No es pilot rojo todo lo que reluce


Corren tiempos de noticias absurdas (salvedad hecha de las más graves, de todos conocidas) sobre la reincorporación al trabajo y al colegio y la vuelta de vacaciones, el famoso síndrome posvacacional, y los consejos para no sucumbir ante los estragos que la maldición bíblica de ganar el pan con el sudor de la propia frente provoca en una clase cada vez más orientada al ocio, como si –según está el patio– no bastara saber que cuenta uno con un medio de vida que, a corto y a medio plazo, le permitirá seguir viviendo y disfrutando de ese ocio. Si esto lo trasladamos a un colectivo en el que la precariedad, la inseguridad y el intrusismo, entre otros males, están haciendo estragos, entonces el postulado se da la vuelta. Aunque menos que antaño, el mes de agosto supone cierto parón en la actividad laboral española, especialmente en algunos sectores. En otros, agosto ya no es lo que era, y en el gremio de traductores y correctores, como en tantos más, agosto llega incluso a ser la posibilidad de trabajar sin interrupciones, sin las urgencias de la traducción jurada, aprovechando las horas más frescas de la mañana o las siestas del resto de la familia.

Durante el pasado mes de agosto recibí los textos de dos colegas, suscitados ambos por el artículo que el crítico Ignacio Echevarría publicó en la revista Perfil (he aquí el enlace: http://www.perfil.com/ediciones/2011/8/edicion_599/contenidos/noticia_0004.html). Así que me puse a pensar en todo lo que ya he expuesto en el primer párrafo, y me di cuenta de que era un tema perfecto para esta rentrée. Por varias razones. Admiro a Ignacio Echevarría y suelo estar de acuerdo con él en un buen porcentaje de sus opiniones. Pero nada es absoluto ni nadie es infalible. Porque tras recibir el enlace y leer el escrito recibí, en unos días en los que yo no estaba haciendo nada, otros escritos de colegas que estaban al pie del cañón. Por que en ellos se habla de la dignidad de la profesión de traductor y la de corrector desde un punto de vista que, en esta ocasión, no se centra en las reivindicaciones de siempre, aunque las mencione y las tenga en cuenta. Y porque son textos clarificadores, rigurosos, claros para propios y extraños, con un toque de ironía y dotados del glamour (perdonen la frivolidad, pero he escogido el vocablo con toda idea) que tiene todo lo que escribe alguien habituado a trabajar con las palabras. Y sobre todo, ante todo, porque exponen, aclaran y defienden sin crispar, que buena falta hace. Así que, ahí van: una rentrée donde las colaboraciones de amigos de De libros y de hojas aparecen en una sección dedicada al quehacer trujamanesco en lugar de transformarse en dignas cuentas de un hermoso collar. Pero les diré una cosa: tampoco allí hubieran deslucido. Y es que los traductores y los correctores valemos igual para un roto que para un descosido.

No es pilot rojo todo lo que reluce

El pasado día 13 de agosto Ignacio Echevarría publicó el artículo “De traidores profesionales” de la fantástica sección que puede leerse en el diario Perfil, CULTURA LIBRESCA.

Si algo hace interesante la labor de Echevarría, cualquiera que sea el medio en el que trabaje, es su visión crítica. En esta ocasión tampoco faltaron esos guiños sulfúricos suyos al maravilloso planeta de la edición. Esta vez le tocaba el turno a los traductores y correctores, dos en uno, aunque sean dos profesiones tan diferentes. Confieso que sentí un regocijo especial al ver la atención que le dedicaba a estas profesiones. De los traductores se habla algo más, pero poco de la figura del corrector. Mi júbilo inicial se fue esfumando a medida que leía, ya que vi que entre alguna verdad obvia, como la injusticia de los honorarios, el texto era maniqueo. Le sobraban lugares comunes y le faltaban algunas precisiones.

Reducir a la transparencia la labor del traductor no es de ley. Además de tirar por la borda muchos estudios serios de teoría de la traducción, supone negar la práctica de este ejercicio. Del mismo modo que la literatura está cargada de subjetividad, no es ajena a quién escribe ni dónde ni cómo ni cuándo, el traductor no puede ser ajeno al proceso y si asume su trabajo con profesionalidad y honestidad, se verá inmerso a una “descodificación” profunda de éste. Para ello ha tenido que documentarse, leer sobre el autor, tener un bagaje cultural amplísimo, conocer la cultura del texto original y del que será la traducción, evidentemente manejar ambos idiomas en múltiples registros, y en ocasiones ejercer de médium en consultas imposibles a autores del más allá. Es decir, una especie de geisha políglota, pitonisa y actriz malabarista, ¿quién da más?

