Memorias del payaso Joseph Grimaldi


Una de las razones del éxito y el reconocimiento universales del novelista inglés Charles Dickens ha sido sin duda esa mezcla de realidad y ficción en sus obras, y ese equilibrio entre lo humorístico y lo sórdido que manejó como pocos. En su biografía hay muchos episodios dignos de cualquiera de sus novelas, tal vez porque aprovechaba cualquier retazo de vida para trasladarlo a la ficción y dejar al lector pensando qué fue primero, si lo real o lo imaginario. Uno de esos episodios es el que se conmemoraba ayer, 26 de febrero día en que se publicaban las Memorias del payaso Joseph Grimaldi (Páginas de Espuma, 2011) firmadas por Boz, es decir, por Charles Dickens antes de llegar a ser, en rigor, Charles Dickens.

A finales de 1837, inmerso en la composición de Oliver Twist –que se estaba publicando por entregas en la revista Bentley’s Miscellany– la popularidad del joven escritor iba en aumento. En noviembre de ese año vieron la luz en forma de libro sus Papeles póstumos del Club Pickwick, su primera gran obra. Dickens veía cómo aumentaba su familia (su segunda hija nació el 6 de marzo de 1838), su fama, su círculo de amigos y su estabilidad, pero quedaba mucho por andar. Decidió negociar con Bentley para recuperar los derechos de Oliver Twist y, como Bentley se negó, parece ser que Dickens amenazó con dejar de escribir. Bentley cedió entonces (Forster se encargó de las negociaciones) y se avino a editar las memorias del famoso payaso Joseph Grimaldi por un precio alzado de 300 libras. Debía acometer esta tarea desde que finalizara Pickwick, en octubre de 1836, y antes de abordar la escritura de Nicholas Nickleby, cuya publicación había negociado con Chapman & Hall. Como las negociaciones con Bentley le habían colocado en una posición desagradable (esta sería una constante en la vida de Dickens, huía de un editor pensando que era el mismo diablo en cuanto aparecía uno nuevo en el horizonte) comenzó a pensar en la forma de distanciarse de él a favor de Chapman & Hall, a quienes consideraba mejores defensores de sus derechos y con los que accedió a publicar otra serie de artículos, Sketches of Young Gentleman que comenzó a escribir el 8 de enero de 1838 y entregaría el 10 de febrero. Con la mente en su futuro como autor de Chapman & Hall, a quienes debía contentar con los Sketches y su siguente novela, los derechos de Oliver recuperados y un bebé a punto de llegar a Doughty St., a Dickens le quedaba poco tiempo para Grimaldi. Sin embargo, su profesionalidad y buen hacer ganaron terreno a la pereza y a la falta material de tiempo, y buscó la manera de cumplir su compromiso. Resolutivo como era decidió que pediría ayuda a su padre, episodio que nos cuenta Peter Ackroyd con inmensa gracia en su biografía Dickens, el observador solitario (Edhasa, 2011):

“…la tarea de ordenar los papeles del payaso (aun revisados) se le antojaba poco menos que inabordable y sólo la aceptó tras recibir las correspondientes garantías por parte de Bentley de que sería debidamente recompensado. La idea del editor era que el libro estuviese en la calle para la temporada de circo de aquel año y a Dickens no se le ocurrió nada mejor que acortar aún más la versión abreviada de que disponía y dictársela a su padre que, con esa excusa, pasó una temporada en Dougty Street.”

En el 48 de Doughty St. Dickens dictó a su padre las memorias del payaso Joseph Grimaldi, en enero de 1838.

¿Hasta qué punto es exacta la versión que Dickens nos da de las Memorias? Es difícil  responder: el manuscrito original de Grimaldi tenía unas 400 páginas, que el payaso terminó de escribir en diciembre de 1836. Esa versión original, descrita por Dickens como “excesivamente voluminosa” necesitaba un trabajo de edición y pulido para poder publicarse. A principios de 1837 Grimaldi firmó un contrato con el escritor Thomas Egerton Wilks, en el que este último se comprometía a “reescribir, revisar y corregir” su manuscrito. Grimaldi murió dos meses después y Wilks terminó el trabajo a su manera, cortando y condensando el original e introduciendo algún material extra que tomó de sus conversaciones con Grimaldi. No sabemos qué partes de la versión de Wilks pertecen a Wilks y cuáles eran originales de Grimaldi. Además, al reescribir el manuscrito, cambió la persona narrativa: Grimaldi lo había escrito en primera persona y él lo redactó en tercera.

En septiembre de 1837, Wilks ofreció la obra a Richard Bentley, que lo compró con la intención de publicarlo. Pero seguía siendo demasiado largo y poco esmerado, así que encargó otra edición, revisión y reescritura, como hemos visto, a Charles Dickens. Estas fueron sus palabras:

“He dado muchas vueltas a este asunto y he estudiado a fondo el manuscrito. Está muy mal hecho, y además contiene tantas estupideces que mucho me temo que no puedo hacerme cargo, salvo en unas condiciones que tú no estarías en disposición de aceptar. Yo exigiría trescientas libras en primera instancia, independientemente de las ventas y, como además debo pedirte también que el libro no se publique por entregas, tus propósitos seguramente no quedarían cumplidos”

Pero Bentley aceptó pagar a Dickens las trescientas libras exigidas y se comprometió a publicarlo en forma de libro, no por entregas. Según parece, Dickens nunca vio el manuscrito original: trabajó sobre la versión de Wills, que Bentley publicó el 26 de febrero de 1838 en dos volúmenes. Se desconoce el paradero del manuscrito original del clown, el payaso británico más importante del siglo XIX que, en sus casi cincuenta años de carrera trabajó en teatros míticos como Sadler’s Wells, Drury Lane o Covent Garden, por lo que su biografía ofrece también un panorama del teatro británico a comienzos de 1800. Publicadas ahora por Páginas de Espuma, Eduardo Berti nos cuenta en su prólogo a estas Memorias que él mismo ha traducido y anotado que “Dickens expresa que su labor consistió en «editar el relato de otro» y en «narrar varias de las historias a mi manera»… Es fácil advertir cómo aparecen aquí y allá toques y temas característicos de Dickens: la obsesión por el dinero (…), el submundo del delito que en varios episodios ronda o amenaza a Joey [Grimaldi], la sabia mezcla dickensiana de humor y de horror y su tendencia a la exageración”.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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