“Compré una tela grande para pintar mi mundo”


A finales de diciembre pasado se falló en Madrid el premio Otras voces, otros ámbitos, otorgado por Ámbito Cultural y Hotel Kafka a la novela Las primas, de Aurora Venturini, editada por Caballo de Troya. La finalidad del galardón es seleccionar una de entre todas las obras de ficción publicadas en España durante el año 2009 y que no hayan conseguido vender, en los doce primeros meses a partir de su publicación, más de 3.000 ejemplares. Claro que no os estoy contando nada nuevo pero este blog no tiene prisa –los libros se comentan una vez leídos y disfrutados– y la autora tampoco: gana el premio con más de 85 años de edad. Y estos son dos datos que contradicen en parte la tendencia ultramoderna y ultrarrápida del ritmo actual de publicaciones: lo que ha salido hoy ya no es nuevo y si tienes más de 19 años no eres interesante. Encima, lo he disfrutado mucho: por eso quiero hablaros de él aquí.

Aurora Venturini, el día de la entrega del premio, en un mensaje grabado desde Buenos Aires

Las primas cuenta una historia que se desarrolla en la ciudad argentina de La Plata, en la década de los cuarenta. La narra en primera persona una muchacha que se nos presenta sin tapujos como una tarada, nos confiesa a bote pronto que no aprendió a leer los relojes hasta los 20 años y manifiesta a cada paso, y entre sus múltiples incapacidades, sus problemas con el lenguaje. Establece, para su narración, un diálogo a la antigua usanza con el lector al que informa puntualmente de cada palabra que encuentra en el diccionario (ah, ese compañero inseparable) y asistimos, a medida que avanza la historia, a su doctorado en expresión escrita y en los entresijos de la vida misma. Las primas es una historia de iniciación con todos los ingredientes de la mejor literatura hispanoamericana: las relaciones familiares y vecinales, las quintas, los criados que sirven a amos casi tan pobres como ellos, las casas donde todos caben, las barriadas suburbanas de las grandes ciudades que leemos en el Vargas Llosa de Conversación en la catedral, en la obra de Laura Restrepo y en los mejores párrafos de la época azul, que no rosa, de Boris Yzaguirre. Me vuelven a sorprender esas sagas con miles de tentáculos donde la existencia es un trámite y la muerte un remedo burlón de la vida, y ambas están representadas por personajes a su medida: la tía más bien ñoña que en un momento dado tiene que agarrar el rábano por las hojas; la madre, que no es el prototipo de superviviente ni de madre coraje, pero sobrevive como puede con el coraje y la dignidad justos y necesarios al abandono de su marido, a la crianza de dos hijas con diferentes grados de retraso, tocada por un punto de amargura y fastidio que no escapan a la aguda observación de la narradora; el vecino medio salvaje, el benefactor aprovechado… todos ellos, aunque suene a tópico, creados en un equilibrio de tipismo y realismo que los convierte en seres de carne y hueso. Un mundo, en definitiva, teñido de un realismo con un toque magia propio de su latitud, a pesar de su dureza. La agilidad de la prosa, su nitidez, su honradez absoluta, esa apariencia (y ahora hablo de la autora, no del personaje narrador) de no tener más pretensión que contar una historia, sin entelequias de estructuras ni de estilos, son tan patentes todas ellas que consiguen cum laude que el lector se sumerja en un mundo no por ajeno desconocido del todo (inevitable, también en la contracubierta del libro se hace mención a ello, el recuerdo de Tolstoi) porque todas las familias felices se parecen, pero las desgraciadas lo son cada una a su modo, aunque el hecho de ser desgraciadas no deja de ser un denominador común.

Eduardo Vilas, director de Hotel Kafka (organizadores, junto a Ámbito Cultural), Constantino Bértolo, editor de Caballo de Troya y Clauda Bernaldo de Quirós, agente de Aurora Venturini, de CBQ

No puedo evitar que me vengan a la memoria novelas que alcanzaron gran fama, como El curioso incidente del perro a media noche, de Mark Haddon, o Pigtopia, de Kitty Fitzgerald, o la película protagonizada por Sean Penn Yo soy Sam, historias todas ellas narradas por personas con deficiencias psíquicas que nos dan su particular punto de vista de la realidad que habitan y de unos hechos concretos, con una sensibilidad que tal vez está vetada a quienes la miran con ojos más críticos. A Yuna Riglos, la pintorcita a la que un día sorprende su habilidad con los pinceles, la actividad artística no la redime, pero sí la dignifica: le da fama, dinero y estabilidad, pero sobre todo le da la oportunidad de tomar las riendas de su vida y una distancia prudencial de su mundo: vendiendo sus cuadros gana dinero para tapar los agujeros familiares, obtiene fama e independencia, se estabiliza dando clases en la universidad y, sobre todo, puede expresarse, algo que constituye su particular batalla íntima desde el comienzo del relato. Hasta que descubre, en un final abrupto y un poco decepcionante, que no tiene ya ningún vínculo con lo que fue su vida y su gente. Y todo ello para bien. Me doy cuenta también de que lo que me sigue sorprendiendo de la literatura es que alguien encuentre, en un momento dado, la forma de contar de modo diferente lo que se ha contado mil veces. Este es realmente el milagro de la literatura. Aurora Venturini ha dado con él una vez más.

En cuanto a la autora debo decir que nos llega avalada una larga trayectoria profesional como escritora de ficción y ensayo y como traductora. En 1948 el propio Borges le entregó el Premio Iniciación por su obra El solitario y que la novela que hoy leemos, Las primas, recibió en 2008 en Argentina el Premio de Nueva Novela. Uno de esos casos en los que el escritor es, además, todo un personaje. Quiero dar desde “este fárrago de libros y de hojas” mi más sincera enhorabuena a Aurora por permitirnos disfrutar de una novela así y a todos los lectores porque ya está ahí, de la mano de Mondadori, Nosotros, los Caserta. No nos la podemos perder.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a “Compré una tela grande para pintar mi mundo”

  1. Amelia:

    Excelente reseña de la novela. Excelente porque has conseguido que mañana no me quede más remedio que comprarla o encontrarla en una biblioteca. He conocido tu blog a través de Francisco Javier Jiménez, responsable de Fórcola, que ha compartido en Facebook este post. Fenomenal trabajo debido en gran parte a esa actitud de no tener prisa, como comentas. Un oasis. Me quedo. Saludos.

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