Errar en la vida, errar en la escritura.


Un mapa: lo mejor para no equivocar el trayecto

Dicen que al amparo de las grandes máximas se han cometido grandes atrocidades. Aquella famosa “El fin justifica los medios”, por ejemplo. O “Errar es humano”. Y habrá muchas más. “El mejor escribiente echa un borrón”, otra que me viene a la memoria. Y la memoria también yerra. Algunos errores son naturales, otros son producto del descuido o de la prisa y otros, tal vez los peores, fruto de la dejadez, de la desidia, de la falta de interés. A veces es el exceso de interés lo que nos lleva a errar, y léase interés en este caso en su acepción de “inclinación más o menos vehemente del ánimo hacia un objeto, persona, narración, etc.”, y no en la de “provecho, utilidad, ganancia” (tomado del DRAE). En la edición, los errores son imperdonables, en la escritura resultan antipáticos para el lector e incómodos para quien escribe; en la vida pueden suponer la firma de nuestra sentencia de muerte.

Decía Wilde que ‘experiencia’ es el nombre que solemos dar a nuestros errores, de donde se deduce que, a mayor edad, a mayor experiencia, mayor cantidad de errores acumulados durante toda una vida; y también que la capacidad de errar es inversamente proporcional a la edad, o a esa otra experiencia, la que constituye “un grado”. La filosofía de la nueva era se empeña en justificarlos como activos que podemos aprovechar en nuestro favor, o como pasivos que pueden reciclarse en activos útiles y válidos. Pero también es verdad que, por las razones que sean, hay ocasiones en que el error, simplemente, ni se contempla, ni se admite ni se perdona.

Termino de leer Notas de un viaje a Oriente, publicado no hace mucho por Páginas de Espuma. Y cierro un círculo, tal vez varios círculos: hace unos días oí decir a un escritor premiado que invertía la friolera de seis meses en escribir, revisar, corregir y pulir una novela. Pues no lo cuestiono, no puedo cuestionarlo sin haberlo leído, pero la historia no le da la razón. Y la literatura tampoco. A renglón seguido, leo una entrevista de Javier Marías a cuenta de la aparición de su última novela. Le siguen preguntando que por qué escribe a máquina, velando esa acusación de señor rarito que resuena siempre en la interrogación final del entrevistador. Su respuesta, que a mí se me antoja humilde, es esta: “…me gusta escribir sobre papel, sacar la hoja, corregirla a mano, hacer mis tachaduras, mis flechas, mis cambios. Me gusta volverla a teclear porque, aunque sea un trabajo y a veces las tecleo hasta cinco veces, o las que haga falta, cada vez que la tecleo no es como si la releo, la hago un poco más mía, la asumo, la apruebo y digo: ‘Vale, esto va’. Le doy el visto bueno”. Quiero pensar que Javier Marías está en lo cierto y el otro autor no, pero bien pudiera equivocarme. A lo mejor corregir es una extravagancia. A lo mejor se pierde la espontaneidad y la inmediatez. A lo mejor el que corrige y lo admite es un esnob insoportable, aunque también el que no corrige es un soberbio sin perdón o un descuidado sin posibilidad de salvarse. Pero me estoy yendo por las ramas. Pensaba todo esto al hilo del libro que estaba leyendo, del hombre –de sólo 19 años, hoy ni siquiera se le llamaría hombre, sino chico– que lo escribió, de la madurez de sus pensamientos y de la sinceridad de sus percepciones, también espontáneas e inmediatas. Subrayo a lápiz la frase “Città Vecchia es del todo maltesa; los buques británicos no han logrado llegar hasta su altura. Tiene un aire de mayor intimidad, como en una casa donde ya no hay visitas”, y pienso que nadie de esa edad escribe hoy en día una frase como esa. El libro es una edición del diario de viaje de Julián Marías (que tuvo lugar en verano de 1933), a cargo de su nieto Daniel Marías y de Fco. Javier Jiménez, y en el que se incluyen también fotos hechas por el propio autor y una selección de cartas que intercambió con su familia durante la excursión, y muchas páginas de notas explicativas y documentación relativa al viaje. Tuve noticia de este crucero no hace mucho, durante una exposición celebrada en el Centro Cultural Conde Duque sobre el edificio de la Facultad de Filosofía, vanguardista ejemplo de la arquitectura de la época y en la que aprendí muchas cosas. Siempre me han aburrido las biografías (armarios archivadores de errores ajenos) y tal vez por eso me he aficionado a los diarios, a los libros de viajes y a los epistolarios, donde las erratas cotidianas de la existencia, desde la más simple hasta la más excelsa, se reciclan, se lavan o se reformulan. El caso es que el libro es una delicia de leer, no sólo por el valor histórico y cultural de aquella iniciativa –y en aquella época– sino por la posibilidad de acercarnos a la figura de Marías desde un punto de vista mucho más humano. Pero si algo debo destacar es la ternura que inspira todo lo que rodea a la experiencia: la camaradería, el agradecimiento, las relaciones familiares, vecinales y de amistad. Esto me hace preguntarme en qué momento hemos perdido todo esto y, con ello, la capacidad de mirar como él lo hace: con un equilibrio perfecto de ingenuidad y capacidad crítica, con una sinceridad hilarante, como cuando habla de las charlas sobre arqueología llamándolas “cosas de esas, pucherología pura” y las tilda de “tostonicias, con datitos y fechitas y mosaiquitos y cacharritos”.

