Hasta tomar el cielo por asalto


“Mientras pensaba todo esto de pie junto a la mesa del teléfono vi que había comenzado a llover nuevamente y me dije que iba a escribir esa historia porque lo que mis padres y sus compañeros habían hecho no merecía ser olvidado y porque yo era el producto de lo que ellos habían hecho, y porque lo que habían hecho era digno de ser contado porque su espíritu, no las decisiones acertadas y equivocadas que mis padres y sus compañeros habían tomado sino su espíritu mismo, iba a seguir subiendo en la lluvia hasta tomar el cielo por asalto”.

Hace unas semanas me enteré de la publicación por la editorial Mondadori de la última novela de Patricio Pron, El espíritu de mis padres sigue subiendo en la lluvia, y como si de una cascada se tratase, empezaron a cerrarse círculos y a suceder acontecimientos paralelos como los que narra la novela. Lo último de Patricio lo leí hace ahora un año: una selección de relatos publicados bajo el sugerente título de El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan. Me lo encontré firmando en la Feria del Libro una tarde desapacible de viernes y quedamos en vernos unos días después, en un congreso de escritores iberoamericanos que estaba organizando. Así que en la Feria de este año El espíritu… era uno de los títulos de la lista y Patricio también estaba allí. “Estoy seguro de que te va a gustar”, me dijo, “incluso más que el otro. Es muy diferente. Es más… intimista”. Intimista, creo que dijo, pero me puede afear la memoria en cualquier momento. Da lo mismo, el adjetivo es lo de menos. Él sabía lo que decía; yo, también.

