Se enfilan collares: Vendrán tiempos mejores


Ya no me gusta andar sin rumbo por la ciudad. Antes sí, antes me gustaba. Pero de un tiempo a esta parte parece que a todo el mundo se le ha contagiado mi manía y, lo que antes disfrutaba haciendo sola, ahora es una especie de castigo que tengo que sufrir. Procuro mantenerme alejada de las bocas de metro… y los intercambiadores de autobuses ni los huelo. El aeropuerto me gusta más, pero me da mucha pereza ir hasta allí así de pronto, en un momento.  Y en invierno… con lo temprano que oscurece y lo densa que se pone esta ciudad iluminada, llena de gente que sale enloquecida del trabajo y se pega por entrar a los comercios o al cine o por quemar los últimos minutos de ocio tomando algo antes de ir a casa… Este Madrid de calles atascadas, de pasos de cebra plagados de gente al acecho para ganar la otra orilla los primeros… cada día me gusta menos. Antes hacía el circuito de Princesa, Plaza de España, Gran Vía y la Plaza del Callao. A veces llegaba hasta Cibeles, no siempre. En contadas ocasiones cogía Recoletos abajo y el Paseo del Prado, Neptuno, hasta el Palace. El Ritz… el Ritz siempre lo miraba desde la cera de enfrente. Nunca había intentado entrar siquiera. Cada vez que lo veía así, de lejos, erguirse implacable como un perfecto vigía recortando el cielo del atardecer, la figura de Martínez me acechaba como un fantasma malhumorado. Mira que es condena, ahora que por fin me he librado de él, con su pelo pegado al cráneo y su traje pasado de moda con los hombros nevados de caspa. Estaba siempre en la oficina cuando yo llegaba. Nunca, en tantos años, logré tomarle la delantera, si hasta debía dormir allí. Al Ritz no entra cualquiera, decía siempre Martínez sin levantar la vista de la calculadora. Y que su padre le contaba, cuando le llevaba los domingos de chico a la cuesta de Moyano, que en él no dejaban entrar ni a artistas ni a toreros. Por eso el grasiento Martínez no había encontrado nunca las agallas necesarias para pasar al Ritz. Y yo, por lo visto, tampoco, perseguida aún por su desagradable recuerdo. Siempre seguía bajando, caminando hasta el Palace, que me parecía más asequible en todos los sentidos, aunque tampoco me atreví nunca a entrar en él. Acababa subiendo por la Carrera de San Jerónimo en dirección a Sol, sin llegar a la plaza, que era el punto que más odiaba de Madrid, me recordaba siempre los jolgorios del último día del año, con toda esa chusma desaforada y borracha, todos apretujados. No,  a Sol no. Me metía por una callecita transversal, salía a dar un poco más arriba de la Academia de San Fernando, y me paraba frente al Casino de Madrid, al que tampoco podía ni plantearme acceder. Justo al lado, sin embargo, hay otro hotel, uno moderno y pequeñito, con un vestíbulo pulido donde podía tomarme algo tranquilamente sentada junto a la ventana, sin pensar en protegerme de nada ni de nadie.