Por otro lado, sobre los correctores se podría decir mucho, pero es importante aclarar algunos aspectos básicos. La figura del corrector no es ambigua, sino que hay diversos tipos de trabajos de corrección. Uno es el que señala Echevarría, el de estilo. Otro es el que revisa la ortografía, la puntuación, la verificación de datos presentes en el texto, la organización del texto en maqueta y las marcas tipográficas de un texto. Otro tipo es el que abarca ambas labores. Y a partir de ahí hay correcciones más o menos agresivas. La labor del corrector no es la homogeneizar el idioma o una traducción, sino la de cambiar un texto para hacerlo correcto, según las reglas del español, y en el caso del de estilo, para dotarlo de una precisión que al autor se le ha escapado. A esas se suma la eliminación de erratas y la de lector de lujo que en ocasiones emite su juicio al editor. No existe homogeneización respecto al español peninsular. En Latinoamérica existen correctores que revisan textos de autores españoles para evitar lecturas erróneas, por las variantes de significado entre unos territorios y otros.

Lucía Sesma Prieto, la autora de esta reflexión, es editora en Aliar Servicios Editoriales www.aliareditorial.com y autora del blog Mapachito Violento, donde se puede leer, entre otros, el texto que aquí reproducimos.

Cuando Ignacio Echevarría presentó la entrega del premio Stendhal de 2006 también se refirió a la calidad de la prosa (supongo yo que incluye también la calidad del castellano y sus variantes). Ese año ganó el Stendhal Ascención Cuesta por su traducción del francés de Las historias impertinentes de Léon Bloy.

En su presentación, el señor Echevarría hizo unas reflexiones sobre los traductores profesionales que se dedican a traducir textos de nula calidad (yo los llamaría alimenticios) y cómo afecta esta prosa que producen sus versiones de obras… ¿cómo llamarlas?… digamos “más serias”. Echevarría comentó que la traducción de esas malas obras afectaba negativamente las futuras versiones de textos mejor escritos y luego se refirió a la moral del trabajo bien hecho.

Mientras el presentador exponía su punto de vista, me acordé de Alfredo Landa y de su interpretación de Paco, el Bajo, en la película Los santos inocentes, dirigida por Mario Camus en 1984. Hasta ese momento, a Landa lo habían encasillado como actor cómico, cuyas actuaciones pasaban sin pena ni gloria. Cuando le llegó un buen personaje, un magnífico guión y unos compañeros de reparto que bordaron sus respectivas interpretaciones bajo la batuta de un buen director, Landa salió del encasillamiento y pasó a ser, de la noche a la mañana, un actorazo al que todos alababan y premiaban. ¿Cómo es posible que los malos papeles interpretados por Landa antes de Los santos inocentes le permitieran lucirse tanto en la película de Camus? Supongo que porque con esos malos papeles, además de pagar las facturas y de llenar la cesta de la compra, Landa fue adquiendo eso que en el mundo del teatro y el cine llaman “tablas”.

Los traductores, igual que los actores, tenemos que ganarnos la vida. Y no siempre nos encargan libros excelsos. La moral del trabajo bien hecho está, en mi opinión, en cumplir con el encargo que se nos hace lo mejor que uno puede y sabe en ese momento, y entregar un trabajo digno. Con ese trabajo bien hecho día a día, del texto que sea, bien escrito o mal escrito, conseguimos tener tablas, a la espera de que algún día nos llegue el libro que nos permita bordar nuestra versión.

Celia Filipetto es traductora jurada y literaria (catalán, inglés, italiano) con más de 200 títulos publicados. Ha dado clases como profesora invitada en las FTI de las Universidades de Vigo, Autónoma de Barcelona y Málaga, y ha impartido talleres de traducción en las Jornadas en torno a la traducción literaria de Tarazona y en las I Jornadas hispanoamericanas de traducción literaria de Rosario, Argentina.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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11 respuestas a No es pilot rojo todo lo que reluce

  1. David Soler dijo:

    Bueno, bueno… yo soy profano en estas cosas pero solo puedo decir: este verano me he leído tres libros, todos técnicos, sobre este mundo de la web y en dos casos la figura del corrector, de estilo y ortográfico, brillaba por su ausencia y eso se notaba muchísimo en mi caso, que por trayectoria profesional no puedo dejar de fijarme en estas cosas, y bastante en el caso de cualquier lector. Uno de ellos está escrito por varios autores así que puedes imaginarte que a cada cambio de capítulo parecía que cambiabas de libro. En fin, que el editor se dedicó a tomar el original, diseñar la cubierta, pedir el ISBN y mandarlo a imprenta. ¡Listo!
    Ha sido gracias a estas lecturas cuando me he dado cuenta que el trabajo de editor es importantísimo si se lo toman en serio y, dentro de él, el de traductores y correctores.

