Herramientas, pequeños tesoros: a partir de Babel


Útiles, aperos, instrumental, utensilios, bártulos, trastos… Me encantan las palabras. Me encanta buscarlas, encontrarlas, darlas la vuelta. Ver si encajan y, si no, quitarlas y sustituirlas por otras. Me encanta el oficio que desempeño, tanto que no me doy cuenta hasta que alguna circunstancia me impulsa a reflexionar sobre él, hasta que tengo que responder a una pregunta determinada o alguien hace un comentario que me sorprende. Y me encantan las herramientas que manejo, como si fuera un mecánico, un agricultor, un albañil, un médico o una costurera.

No colecciono diccionarios. Ya me gustaría, pero cuando uno lleva una vida corriente, en un piso medio de una gran ciudad –en el que además trabaja– donde vive con una familia aproximadamente estándar y con alguna pequeña mascota, el coleccionismo pierde terreno. Sin embargo, por numerosas razones conviven conmigo algunos especimenes interesantes, llegados por distintas vías, a los que tengo cariño. Ya he contado antes que no conservo mi primer diccionario de inglés, hermano gemelo de otro de francés, Cuyás, bilingües, con tapa dura roja; los trajeron los Reyes Magos y, en algún momento de la historia, el de inglés se perdió. Hay un diccionario de inglés, antiguo, también bilingüe, en cuya tapa no pone nada. Una amiga mía lo salvó del camino al contenedor, y lo hizo encuadernar para regalármelo. Me ha sacado de algún atolladero de esos en los que las palabras antiguas, ya muertas, han salido también del panteón de los diccionarios. Mi primera herramienta profesional fue un Larousse bilingüe; lo pagué con mi primer trabajo, unas cuatro mil pesetas (aproximadamente 24 euros). D. Antonio Carrillo, entonces director de Tradux, al que me costó un mundo convencer para que me dejara traducir aquellas recetas de cocina, me pagó en metálico cuando entregué el trabajo y me dijo: “Ahora va usted y con este dinero se compra un buen diccionario”. Recuerdo que le pregunté cuál, y me respondió que un Larousse bilingüe intermedio porque con ese dinero no me alcanzaría para más. Aquí está conmigo: destripado y esguardamillado por el uso, estrenó tapas hace un par de años y luce orgulloso su lifting en la estantería o en el escritorio. Hay muchos, aunque no están todos los que son. Cuando mi hijo mayor aún no había nacido le compré, por el 23 de abril, un diccionario ilustrado de cockney, una miniatura preciosa y divertida a simple vista, que aún lo era más para una chalada de las palabras como yo. Los cockney son verdaderos artistas de la fantasía léxica, y cada dos por tres me da el punto y me pongo a hacer recuento de las expresiones que recuerdo. Mi última adquisición fueron los cuatro magníficos que se ven en la foto. Ilustrados, bilingües, en pequeño formato y sorprendentes. Ya sé que nada de esto sirve para dar relumbrón a un anuncio de servicios profesionales de traducción, pero a mí me valen. Me sirven porque me recuerdan cada mañana qué tengo que hacer y cómo. Y también por qué lo hago. Y lo más importante, lo que nunca debo olvidar, para qué, y para quién.

