Cien por cien lana de angora


Miraba las gaviotas alejarse en el cielo y convertirse en el ideograma de «ver», un cuadrado abierto del que se descuelgan dos líneas curvas. Abría las piernas y yo también era ese ideograma, y él lo escribía dentro de mi cuerpo hasta colmarme con su tinta secreta, y yo decía «Quiero hacerlo otra vez», pero el rumor de mis palabras me llegaba en sordina, detrás de las olas, detrás de la lluvia, ah, no había visto que llovía. (Traducción de Albert Fuentes para la versión española de Settanta acrilico trenta lana, publicado en Alpha Decay).

No será difícil colgar a Viola Di Grado (veintitrés añitos, nacida en Catania y residente en Inglaterra) uno o incluso varios sambenitos inevitables tras la aparición de su –para mí, sorprendente– primera novela, Setenta acrílico, treinta lana, recién publicada por Alpha Decay. En algunos ámbitos la juventud es un arma de dos filos y las posibilidades familiares –tengo entendido que su padre es un conocido crítico– también. Yo tiendo a perdonar a quien, haciendo uso de estas u otras muletas, deja el pabellón alto y demuestra talento, ganas, y sensibilidad en lo que hace, al menos mientras no se vea que sonó la flauta por casualidad y lo que parecía que había no era nada más que un inmenso agujero con fondo de espejo. Lo haré con Viola di Grado porque, a pesar de la cantidad de críticas negativas que he leído de ella (en España, en español), a mí el libro me ha gustado, me ha conmovido y me ha obligado a dejar de subrayar porque ya estaba entrando en orden inverso: o marcaba sólo los defectos, para encontrarlos enseguida, o aquello se convertía en misión imposible. Historia iniciática, nihilista, compleja en su temática pero contada con meridiana sencillez y un sentido el humor que va del blanco al negro pasando por todos los tonos intermedios, su lectura me ha parecido una delicia. Los tópicos del individuo mediterráneo que vive –o pugna por sobrevivir– en la Inglaterra central, donde el sol no existe, la diferencia de culturas, la incomunicación frente a otros modos de comunicación menos convencionales, la muerte y la infidelidad y, sobre todo, la impotencia en toda la amplitud de la palabra (impotencia para ser feliz, para salir adelante, para conseguir lo que parece tan fácil), la incapacidad de vivir con arreglo a lo establecido o a lo esperado… son los temas de siempre, claro. Trenzados en este caso en torno a una hermosa guía: el aprendizaje de una lengua extranjera que no se rige por palabras, sino por conceptos, como es el chino y donde “adivina, adivinanza”, la clave de “inicio” es la misma que la de “cuchillo”.

Cortar. Cortar es la base de la existencia de Camelia en Leeds, un lugar donde el invierno no acaba nunca y “es terriblemente egocéntrico: siempre quiere ser más frío que el pasado, pretende ser el último invierno”. El invierno abarca tanto que se extiende más allá de los límites del año. Como la noche, tan larga que dura más de veinticuatro horas. Basándose en esa idea de cortar construye una metáfora de desvinculación con el mundo y con el propio yo que sólo podrá volver a construir tras la aparición fortuita e inesperada de un extraño acicate en su vida, también vulgar si nos ceñimos a lo literario: un muchacho del que se enamora. Camelia, italiana del sur obligada a vivir sin horas de luz en el día ni meses de sol en el año, se rebela contra el mundo que le arrebató a su padre en un accidente de coche. Acompañado de su amante. Con pataletas de niña pequeña se queja de su destino. Con entereza de anciana sabia acata el castigo de cuidar de una madre prematuramente envejecida y dedicada a su propia destrucción, una madre que se niega a comer, a asearse, a hablar. Con pluma de angry young woman dibuja un panorama social de delincuencia y marginación ma non troppo, que no permite convertir su historia en algo negro extremo, y sí en un catálogo indefinido de tonos de gris, entre los que se mueve con absoluta maestría.

Viola di Grado domina la metáfora, la imagen, el humor ácido y la ternura. Tiene la sabiduría necesaria como para crear con unos pocos recursos –su buen conocimiento de la lengua china y alguna relación con la desvinculación y la pérdida– una novela que se sostiene, creíble y que gusta leer. De los ideogramas saca todo lo demás: la justificación de todas las contradicciones vitales y del mundo, la explicación a los sentimientos más raros. Al narrar en primera persona nos da un retrato perfecto de su narradora protagonista y de la madre antagonista, nos esboza a los hermanos chinos con los que mantiene tan extraña relación de quita y pon, de ida y vuelta, y nos introduce al final del libro, tal vez ahí se nota más su inexperiencia, a ese personaje tan perfecto como el Ken de Barbie, que es el que resume y concentra toda su ira, hasta el sorprendente desenlace. El profesor de fotografía de la madre hace su entrada triunfal como una figura inevitable de vodevil y, como tal, acaba su historia. Con un giro lleno de humor negro la joven Viola es capaz de poner el punto final a una novela que veinte páginas atrás amenazaba con perder la credibilidad. Su mala leche, su ironía sin fin, su hartazgo, se destilan en un recipiente que se llama Setenta acrílico, treinta lana. La mujer que no soportaba ningún jersey que no fuera cien por cien angora, que se quedó sin voz a causa de un trauma y su hija rebelde, que aceptó resignada el sino de cuidarla como a una impedida se sientan a ver una película en el deuvedé de casa después de comprobar que aquello que parecían estarse perdiendo de “la vida” tal vez no valiera la pena, en el fondo.

¿Veredicto? Leeré lo próximo de di Grado, sin duda. Me parece que promete, cien por cien lana de angora. Sólo a ella corresponde subir el listón la próxima vez, redondear los personajes, cortar alguno de los bucles en los que se desarrolla su existencia en espiral y condensar más una historia que en algunos momentos tengo la sensación de haber leído hace algunas páginas. Peccata minuta, porque muchos escritores consagrados tienen esta tendencia a acumular páginas. Así que yo, al menos, espero la próxima.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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