La escritura y la impotencia.


He tardado unos días en volver a “este fárrago de libros y de hojas” y no puedo poner, como pretexto para justificar la tardanza, la falta de tiempo o cualquier otro por el estilo. La pura verdad es que esta vez apunté verdaderamente alto. Alto y ancho: quería escribir sobre la ciudad que nunca duerme, con el único bagaje que proporcionan unas breves vacaciones allí, unos cuantos libros sobre ella y otros en los que, entera o en fragmentos, aparece como telón de fondo, como escenario o como excusa para la acción. No quería escribir un post de retazos, pero he tenido que convencerme de que es imposible abarcar Nueva York, incluso desde la literatura, y más imposible aún ofrecer una cara nueva de una ciudad que todo el mundo conoce aunque no la haya pisado jamás. Durante todos estos días, preparándolo, he tenido la impresión de que no podría hacer nada decente, porque no he llegado a conocerla tanto como para transmitir su esencia en unas cuantas líneas. Y he acabado dándome por vencida sólo a medias porque en el fondo soy incapaz de darme por vencida del todo.

A la llegada, después de un vuelo diurno y muy cómodo, aterrizo en la Quinta Avenida en busca de eso, de la esencia. Está anocheciendo. Se están encendiendo las primeras luces y tal vez por la contención de unas sensaciones que se han postergado durante tanto tiempo, tal vez por el conocimiento exhaustivo que el cine nos ha dado de esta urbe más que de cualquier otra del mundo, tal vez por ese afán quasi zen que se empieza a apoderar de nosotros a partir de un determinado momento de nuestras vidas, la cuestión es que no me impresiona. Las calles no son tan anchas, los edificios no son tan altos, el tráfico no es tan denso. Me sorprende que, si el semáforo cambia mientras estás cruzando una calle, los conductores te respetan y esperan a que pases, como si se tratara de una capital de provincia donde no existe el estrés. El cambio climático ha impuesto una “ley seca” en la iluminación de monumentos, así que el Chrysler y el Empire State exhiben encendidos sólo los capirotes, y para alguien que ha imaginado tantas cosas durante tanto tiempo, esto es una pequeña decepción o, peor aún: la constatación de que tal vez no era para tanto. Poco antes, camino del hotel, pasé ante el soberbio edificio de Grand Central Station sin poderme bajar del autobús y Tiffany’s está demasiado lejos como para ir hasta allí a tomar un bocado de cena después de un día tan largo. Así que… Times Square. Dicen que si no has estado allí, no has estado en Nueva York… No sé qué responder. Si he estado en Times Square, y no he pisado las escaleras del Tribunal, ni he pateado Chinatown o NoLIta, ni he recorrido Central Park, ni he pasado al menos al vestíbulo de Grand Central, ni me he parado en la puerta del mítico Chelsea Hotel, ni he cogido el ferry de Staten Island, no he estado en Nueva York. Empiezo a rememorar todos esos lugares que he leído, que he conocido a través de los libros, y quiero ir a todos y cada uno de ellos. Y a todos los que he visto en las películas, que para mí son otra forma de literatura. Quiero ver el Hotel Plaza aunque sólo sea por fuera; y Gramercy Park, porque el protagonista de La interpretación del asesinato pasaba por allí a cada momento: no es que sea una gran novela, pero hay que reconocer que atrapa y su retrato de la ciudad es nítido y bien documentado. Y esas hileras de edificios (con una pequeña escalinata para llegar hasta el portal) como los que habitan Jane Fonda y Robert Redford en Descalzos por el parque o la gran Audrey en Desayuno con diamantes. Y el Museo de Historia Natural, la Biblioteca Pública, el Village. Quiero ir a Coney Island y al Bronx; subir al Empire y ver Nueva York desde allá arriba, por supuesto. Y podría seguir.