    • Sí, David, desgraciadamente se está imponiendo la economía por el aguador. Esperemos que el sistema rectifique a tiempo, y que como tantas veces he oído decir hablando de la edición electrónica, esto se cuide más porque se notará más y porque
      será más fácil arreglarlo. Y espero que, de una vez por todas y como decía Esther Benítez de las malas traducciones, cuando alguien encuentre un libro mal editado o plagado de errores escriba para quejarse. Si todo el mundo lo hiciera acabarían
      poniendo el remedio, sólo por no aguantar brasas. Así que, anímense a protestar.

  2. Julia dijo:

    Valiosas aportaciones. Un post redondo.

    • Gracias, Julia. Esta vez ha sido fácil. Las reflexiones de Lucía Sesma me parecieron soberbias; las de Celia Filipetto me parecen un ejemplo inteligente, preciso y que todo el mundo entenderá aunque ni de lejos sepa cómo funciona este mundo por dentro. Así que, sí, en esta ocasión he contado con dos aportaciones valiosísimas, porque las hacen personas que conocen este mundo desde dentro y tienen herramientas de sobra para proyectarlo hacia afuera. Y yo se lo agradezco mucho. Por cierto: prepárate, que cualquier día recibes una invitación.

  3. Lola dijo:

    En busca de la palabra perfecta. Así definía Juan Ramón Jiménez sus anhelos, sus deseos, su pasión por escribir y reescribir, corregir, comprobar, ensayar… Y así me figuro a esta artista traductora que es cocinera antes que fraile, como debe ser. (Entendiendo que palabra perfecta es expresión que alude a algo más que echar manos del diccionario de sinónimos, claro.)
    Me conmueve hasta lo inexpresable identificarme con tu personaje de “La particular tristeza…” Creo que tengo un don: percibo en un texto, en algunos casos, el pensar y el sentir de su emisor. Todas estas palabras, querida Amelia, viene a justificar mi admiración y entusiasmo por tu arte de hablar y escribir bien la lengua española. Por otra parte, has tocado un tema que me ha hecho trabajar más de lo que puedes percibir: Las modalidades de habla, etc. Y me lo he pasado muy bien con esta trama de opiniones tan crítica como ajustada a la realidad.
    Pero, ojo, detrás de un emisor -locutor, traductor, escritor- habita una persona. Y no siempre coinciden mi simpatía hacia el libro y hacia su autor, etc. En tu caso siento una enorme alegría porque veo a trasluz y me felicito por haberte encontrado. Gracias y no pares, pero descansa. Los que no sufrimos ni gozamos regresos abruptos, porque la tarea va pegada a nuestra piel, te saludamos.

    • Lola, desde luego si un día me flaquean las fuerzas volveré a leer todos tus comentarios y mensajes desde el principio, en orden cronológico. Es muy gratificante que alguien disfrute con lo que uno hace, y yo agradezco de verdad todas tus muestras de entusiasmo, enormemente contagiosas. No paro, no. Aunque a veces lo de seguir esté complicadillo.

  4. forcola01 dijo:

    No es lo mismo trabajo que oficio, no es lo mismo. Y no es lo mismo la ética del trabajo que la ética del oficio. La excelencia no está reñida con el estilo. De nuevo, cito: “Conquistar sin riesgo es triunfar sin gloria”. Enhorabuena, Amelia

    • Muchas gracias. No sé si algún día conquistaré y, si lo hago, si habrá sido con o sin riesgo. Pero parece que no habrá sido sin empeño. Gracias por tus palabras y por las de Corneille. Son de esas a las que uno recurre de vez en cuando.

  5. Ana dijo:

    Encontré por casualidad tu nombre hojeando en la librería el volumen de Edith Wharton, con esta dirección web. ¡Amelia! Y me asaltaron de pronto mis mejores años de colegio y una charla apresurada de cierto día que nos encontramos por la calle.
    Tienes un blog estupendo. Me encantaría poder charlar contigo, si te llega por esta vía mi dirección de correo.
    Un abrazo de Ana Esteban.

  6. Juan dijo:

    Muy inteligentes tus comentarios, Amelia.
    Un saludo, Juan

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