En pleno debate sobre la reconversión de los derechos de autor, la publicación digital, la difusión de los textos por Internet, la piratería y todo lo que lleva aparejado, pienso a veces en el papel que desempeño, como traductora, en esta vorágine. Y lo tengo claro. No es que desprecie ni el logro ni el esfuerzo que ha llevado a conseguir que la Ley de Propiedad Intelectual española sitúe al traductor al mismo nivel que el autor en esta materia. Antes al contrario, soy consciente de la lucha que ha supuesto esta cuestión para tanta gente; me consta que yo, recién llegada, me he encontrado muchas cosas hechas y sería deshonesto por mi parte ir contra ello. Pero puedo matizar. Estamos ya hartos de oír lo importante que en la nueva cadena de valor del libro las piezas clave son el autor y el lector, y que los agentes intermedios, que no intermediarios, adquieren mayor relieve para velar por la calidad del producto. Y ahí es donde se afianzan, supuestamente, las labores del editor y del corrector. Si el libro publicado es de otra lengua, el traductor también entra ahí. No puedo sentir, como traductora, que estoy a la altura de su creador. Dicho llanamente, no acabo de sentirme autora, sino artífice. Un autor es un creador, alguien que hace algo de la nada. Yo trabajo con palabras, ellas son mi materia prima y, a diferencia del escritor, verdadero autor del texto, con palabras que ya existen y yo debo respetar: estudiar, calibrar, valorar, y trasladar a otro plano de la realidad lingüística. Me hace falta ser creativa, pero no imaginativa. Yo no he escrito Cien años de soledad ni sería capaz de hacerlo en cien años de soledad con todos los gastos pagados. Pero tal vez pudiera traducirla al inglés con cierta dignidad: los ingleses la podrían leer, la entenderían, serían capaces de apreciarla con todo su color y con todos sus matices. Y su traductor ha hecho esto mucho mejor de lo que yo podría hacerlo en otros cien años, porque goza de otras capacidades, como tener al inglés de lengua materna. Todo suma. El traductor es como un arquitecto o un ingeniero: ha de ser creativo, pero necesita una base técnica innegable. El escritor puede ser prácticamente iletrado y capaz de crear un universo entero con palabras. El traductor, no. La calidad de mi traducción dependerá de mis conocimientos: del idioma de partida, del de llegada, de ambas culturas, del universo del escritor, autor material del mismo y que yo tengo que recrear para transmitir. El traductor es un operario. Cuando alguien me pregunta por qué no abro una agencia de traducciones siempre pienso lo mismo: ¿una agencia? ¿y ser empresaria? ¿seleccionar personal, buscar clientes, hacer cuentas y balances, llevar un plan de marketing? Y todo esto… ¿sólo para traducir? Si yo sólo sé traducir… No concibo mayor alegría que la de servir de puente para establecer comunicación entre dos personas. No concibo mayor autoría que la de estar, en ese diagrama de flujo de la comunicación que se compone de Emisor-Mensaje-Receptor en las tres partes a la vez. Es como ser todopoderoso y omnipresente, un dios menor del lenguaje aunque eso, tan gratificante y tan profundo, no debe hacerme olvidar la inmensa responsabilidad que acarreo. La falta de entendimiento es una de las cosas más graves que pueden darse. Y, a partir del asunto de Babel, los traductores somos necesarios. Así que, antes que autor de un texto, soy artífice, artesano, pieza indispensable de todo un engranaje en el que no debo olvidar que hay otras piezas. Soy el albañil que encaja un ripio en una pared de mampostería, una costurera que coloca el bolsillo de plastón en un abrigo sólo sobrepuesto, para ver si está bien de altura. Soy el cocinero que, armado con la manga pastelera, decora una tarta que acaba de salir del horno. Por eso trabajo con dos o tres diccionarios abiertos en Intenet y otros dos o tres en una mesa auxiliar. Qué importa el tiempo, qué importa el número de palabras cuando estás construyendo ese elemento intermedio que servirá para poner en contacto al emisor del mensaje con el receptor. Importa hacerlo bien, y respetar a ambos. Por eso espero que estos nuevos tiempos traigan un mayor respeto para la profesión (aunque debo admitir que quisiera ser más optimista de lo que soy), que se valore en su justa medida. Muchos editores son conscientes de que una mala traducción convierte un buen libro en un libro infumable, y nos cuidan como oro en paño. Otros tantos han empezado hace tiempo a incluir el nombre del traductor en la cubierta y una breve reseña de su actividad profesional. Para una editorial, un traductor es un activo, una inversión a medio y largo plazo. Si el traductor es conocido, lo es incluso a corto plazo. Es una cuestión de imagen y de solidez empresarial y, en muchos casos, cuando se trata de un traductor famoso y premiado, incluso una garantía de ventas. Pero en todo caso los traductores tenemos la enorme tarea de reconstruir con nuestros bártulos un texto al otro lado del espejo, lo cual no es baladí. En una ocasión Alex Kapranos me contaba que había preguntado a unos fans qué les pareció su libro, que habían leído en español, traducido por mí. Con su respuesta, empezaron a pasar ante mí, a toda velocidad, todas las horas invertidas en esa tarea, los correos de ida y vuelta con el editor, la discusión –en sentido anglosajón– de cada expresión, de cada palabra, la disección no ya sólo del texto, sino del pensamiento del autor y su circunstancia. Me contó que, como no sabe español, sentía curiosidad por cómo sonaba lo que él había escrito a quien lo leía en otro idioma. Dijo que le contestaron: “Es como escucharte a ti leyéndolo en voz alta, en español”. Para un traductor, estas palabras no tienen precio.

Quiero dedicar este post a Alexandra González y sus compañeros, los chicos y chicas de la Escuela de Idiomas Modernos, Universidad Central de Venezuela, que se preparan para ejercer este oficio.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Herramientas, pequeños tesoros: a partir de Babel

  1. Alexandra dijo:

    Hace varias semanas debí haber tomado aunque sea 5 minutos de mi tiempo para darte las gracias. Me encantó. La inspiración y la motivación pocas veces se posan sobre uno y no hay que dejarlas escapar. Es más lo que he dedicado a enseñar los idiomas que he aprendido gracias a mi carrera que lo que me dedicado a traducir, sin embargo el amor por esa carrera está ahí todos los días. Repito, lo que más me gusta de tu blog es la pasión con la que hablas de un oficio al que amo. Lo segundo es el buen uso de el idioma; como le repito todos los días a mis alumnos “hay que enamorarse del idioma, no sólo del que intentas aprender sino de tu lengua materna. Si no le muestras amor y lo respetas siempre vas a ser un profesional incompleto”. Cuando leo tu blog veo eso amor y respeto por lo que haces y por tu lengua materna.

    • Muchas gracias, Alexandra, por tu comentario y por el tiempo, un bien tan escaso en estos días, que te tomas para seguir el blog y enviar un mensaje. Cierto que amo mi oficio y no sólo mi idioma, amo el lenguaje y las palabras, aunque no siempre las use bien. Ya sabes tú que en esto nunca puede uno estar seguro de no cometer errores. Así que de eso va la próxima entrada, del error. Espero que también la disfrutes. Un abrazo grande.

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