Han pasado más de dos años desde que le conocí. Le entrevisté para Notodo, una revista digital de ocio y cultura, cuando acababa de ganar el Premio Jaén de Novela con su obra El comienzo de la primavera. Y no sabría decir qué me impresionó más, si el libro o el escritor. Que alguien tan joven tenga la capacidad que hace falta para escribir una novela tan sólida como El comienzo de la primavera, en estos tiempos de burbujas (en plural) editoriales es tan poco habitual como el que alguien que viene del Cono Sur, de una cultura latina y que se expresa en castellano, haya recalado en Alemania, que culturalmente representa las antípodas y que, pese a ser un país de tradición acogedora, no tiene generalmente acogidos que pertenecen al ámbito intelectual. Tras leer su última obra he recuperado aquella entrevista y me ha sorprendido encontrar, en ambos lados, tantas cosas comunes: la “precisión formal” de su estilo, la idea de puzzle, la huída y el regreso, la decisión de enfrentarse a los fantasmas de la historia, el compromiso. Me llamó la atención que su compromiso no era reivindicativo, sino de otra índole: más complicado de cumplir, más sutil, más doloroso. Encuentro una frase que bien puede resumir la novela: “Como escritor siempre he sentido que tenía que compensar de alguna manera, a tantas personas de a pie que actuaron como héroes, empezando por mis padres. Ese es mi particular compromiso”. Querido Patricio, misión cumplida. A esto se refería cuando me dijo que esta novela me iba a gustar más. Pero que nadie se alarme: el supuesto intimismo, la supuesta –o confesa– autobiografía no son en ningún caso un pretexto para buscar el camino fácil. Siguiendo con las dicotomías de Patricio, si El comienzo de la primavera era una novela del siglo XIX, El espíritu de mis padres lo es de finales del XX o incluso del XXI, por qué no. Si en aquella todo está perfectamente trazado en torno a una peripecia, a una aventura sin falla, perfectamente compuesta y de factura impecable, y donde él declaraba sin embargo que le interesaba más la aventura intelectual, en esta tenemos un montón de piezas (aquél “puzzle” que adquiere un relieve especial en un episodio donde cuenta cómo compuso un puzzle de pequeño) en forma de sueños, de recuerdos, de retazos de conversaciones, de fotografías… de retazos de vida, al fin. Durante la primera parte leemos, casi en formato de acta, un sinfín de documentos, recortes de periódicos y notas del padre del protagonista (al que en algún momento, con gran discreción, se refiere como “Chacho” Pron, despejando cualquier duda respecto de la veracidad del relato) hasta que en un determinado punto de inflexión, impuesto por la evolución de la enfermedad del padre, el narrador cambia su actitud frente a “los hechos” y deja de sentirse víctima de las circunstancias, deja de ser el que ha vuelto contra su voluntad a un lugar (y aquí, “un lugar” es un territorio mucho más amplio que “un país”) del que salió para no regresar nunca y, agarrando el rábano por las hojas, se dispone a cumplir el cometido al que le impulsa la carpeta amarilla. Más allá del escritor aflora el periodista, más allá del hijo díscolo que no quiso seguir la senda aflora el heredero que ha tomado el testigo para hacer justicia en la medida en que esté en sus manos. Y yo comprendo cada vez mejor por qué Patricio me dijo que me iba a gustar. Lo comprendo perfectamente. Y sonrío leyendo al comienzo apenas, en la página 15, lo que fue un entresacado de aquella entrevista: “La literatura representaba para mí una esperanza, ya que yo era un niño pobre en una ciudad pobre y en un país pobre, y leía cosas escritas en otra lengua, en otro país, en otro siglo…”. Y me conmuevo no al pensar –que ya es bastante– lo horrendo que debió ser vivir experiencias como la que se narra en la novela, vivir en la clandestinidad, en el lado de los perdedores, de los sospechosos, de los que debían disimular. Me conmuevo ­–y me descubro– al pensar cómo Patricio Pron es capaz de narrar algo tan profundo con esa apariencia de estructura deslavazada y conseguir que sea tan sólido como al final resulta ser. Leo en la faja del libro (por cierto, con una cubierta preciosa: una foto en blanco y negro de un grupo de niños jugando en el patio del colegio o en la calle, y al fondo el humo tal vez de una bomba recién explotada o de un cóctel molotov, otra dicotomía) una frase de Félix de Azúa donde dice que ha superado a [Elfriede] Jelinek y recuerdo ese relato suyo que da título a la antología (El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan) y que al leerlo me recordó inmediatamente a La pianista. Ayer terminé de leer el libro, terminé de componer el puzzle con lo que sé de Patricio, de su forma de abordar la narrativa, de los temas que le interesan –que siempre dan otra vuelta de tuerca, da igual que hable de la infancia, de las relaciones de pareja, de la familia o de la política– de su discreto afán formalista que siempre se queda en la perfección que da el oficio y nunca pasa la delgada línea que en ocasiones conduce a la pedantería, ni la que separa el tema universal del tópico que satura y cansa. Porque la búsqueda de ese escritor que regresa a Argentina desde la Alemania a la que huyó escapando de su país, no por razones políticas sino por otras más difíciles de explicar, tiene dos vertientes. Una, la presente, en la que intenta localizar a un hombre que ha desaparecido tal vez víctima de un robo o de un crimen pasional. La otra, la que lo vincula a su padre en sentido freudiano, a sus padres como origen, al país del que marchó y le da una oportunidad de reconciliación que tampoco tiene nada que ver con lo político, pero que trasciende lo sentimental. Y pensé que es una suerte que, tal como está el patio, haya escritores como él, que siguen cuidando el lenguaje, la sintaxis, la temática, y construyendo novelas y relatos como se construían los edificios racionalistas. Para terminar, si a alguien ha disuadido la temática del libro, tengo que decirle que comete un grave error esquivando su lectura: otro de los milagros made in Pron es escribir de temas supuestamente manidos con una pluma totalmente distinta, tocada por esa combinación de perfección técnica y audacia romántica. Romántica del Romanticismo, sí. Como encima tiene una trama con suspense, el libro se hará inevitable este verano. Yo así lo espero: que siga subiendo hasta tomar el cielo por asalto.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Hasta tomar el cielo por asalto

  1. María José de Acuña dijo:

    Entonces, ¿por cuál me recomiendas empezar a leer a Pron este verano?

    • Pues para el verano te recomiendo algo más ligero: puedes empezar por “El espíritu…” si te apetece leer novela, pero tienes una alternativa que sería, llevado al terreno gastronómico, como tomar el aperitivo o ir de tapas. Su volumen de relatos, “El mundo sin las personas que lo afean y lo arruinan, publicado también por Mondadori hace ahora poco más de un año”. Después, lánzate a “El comienzo de la primavera”: para mí es una lectura más compleja. Te gustará todo.
      Un beso.

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