes dedican su tiempo a criticar un aspecto así no han llevado nunca un hijo dentro.

  2. Aurora dijo:

    Querida Amelia:
    Ya sabes que te sigo hace tiempo aunque no incluya comentarios. Esta vez he sabido de tu nueva entrada por el twitter de Javier.
    Ha resultado un “plato” delicioso, de los que no quieres que se acabe nunca. ¡Gracias!.
    Creo que volveré mañana para disfrutar de nuevo de la foto y de todos esos mundos.

  3. Aurora dijo:

    He vuelto y he disfrutado de nuevo. Espero que pronto escribas algo sobre los zapatos. ¡Me encantan!.
    Un abrazo y buena semana.

    • Aurora, mil gracias por tu visita reincidente. Veo que lo de volver no era una forma de hablar, y me alegro por ello… Hay un microrrelato sobre zapatos en el post de Bukowski, pero si lo que me pides es una entrada más larga, pues tendré que pensármelo. Un abrazo.

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