Placer inesperado


En esta época del año que detesto profundamente no suele suceder que me encuentre con un placer inesperado. Los días se alargan, el tiempo se acorta, los plazos cumplen, los proyectos nuevos no acaban de cerrarse y los pequeños quehaceres que no pueden posponerse se multiplican. Si me pongo a sumar las horas que debo dedicar diariamente a cada cosa me salen 57 y el día, claro, sólo tiene 24. Hace unas semanas, en casa de una amiga, me puse a ver qué películas tenía y detecté la presencia de Uno, dos, tres, de Billy Wilder, que vi por última vez cuando todavía estudiaba alemán. “Me la llevo”, dije sin más, “Quiero que la vean mis hijos”. Mis hijos, nacidos post-telón de acero, post-guerra fría, post-Oriente/Occidente tal y como los conocimos los de mi generación y aledaños. Entonces ella trajo una bolsa y empezó a meter cosas: Gattaca, un par de álbumes de música, un primoroso estuche con TODO Mad men y, cuando ya creía que había terminado… “Toma, llévate también este libro. Está muy bien”. Esto me espanta. Que alguien, aunque te conozca, te dé un libro porque “está muy bien” es siempre un arma de dos filos. Miré con disimulo dentro de la bolsa: Diario de un ama de casa desquiciada, de Sue Kaufman, traducido por Milena Busquets, publicado por Libros del Asteroide. Y yo, pensando que eso era lo último que necesitaba leer en este momento, di las gracias porque no quería ser maleducada. El libro me había llamado la atención antes, me lo habían recomendado otras personas, pero no llegaba el momento de hacerme con él y leerlo. Ahora su lectura era de obligado cumplimiento. Y ante la posibilidad de leer otras cosas más sesudas, o algún libro en otro idioma, decidí dejarme llevar. Y doy gracias por ello.

La faja del libro –segunda edición– exhibe un comentario del diario ADN: “Kaufman proporcionaría lo más parecido a una versión femenina de la antiépica suburbial de Richard Yates y John Cheever”. Abro la tapa y me dispongo a empezar la lectura, aún sin gran convencimiento. Resumen: devorado en tres días. Literalmente. Su estructura de bitácora no menoscaba para nada su ritmo ágil y su vivacidad contagiosa. La ausencia de pretensiones de la narradora, un ama de casa que comienza a escribir un diario como alternativa a unas sesiones de diván que ya no dan resultados, a un divorcio que no se atreve ni a plantearse, incluso a un suicidio que sabe bien que no será capaz de llevar a cabo, hacen que la historia sea cercana y no pierda interés en ningún momento. Su tragedia es enorme, pero doméstica. Su forma de salir adelante es el pragmatismo más radical. Tina Balser es una heroína con delantal de volantes, pero no es una idiota. Consciente de las elecciones y las renuncias que ha hecho en cada momento de su vida, trata de apañarse con lo que hay para acabar descubriendo que ella es no sólo el eslabón fuerte de su relación de pareja, sino el pilar de un hogar, de una familia marcada por una existencia muy complicada de relaciones sociales empotradas en la banalidad. El tono humorístico, el manejo del sarcasmo con el que narra y comenta las situaciones que se ve obligada a vivir, contrasta con la profundidad de lo que cuenta: una sociedad urbana (sí, afortunadamente, una familia que vive en un bloque de pisos en Manhattan y no en un chalet pareado de Nueva Jersey, con todo lo que conlleva) devastada por la ambición y la competitividad en una época (finales de los sesenta) donde muchas cosas seguían siendo superficiales. No están en estas páginas la tragedia y la sordidez que rodean a los personajes de Revolutionary Road, una pareja que tiene muchos paralelismos con los Balser. O tal vez están, pero se cuentan de otro modo. Y no nos queda más remedio que sonreír, si no reír a carcajadas, ante ciertas situaciones que pasan de la tragicomedia y llegan a adquirir tintes de tragedia griega. Los personajes están tan logrados como las situaciones, tanto los que hacen apariciones estelares de un momento (en una fiesta, durante una alarma de incendio o en un corto trayecto en taxi) como los habituales: mis favoritos son la criada negra y la hija mayor, de nueve años, capaz de decir frases como “Eres demasiado joven para tener la menopausia”. La propia Tina es todo un logro: ama de casa por elección, pero no tonta; culta, sensible y con una educación, no es la superficial esposa de Don Draper en Mad Men (queda pendiente el post de Mad Men, que tengo muchas ganas) y su incapacidad de adaptación a una situación vital aparentemente perfecta, con la consabida estabilidad económica y social no tienen nada que ver con un desequilibrio psíquico ni con el hábito de vivir alejada de cualquier contratiempo. Su enorme valor como personaje radica en su pragmatismo, en su capacidad para reírse de sí misma (aunque a lo largo de la historia hay quien le acusa de no saber hacerlo). El marido –necesitaría un doctorado en antropología para hablar de él, o menos decoro– se tambalea, como personaje, en su confesión final. Es el único defecto grave que puedo sacar a la historia. Dice una frase que, a mi modo de ver, lo aleja de la configuración de carne y hueso que se ha ido ganando durante toda la novela con la enumeración de sus trajes, sus gemelos y sus corbatas, sus gustos de gourmet y sus agentes de bolsa. Tina, sin embargo, está insuperable hasta el final. Señal de que ya no necesita volver al psiquiatra. Yo, gracias a este placer inesperado que llegó de Carol, tampoco lo necesitaré esta vez.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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Una respuesta a Placer inesperado

  1. mapachito violento dijo:

    Genial el libro, genial tú.

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