No tengo que decir que no fue posible todo. Pero lo peor es que en mi afán de absorber lo máximo de esta ciudad inabarcable en sólo cinco o seis días, creo que me comporté como un turista, que es algo que detesto, aunque también hubo momentos en que pude dejar que la ciudad me sorprendiera: recorriendo los alrededores del campus de Columbia, por ejemplo, o Riverside Park, dejándome atrapar por el contraste que existe entre esta zona y Harlem. Gramercy Park es un jardincito privado que está cerrado con llave, así que me tuve que conformar con husmear desde la reja. El Flatiron Building, que vivía sepultado en mi memoria por otros rascacielos más altos y más famosos, surgió de mi inconsciente con la misma majestuosidad que se yergue en Broadway con la 23. Al bajar del metro en Battery Park vi por vez primera la Estatua de la Libertad y me costó menos convencerme de que de verdad estaba allí. Y cuando contemplé Battery Park desde el Ferry, a medio camino entre el embarcadero y las islas, fui consciente por fin de Nueva York en toda su magnitud. Pero sigo sintiendo que es una ciudad que he engullido, no que he degustado. Y eso me fastidia, porque me deja impotente para transformarla en letra, en texto, en sentimiento. Me impide escanearla y reducirla, resumirla, pintarla con un par de trazos certeros en lugar de hacer de ella un minucioso retrato hiperrealista que no se ajusta en absoluto a lo que me inspira. Así que en este sentido sí, desisto. He leído mucho para escribir esta entrada, he intentado contrastar datos y delimitar recuerdos que creía incontestables. Nueva York está en muchas obras de la literatura moderna y contemporánea y en algunas películas que tienen categoría de obra literaria. Pero su inmensidad geográfica, cultural y étnica hacen que supere los límites de la novela, por lo que casi todas las narraciones (salvo pocas excepciones) se limitan a presentarnos un rincón o una zona muy concretos. De esta manera, nuestra imagen de la ciudad se ha ido trabajando como un inmenso “patchwork” que nos impulsa, como fue mi caso, a no querer abandonarla sin conocer tal o cual calle, plaza, parque o bar (que tal vez ya ni exista).

Así que os daré una o dos pistas. Releed, o leed, los que aún no lo hayáis hecho, el retrato de Nueva York de Paul Morand. Sigue siendo difícilmente superable. Ahí está todo. Lo mismo os digo del precioso artículo de White, convertido por Minúscula en una delicia gastronómica que os permitirá degustar todas las notas de la ciudad. No dejéis de lado a Perec. Su diminuto Ellis Island, casi un poema, un canto a esa faceta nada desdeñable de la ciudad como tierra prometida, una mirada al pasado cuando el futuro es incierto, una reflexión sobre la pérdida y la renuncia. Y cifras, muchas cifras (qué diferencia de punto de vista con la exposición que nos hace Morand del Centro de Inmigración, casi como un hotel de cuatro estrellas). Este último lo he disfrutado especialmente porque me causó una honda impresión estar dentro de la inmensa sala que todos conocemos de El Padrino, cómo no: su soberbio techo abovedado ha sido sometido a un proceso de recuperación y restauración minucioso y pleno de acierto. Pero sobre todo quiero recomendaros una lectura para minorías, de muy reciente aparición a cargo de Errata Naturae y traducida por Paula Caballero: Nueva York, de Pier Paolo Pasolini. Ya os prevengo: no encontraréis aquí el Nueva York que buscáis; yo no lo encontré. Pero el libro es un tesoro para todo aquél que quiera ahondar en la personalidad de Pasolini, del artista inquieto y del activista comprometido, porque sin duda encontrará datos desconocidos. En la última página leemos que se publica “…ochenta y siete años después de que el arquitecto William Adams Delano –intuimos que en plena borrachera– decidiera diseñar un delirante friso repleto de tortugas y conejos para el edificio que firmó en el número 1040 de Park Avenue. (…) años después, en el número 686 de esa misma avenida, hizo construir otro edificio (a la sazón, incluyo, sede del Istituto Italiano di Cultura en NYC) en cuyos sótanos se encontró recientemente la grabación que vertebra este libro”. Y aquí, ladies and gentleman, sí que se resume el espíritu de esa a la que Morand llama “la ciudad que nunca duerme”.

