Cuando un libro te encuentra: El antólogo, de Nicholson Baker


Hace algunas semanas –dejémoslo ahí– los chicos de Tipos Infames lanzaron una nueva propuesta que se llamaba “Librero por un día”. El honor de ser el primer librero de la serie le correspondió al escritor Patricio Pron. Y allá que fuimos, porque la iniciativa prometía: un escritor y amigo recomendando un libro en una librería donde se puede tomar un vino o un té, según las preferencias, con buen ambiente y compañía agradable… ¿Hay quien dé más? A la pregunta obligada de “¿Qué me recomiendas?” Patricio me respondió a la gallega –a la gallega española, que no argentina– con otra pregunta: “¿Qué tipo de literatura te gusta?” Pero yo no buscaba eso, claro. No sé cómo funcionan los demás mortales pero una servidora, si quiere leer un libro, quiere leerlo con todas las consecuencias, a riesgo de errar el tiro y tener que dejarlo a la mitad o acabarlo por pura mala uva, sin parar de renegar. De dónde procede ese empeño varía mucho: de una portada bonita, de un título con gancho, de una contracubierta bien redactada, o del autor, uno de tus autores infalibles que publica la enésima referencia donde, o bien encontrarás lo que buscas, o bien te darás contra una pared y dejarás de serle fiel. En definitiva: lo que nos gusta lo encontramos siempre. Por olfato, por instinto, por casualidad o por la fuerza bruta. Yo quería que me recomendara un libro que yo nunca hubiera elegido por mí misma, porque así es como uno descubre nuevos autores, tesoros ocultos, cosas sorprendentes. Seguramente la mejor forma de conocer algo inesperado es haciendo caso de una recomendación inteligente y lo menos objetiva posible. Así que Patricio se levantó del taburete, se dirigió a una estantería y sacó un libro anodino de lomo mitad blanco, mitad foto, con tipografía de palo seco en negro y marrón y en la portada una foto más bien fea. Nicholson Baker, El antólogo. Un libro que nunca en la vida hubiera comprado por iniciativa propia. “Me vale”, dije. No he dejado de alegrarme. La foto es fea, sí, pero es lo único: no hay peros que poner al libro en sí, publicado por Duomo Ediciones en su colección Nefelibata y traducido por Ramón García. El contenido, una sorpresa continua: la historia de un poeta de mediana edad, que vive en un lugar indeterminado, uno de tantos, de esos donde vive la gente de clase media; que tiene una vecina divorciada y un granero desordenado, un trabajo inseguro, un éxito modesto, graves dificultades para organizarse y ordenar su vida y obra… tampoco era el tipo de libro que yo hubiera elegido por este lado. Pero uno se acomoda en la butaca, lo abre, y comienza a leer: “Hola, soy Paul Chowder y me propongo contarles todo lo que sé”. Y entonces piensa: “Esto promete”. Antes de terminar la primera página (unos tres párrafos) ya se ha metido con la palabra “divulgar”, con la comida china y con las definiciones habituales de poesía. Ha elaborado una teoría en tres palabras y nos ha contado lo que es su vida y su carrera. A modo de declaración de principios afirma que él es un modelo de fracaso. Y, a pesar de todo paso la página y sigo leyendo. Termina ese párrafo hablando de la música country. Segunda página y ya sé que no voy a dejarlo. Y que me va a gustar.

Es difícil encontrar un libro que lo tenga todo. Los muy eruditos pueden acabar pesando; los banales están bien una vez, pero no dos; los que tienen una acción trepidante suelen dejar de lado otras consideraciones; los muy profundos están aquejados de una lentitud de ritmo que nos pone a prueba. A veces resulta francamente complicado dar con un libro que esté bien escrito, que tenga un ritmo ágil y que despierte nuestro interés. Y sobre todo, un libro que, como lectores, nos prenda. Pues El antólogo tiene todo eso. Parece imposible que un libro en el que el narrador se propone darnos una lección de poesía, de métrica y hasta de prosodia, un libro que incluye pentagramas musicales para explicar el ritmo y la proporción de un verso (“El pentámetro yámbico es en realidad un vals”), contenga perlas como “Si este granero fuera una celda carcelaria este sería el momento del día que esperaría”, o “Cielos, adoro a los europeos. Especialmente a los que son de países pequeños”, esté articulado sobre una modesta trama bifocal (la elaboración de una antología poética que se eterniza, sazonada con las quejas continuas del editor, y la preparación de una cumbre de poetas en Suiza) y veteado con reflexiones propias de un libro de autoayuda. En definitiva, un tratado de poesía lleno de poesía en su composición, una autobiografía la mar de entretenida y muy realista, y un sentido del humor que recorre todos los órdenes de la existencia: el amor que no cuaja, el trabajo en el que no nos acomodamos, el éxito que ni sí, ni no, el dinero que nunca alcanza. Si lo de siempre se cuenta de otro modo es seguro que será un acierto. Si lo cotidiano va entreverado con reflexiones profundas sobre el modo de componer poemas de autores desconocidos para la mayoría de los lectores o de otros tan conocidos para todos como Tennyson, Longfellow o el propio Poe, aquello adquirirá relieve, éstas perderán gravedad. Y nos encontraremos contando las sílabas del pentámetro yámbico mientras la incapacidad vital de Chowder para enfrentarse a algo tan simple como enchufar un ordenador, bañar al perro o abrir una lata de atún nos arranca un gesto cómplice de esos que quieren decir “Ya sé de qué me hablas”.

Confesaré, para terminar, que tardé algún tiempo en abordar su lectura. No soy aficionada a la poesía y la métrica me aburre. La figura del poeta americano de medianías dando una disertación sobre un tema así, con un enfoque cuasi matemático, me provocaba cierta pereza. Pero cuando leí la primera frase se me pasó. Afortunadamente. En el momento de cerrar esta entrada no puedo suscribir las palabras con las que termina la novela y la recapitulación de logros y avances del protagonista narrador, pero las copio igualmente. Porque después de más de doscientas páginas de lectura placentera el final es “ascendente”, prácticamente un verso con un silencio al final, de los que le gustan a Chowder y muy probablemente también a Baker:

El verano ha acabado. Es el otoño. Sombras en el parabrisas. Silencio.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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