¿Cuánto dinero habré gastado? No sé ni calcularlo. No quiero hacerlo, tampoco. Ahora puedo, por fin, darme el lujo de vivir como me gusta. No puedo permitirme hoteles caros, y lo de andar cargando con la bolsa de acá para allá, sin tener un lugar donde dejarla, es un poco incómodo, es cierto. Pero nada que ver con lo de antes. Nada que ver con tener que entrar y salir a los sitios con hora. Hacer lo que te mandan y callarte. Fichar. Soportar a Martínez, con su incapacidad para ascender, su facilidad para resultar antipático con esa superioridad insignificante y casi imperceptible, que tiene que recordar a sus subordinados a base de ladridos, como un cabo chusquero. Ahora, al fin, soy libre. La bolsa no es muy grande,  lo reduje todo al mínimo indispensable. En el aeropuerto puedo ducharme cuando lo necesito, aunque después de la huelga, cuando un vigilante me preguntó cuál era mi vuelo y no supe qué responder, me resulta difícil no levantar sospechas. Si pudiera dejar la bolsa en una consigna de la estación, andaría más suelta… pero después de los atentados, no hay forma. He encontrado un sitio donde puedo camuflarla, cerca de Atocha, lo encontré uno de los días en que salí resuelta a entrar en el Palace y luego no lo hice. Pero me da miedo dejarla mucho rato, no vaya a ser que la descubran. Sobre todo por el dinero. Si consiguiera un bolso discreto, pero de buen tamaño, que no me delatara, podría llevar el dinero encima constantemente… y las cosas de aseo, el resto puedo resolverlo. Pero un bolso así me va a costar un riñón, casi una noche de hotel, de hotel humilde, y lo más crudo del invierno no ha venido todavía… Y robarlo… no, no podría, todavía no, al menos. Me veo rebuscando en los contenedores. Qué espanto. Una cosa es no tener donde vivir, y otra muy distinta… Ahora que lo pienso, debería intentarlo hoy de nuevo. Está ahí, a dos pasos, el Ritz. Si cojo un autobús aquí mismo me deja en la puerta, entro como una gran señora y pido un café. Y ahí tengo para toda la tarde, sin que nadie me toque ni me empuje. Hacia Sol ni pensarlo. Pero ¿de dónde sale toda esa gente? Antes pensaba que todo el mundo trabaja a las mismas horas y, al acabar la jornada, salen a un tiempo, pero ahora que ando por la calle el día entero puedo comprobar que hay gente por ahí casi constantemente. Por la mañana, al mediodía, por la tarde, por la noche. Llenan los comercios, los cines, los restaurantes. Hacen cola en las taquillas, en los bancos, en las paradas de autobús. Solamente los hoteles caros están tranquilos. No he probado en las iglesias. Tengo que considerar esa opción, las iglesias: silencio, calorcito, y tranquilidad. Si no hay misa puedo conseguir  un banco para mí sola con la garantía de que  no se me pegará ningún moscón. Bueno, andando que es gerundio, me voy al Palace. No. Al Ritz. Qué me va a pasar. Precisamente me he duchado esta mañana, estoy estupenda. Bien peinada, vestida, y perfumada. Y tengo mi bolsa bien camuflada entre los cipresitos de Atocha. Al doblar la esquina del Banco de España veo en el reloj de Correos que son las cinco y veinte y ya casi es de noche. ¿Y si paro un taxi? Total, son dos manzanas, qué me va a costar… decía mi tía Elena que algunas cosas no tienen precio, tienen valor. Aquello tardé yo mucho en comprenderlo. Al Ritz por favor. Sí, déjeme en la puerta que da acceso a la cafetería. Dos euros treinta y cinco céntimos. Tenga, quédese con el cambio. Ah, qué bien huele. Un café con un bollo. Cierro mi cartera de mano, me coloco un mechón de pelo que se me ha escapado del moño y me ajusto el abrigo de lana negra que aún conservo de tiempos mejores, con unos ribetes de piel auténtica en el cuello y los puños. Una prenda así nunca delata a una mujer que vive en la calle. Me siento en una mesa al fondo y, apenas he sacado un cigarrillo del bolso y me lo he puesto en la boca, una mano cetrina con puño de librea se coloca delante de mí con un mechero encendido y me pregunta qué va a ser. Un café con leche y un brioche por favor. Pronuncio briosh, y siento, como un cuchillo cortándome la médula de los huesos, siento que esa voz y esas manos me resultan familiares. Levanto la vista y ahí está él, uniformado, con un paño colgando del brazo y una bandeja sujeta por los dedos que calculaban los tantos por ciento. Martínez, Jefe Adjunto del Departamento de Contabilidad. Antes de la reconversión, claro.

© Amelia Pérez de Villar

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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