Fragmento: uncategorized


Ir a comprar hilos o botones a El Globo era lo mejor que podía pasarle a una niña de siete años con cierta tendencia a los excesos imaginativos. El invierno en El Escorial era largo y aburrido. Pero tenía una cualidad que lo hacía aún peor: era monocromo. Era como ver una película muda en blanco y negro cuando estás cansado, sabiendo que en todas esas ciudades y países del costado del camión de mudanzas las películas eran como los sueños, en technicolor, con voces bien distintas, hasta con música. Era frío, absurdo y sin sentido.

Lo mejor que podía pasar un miércoles de invierno era que mamá estuviera cosiendo al lado del balcón y de pronto preguntara si había terminado los deberes. Si la respuesta era afirmativa, entonces añadía resuelta:

–Pues recoge, que nos vamos al Globo. Así paso por el mercado y cojo una pescadilla para la cena.

–Me pongo la capa –decía yo.

–De eso nada. La capa dice, con la ventisca que hay. El abrigo del colegio.

Me lo temía.

El abrigo del colegio estaba hecho de una tela rígida e impenetrable como el amianto, aunque seguramente ardía como paja. Gris, con unas líneas azules como trazadas a bolígrafo formando cuadritos minúsculos, con doble fila de botones como el de Catherine Deneuve, pero tan rígido que no se podían abrir las solapas, y recto, recto como un ladrillo, duro como una piedra, recubierto de una suave pelusilla que desaparecía con el uso y que lo dejaba calvo como un águila calva, con un aspecto horrible, desgastado y andrajoso. El peor momento de su vida, y tal vez también de la mía en aquellos tiempos, era cuando mi madre decidía que ya estaba muy feo y había que darlo la vuelta. La operación era complicada y se pasaba días desarmándolo, descosiendo mangas, botones y cuello, separando el forro de satén y volviendo el tejido de modo que la parte desgastada quedara hacia adentro y se luciera lo que hasta ahora había ido escondido, listo para usarlo otro año más, quizás dos, para mi desdicha.

Me puse el abrigo del colegio al que ella ya había dado la vuelta, lo que garantizaba su final más o menos próximo, y dejé en el armario mi amada capa verde adornada con filetes dorados de pasamanería, aunque en seguida me olvidé de todo: apenas transcurridos los quince minutos que se tardaba en llegar a El Globo, si bajabas con cuidado de no resbalar con la nieve que empezaba ya a pegarse al empedrado, el abrigo atroz –dado la vuelta como por un cruel doctor inclinado a la experimentación genética– pasaba a un segundo plano y me dejaba a solas en aquella atmósfera turquesa de El Globo, con su cajera metida en una bola de plástico transparente que parecía una nave espacial y su mostrador de madera y cristal donde dormían los carretes de hilo multicolor en un mundo donde los colores tenían nombre y apellido. Tenían biografía, una historia detrás de sus nombres, como los destinos de los camiones de mudanzas. Gris. Gris perla. Gris marengo. Azul. Azul de Prusia. Azul azafata. Azul celeste. Azul marino. Marrón, un color horrible que se designaba con el eufemismo de Siena, igual que pasaba en la caja de acuarelas, otro universo paralelo donde el marrón se llamaba Siena. Y el rosa aquel tan bonito se llamaba rosapalo, y otros como el amarillo limón o el verde manzana o el rojo fresa tenían nombres de frutas, el blanco roto, el color topo, que no era ningún color en realidad o los era todos a un tiempo, como el agua sucia de lavar los pinceles. Tal vez sí, tenía razón mi padre, tal vez mi madre exageraba, pensaba yo mientras miraba aquel mundo ilimitado de carretes de todos los colores que puedan existir sólo en el ámbito de la ciencia ficción, mientras nos dirigíamos a la bola transparente que encerraba a la cajera como si fuera una nave espacial de juguete y entonces mi atención se trasladaba de los carretes de hilo a los muestrarios de botones, y me sentía como debió sentirse Alicia al atravesar el espejo, un prisma donde el color se multiplicaba hasta el infinito en multitud de grados, tonos y matices y abandonaba la uniformidad del carrete, compuesto por hilo y cartón, y variaba su morfología, haciéndose redondo, cuadrado, hexagonal u octogonal, triangular, convirtiéndose en varita, en hoja, en bola, en flor, cuajándose de pequeños diamantes falsos o haciéndose recorrer por un sutil hilo de oro que ocultaba o disimulaba los agujeros que servían para fijarlo a la tela, que podían ser dos o cuatro, podían estar en medio o debajo, en una pieza accesoria, lejos de la superficie y por tanto también de la realidad visible e inmediata. De pronto mi madre me cogía de la mano y me bajaba de aquel cielo turquesa de formas y colores infinitos.

–Vamos, que me quedo sin pescadilla.

La pescadilla. Ahora tendría que pasar con los ojos cerrados por todo el pasillo del mercado porque la pescadería estaba al fondo, más allá de la carnicería, y la vez anterior había llegado justo cuando tenían la cámara abierta y había visto una vaca colgando por las patas, cabeza abajo, todavía sin desollar. Ahora tendría que subirme la bufanda justo hasta debajo de los ojos para que no me entrara aquél olor a mar putrefacto y herido que llegaba de la costa al interior, del calor dorado del verano al frío gris de la ventisca del invierno, un miércoles por la tarde.

Mi madre no quiso enseñarme a coser. Quiso enseñarme a ser madre. Yo no quise aprender ese oficio. Luego tuve que hacerlo, y aún sigo aprendiendo. Gracias por todo, mamá.

Anuncios

Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s