Para la concepción de esta entrada he hecho múltiples consultas: entre otros lugares de interés, recalé en este enlace del New York Times con un interesante mapa literario que os pego más abajo y recomiendo visitar. Aviso: no aparece mi adorada Grand Central Station. Constato que, hablando de Nueva York, nunca se abarca todo. Quiero también agradecer a Sant Jordi los libros que me dejó, recién aterrizada, para que nada se me quedara en el tintero. Y a Lord Joe de biff bang pow, esta foto del “mirón” que hay en lo alto del Rockefeller (“Top of the Rock”) que parece dar la espalda a Central Park y mirarnos a nosotros.

http://www.nytimes.com/packages/html/books/20050605_BOOKMAP_GRAPHIC/

Y aquí otro enlace que seguro que os gusta: http://todonyc.info/

Anuncios

Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
Esta entrada fue publicada en De libros y ciudades y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

8 respuestas a La escritura y la impotencia.

  1. todonyc dijo:

    Un buen resumen, Amelia. Intentar abarcar NY es unos días es un ejercicio imposible y agotador, fisica y mentalmente. Por eso hay que volver, volver y volver…
    Saludos,

    • Uf, ya me ha costado tiempo ir una vez, volver no va a ser sencillo a corto plazo, pero nunca se sabe: lo seguiré intentando, porque el último día mi sensación fue “vale, ya sé dónde está todo, ya tengo el mapa en mi cabeza: ahora quiero ver Nueva York”. Pero con páginas como la vuestra uno siente que está un poco allí, no sólo por las magníficas fotos, sino por las pequeñas historias que contáis sobre cada rincón de esta ciudad inagotable. Sois el complemento contemporáneo al magnífico libro de Morand. Gracias por todo.

  2. José Antonio dijo:

    Completa bibliografía y magnífico mapa literario, al que añado En Gran Central Station me senté y lloré (Elizabetht Smart), magnífico; y Nueva Yord (E. Rutherfurd), asequible en la inmensidad de la ciudad y de su historia.
    Felicidades, Amelia, por tu pluma seductora.

    • José Antonio, muchas gracias por tu visita, tu comentario y tus recomendaciones. Grand Central es desde hace unos años compañero inseparable. Magnífico, como tú bien dices. No he leído el de Rutherford, así que me lo apunto. Un abrazo.

  3. Lola dijo:

    Hola Amelia: Imposible hasta hace fechas leer como deseo y menos escribir… porque estos días han traído consigo ese barullo que no me permite disfrutar y tus escritos son para mi como la música: Un invitación a dejarse llevar, a sumergirse en lo que dices y no dices, en lo que cuentas y crees no contar. El arte de la narración es un privilegio. Mi oído está entrenado, no me preguntes por qué. A muchos amigos escritores les hago una sincera crítica: No te percibo, no te escucho latir. Pero este NY, con generosos enlaces incluidos, me ha llevado en volandas por esa ciudad inasible. No se trata de definirla porque sería ponerle límites, ni de atraparla porque se escapa, sino de tocarla como una sinfonía y así nos la das recreada por tu sensibilidad exquisita, traducida a tu código rico en matices. Gracias de nuevo y a seguir evocando ciudades que me gusta viajar a tu lado. Un beso de Lola

  4. julesintheattic dijo:

    Me ha encantado leer este post. Estuve en NYC hace ya tres años (cómo pasa el tiempo) y la sensación era una mezcla de incredulidad, asombro y optimismo. Parecía que allí podías hacer cualquier cosa y cuando quisieras. Y que había muchas oportunidades para quien estuviera dispuesto a currárselo. Claro, debo aclarar que me he criado viendo pelis de musicales de Broadway y que mi visión de la ciudad probablemente se vio influida por ello. En cualquier caso, NYC crea adicción.
    Uno de los momentos que más me impresionó fue llegar a Washington Square. Y que un lugar, hasta entonces solo literario para mí, se convirtiera en un sitio real, por el que podía caminar.

    Amelia, con tu permiso, lo cuelgo en FB, tengo unos cuantos amigos neoyorquinófilos a los que les encantará.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s