Marías entregó su diario de viaje enseguida, para optar a su publicación –que se materializó parcialmente un año después del crucero, en un escrito colectivo titulado Juventud en el mundo antiguo– de lo que se infiere que no lo corrigió. Poco importa, desde luego, con una capacidad tan grande para transmitir lo que estaba viendo y sintiendo desde su enorme falta de experiencia, en la vida y en los viajes, con tanta claridad y de una forma tan honesta y directa. También me pregunto si mis apreciaciones hubieran sido las mismas de haber caído el diario en mis manos en otra época de mi vida. Y la respuesta, la verdad, también me importa poco.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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8 respuestas a Errar en la vida, errar en la escritura.

  1. Amelia, siempre lectora despierta y curiosa. Gracias por la reseña del libro de D. Julián. Te puedo asegurar que Daniel y yo hemos pasado tres largos años de trabajo, buceando en las páginas de este joven universitario, páginas que, aunque breves, destilan una intensidad (emocional e intelectual) y una profundidad, efectivamente, inusuales de un joven de esa edad, pero casi impensables en un muchacho de hoy en día. Cuánto que aprender. Gracias

  2. David Soler dijo:

    Aunque no es el centro de tu post, y como soy un ciber-activista convencido, yo comento lo que me parece.
    Lo del error en este país no se perdona… nunca. Así son las cosas. Y no estoy muy seguro de que con la edad erremos menos. Pero si lo decía Wilde no seré yo quien le lleve la contraria.
    Y sobre editar, errar, corregir y perder naturalidad yo te diré que cuando “releeo” mis post de hace unos meses me doy cabezazos con la cantidad de errores de todo tipo que cometí: ortográficos y de sentido. Los cambiaría todos, del primero al más reciente, o los puliría, dilo como quieras, y estoy seguro que mis lectores lo agradecerían.

    Estoy seguro que escritores como Marías consiguen textos a la primera mejores que los míos a la quinta. Pero también es cierto que su nivel de exigencia consigo mismo es más alto que el mío.

    Por cierto, aprovechando que no se qué pasa por no sé donde, tu escribes muy, pero que muy bien.

    • David, siempre me levantas el ánimo. Y más importante aún: siempre me regalas algún punto de vista tuyo, da igual sobre qué, y aprendo muchísimo. Del resto, no sé si escribo bien: me equivoco y rectifico unas veces con más fortuna que otras. Así es la cosa. Un abrazo y gracias por tus palabras.

  3. Lola dijo:

    Querida Amelia: qué bien tratas a las palabras. Es muy fácil decir que me expresas, pero es importante, un verdadero regalo encontrar en tus páginas lo que siento y pienso como si fueras, en este caso, traductora de la vida que amo, de las cosas y situaciones que me atrapan y seducen. No puedo extenderme en pormenores. Como mi oficio es seleccionar textos y ponerlos a disposición de lectores especiales, o sea, llevar la Literatura todos los públicos, comprendo y comparto el amor a este oficio de servir de puente. Eres verdaderamente pontífice en sentido etimológico y estoy encantada de haberte encontrado. Este largo mes, de viajes y otros asuntos, lejos de mi estudio, te he echado de menos, pero en Venecia, me entretuve mucho tiempo, como una rarita, en contemplar las FÓRCOLAS. Y asocié mi asombro a todos los amigos de esa aventura editorial. Soñé con un encuentro de todos los que caminamos por los vericuetos de buscar una punto de apoyo para mover el mundo de los libros y las palabras bellas. Gracias, sigue, y hasta pronto. Un gran abrazo, Lola

  4. Amelia, tengo poco que agregar. Tal como dice Lola, tratas muy bien a las palabras.
    Sigo husmeando por tu casa.
    Besos.

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