Días de libro y rosas


Estaba pensando cuán parecido es un embarazo a traducir un libro. Hay una primera fase en la que el libro / el nuevo estado se inserta en tu vida con cierta incomodidad e incertidumbre, con sorpresa y miedo, pero encaja. Ya lo creo que encaja. Luego te habitúas a vivir con él, y el encaje se hace más sofisticado: las tareas cotidianas son un poco más trabajosas, pero se sale adelante. Llega un punto en que el libro / el embarazo está tan avanzado, que te sorprende tu propia capacidad de desempeño. De pronto te ves haciendo una cosa más de las que hacías habitualmente, en una existencia donde ya no había ningún hueco. Y la cosa no sólo funciona, sino que va muy bien. Se han pasado las complicaciones de la primera fase, ha pasado el peligro, el ser que te habita / el libro que duerme con los brazos abiertos sobre tu mesa siguen creciendo bajo el vestido o en la pantalla del ordenador y tú te sientes bien porque todo marcha. Hasta que entras en la recta final. Cumples las 38 semanas o vislumbras el final de la traducción, y empiezan los agobios. Hay que volver atrás a revisar todas las palabras que has dejado marcadas en rosa para comprobar si encajan bien o si debes buscar un sinónimo. Hay que volver a revisar la canastilla para cerciorarse de que no falta nada. De pronto, no sabes cómo, desaparece la calma que habías conseguido cultivar día a día, mes a mes, absorta sólo en la creación que te toca abordar, y comienza la presión. Se acerca la fecha / el plazo de entrega. El obstetra empieza a pedir pruebas y más pruebas, monitorización y otras historias por si hay que intervenir. El editor, a veces, te pregunta cómo vas y aunque no agobie –yo tengo suerte: los míos no lo hacen– te hace ser consciente, de pronto, de que hay mil cuestiones que resolver: formatos, grafías, notas que irán o no irán. Un sinfín de pequeños asuntos vitales para el bebé. Y a partir de ahí, la debacle. De pronto la cuestión es el niño. O el libro. De pronto han crecido tanto como para llenar el resto de tu existencia, y te sorprendes viendo de cuántas cosas puedes prescindir. Si en las últimas semanas te aferrabas a la lectura o seguías una serie de televisión para mantener la cordura; si tenías unos cuantos pequeños trucos que imprimían a tu vida una rutina necesaria, como un paseo, un café –descafeinado, en el caso del embarazo– a media mañana, ver cómodamente sentada el telediario de las tres… de pronto desaparece todo y la vida se abre camino. El libro / el bebé excluye todo aquello que antes estaba ahí, que ha estado ahí durante tanto tiempo, y no deja sitio para nada más. Cuando pasas de la semana 39, de pronto, todos los mecanismos de tu mente y tu cuerpo se ponen en marcha, se preparan para  el gran momento, y vas eliminando de tu vida cualquier actividad, costumbre o rutina que no tenga como finalidad el parto. Cuando se acaba la traducción, se pulen las palabras dudosas, se buscan las que dio pereza desbrozar en su momento y se pone el punto final, empieza lo bueno. Para mí es una fase muy gratificante, pero también una tarea tan absorbente y egoísta como las dos últimas semanas del embarazo. Las paso con la nevera casi vacía y aumentando peligrosamente el consumo de comida preparada; la cita que venías necesitando con el oculista se pospone hasta que se entregue EL Libro; el tinte del pelo de pronto puede esperar; el chándal de los niños, que necesitaba rodilleras, sigue milagrosamente en pie. El sábado, que normalmente te cunde tan poco, te da tiempo a leer cincuenta o sesenta páginas del texto, una última lectura: no has pisado la calle, pero tampoco lo has echado de menos. La traductora multitarea se convierte en traductora dedicada, obstinada en parar el mundo que gira a su alrededor para dedicar todas las fuerzas al momento en que, por fin, pasarás el corrector ortográfico y enviarás el libro, que todo lo vampiriza, a la editorial. Y entonces sí, cuando pase el momento, las cosas volverán a su cauce. La diferencia, vital, entre el libro y el bebé, es que cuando el bebé llega se pasa una página, y cuando el libro se entrega empieza otro proceso similar al que acabas de cerrar, pero más impersonal, o más distante, diferente: las correcciones tardarán un tiempo en llegar, la cubierta aún más. Y luego habrá alguna circunstancia que trastoque la fecha de publicación, de modo que el alumbramiento se dilata y, aunque la incertidumbre aumenta, o se empieza a percibir de otra manera, también crece la expectación y se prolonga el goce. Pues en esas estamos. Ahora, inmersa en una situación sin precedentes en mi caso, termino de corregir un libro y estoy a punto de recibir el anterior, envuelto en mantillas. Qué sensación. Y todos estos libros, regalos de amigos y editores en la última semana, gritando “léeme” como la galleta de Alicia. Así que eso voy a hacer: ponerme a leerlos todos, uno tras otro, en cuando remiende el chándal y llene la despensa.

 



Anuncios

Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
Esta entrada fue publicada en De hojas y etiquetada , . Guarda el enlace permanente.

4 respuestas a Días de libro y rosas

  1. Juanky dijo:

    Me gustaría leer Pasolini en Nueva York ;-)) Ya sabes mi pasión por ese pueblito. Por cierto, se me olvidaba, a finales de junio me escapo una semanita a “certificar” las obras de la zona cero. Que lo sepas.

  2. Eres una buena madre, no me cabe duda, guapa… Excelente texto…
    (Por cierto, ya me despaché tu primer relato. Voy a por el segundo. Dirás: “qué lenta”… Es que te estoy compartiendo con Bolaño y Fadanelli… jejeje)

    Bxos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s