Ellis Island


Cuando uno tarda en hacer realidad algo que ha esperado durante mucho tiempo tiende a idealizarlo sin descuento. Cuando al fin lo materializa puede suceder que la realidad supere al sueño, o que lo convierta en inservible y desperdiciado. He tardado muchos años en conocer Nueva York, un sueño, un deseo acariciado desde largo. Esperaba ver Grand Central Station, Broadway, la Estatua de la Libertad, el puente de Brooklyn, Central Park y su Bethesda Fountain, la esquina de la 57 con la Quinta, el Chrysler y el Empire, el Solomon Guggenheim… todo, en fin, lo que había visto durante toda mi vida en películas y musicales. Pero olvidaba una cosa, que resultó ser la que más emoción me causó, contra todo pronóstico: la isla de Ellis. Cierto que la emoción vino de nuevo de la mano del celuloide, cuando me vi en aquella sala inmensa donde había visto al joven De Niro, o tal vez debería decir al joven Vito Corleone, llegar procedente de Sicilia. De pronto aquella sala inmensa se llenó con su recuerdo, con su presencia delgada y resuelta, con su modesto equipaje, su gabán y su gorra. Los suyos y los de tanta gente que llegó hasta allí, gente con nombres y apellidos, procedencias y destinos, hijos y ancestros. Y lo que me hizo reparar en estas presencias a medio camino entre lo real y lo fantasmal no fue en realidad el cine: la experiencia era tan intensa, tan de carne y hueso, que desvanecido Vito Corleone ya camino de Manhattan le olvidé de inmediato y reparé en lo que había sido aquel lugar, lo que había supuesto.

Leyendo el libro de Perec Ellis Island (en edición de Libros del Zorzal con traducción de Leopoldo Kulesz)  uno es consciente del sentido brutal y primario que este islote tuvo en la historia no de los Estados Unidos, sino de buena parte de la humanidad y del progreso, tal como lo hemos conocido hasta ahora. Fiel a su estilo deshilachado y de collage nos cuenta primero en prosa qué sentido tuvo aquel lugar, cuánta gente pasó por allí (alrededor de 16 millones de personas entre 1892 y 1924, entre cinco y diez mil diarias), cuales eran los trámites que seguían los recién llegados (quienes viajaban en primera y segunda se sometían a un chequeo dentro del barco, al que accedían un médico y un funcionario; el resto debía pasar un examen médico: si era sospechoso de padecer una enfermedad infecciosa, se le negaba la entrada o se quedaba en cuarentena, y si superaba la inspección se sometía a una serie de 29 preguntas que pretendían descubrir, en definitiva, si el recién llegado era autosuficiente y tenía conexiones familiares o sociales, o era susceptible de convertirse en una amenaza), y cómo a partir de 1917 debían pasar además un examen para descartar el analfabetismo. Después del detallado recuento de trámites enumera, como en un poema, los miles y millones de emigrantes que llegaron de cada país, cita decenas de ciudades, describe objetos y estancias, y escribe en varios idiomas el sobrenombre de la isla de Ellis: “Isla de las lágrimas”. Así, en esa especie de verso blanco tan característico suyo, sigue hasta el final reflexionando sobre la experiencia del éxodo y de la llegada como meta, la incertidumbre de lo que había más allá del islote –que fue durante mucho tiempo propiedad privada y, como tal, cambió de dueño en virtud de la ley de la oferta y la demanda–, el miedo a la deportación o a la separación de las familias, la paradoja de haberse convertido en un museo: “bajo la tranquilidad facticia de las fotografías / petrificadas / de una vez por todas ante la evidencia tramposa / de su negro y blanco, / ¿cómo reconocer ese lugar? / ¿restituir lo que fue? / ¿cómo leer las huellas? / ¿cómo ir más allá / ir detrás / no detenernos ante lo que nos fue dado ver / no ver solamente aquello que sabíamos / de antemano / que veríamos?”

Perec nos muestra una zona franca cargada de historia, de literatura y de sentimiento que no captará el que nunca se haya ido de un lugar para llegar a la tierra prometida. Ellis es para él “el lugar mismo del exilio, es decir, el lugar de la ausencia de lugar, el no-lugar, el ninguna parte”, pero reconoce que fue para muchos, lo sigue siendo, “uno de esos lugares alrededor del cual se articula la relación que [nos] une a nuestra historia”, el lugar “donde nada estaba aún adquirido, / donde aquellos que habían partido / no habían llegado todavía, / o aquellos que habían dejado todo / todavía no habían obtenido nada.

A pesar de la perfecta organización del museo, de las fotos y las cartelas explicativas, se hace difícil para quien no tenga esa experiencia del éxodo ponerse en la piel de estas gentes. La conmoción en mi caso se produjo por el lado del lenguaje, de la comunicación, de los múltiples idiomas que bullían entre personas y objetos. El intérprete, igual que el médico, fue una figura de capital importancia en todo el proceso de entrada. Si tras el primer examen pesaba algún tipo de sospecha sobre el recién llegado, éste debía comparecer ante una comisión compuesta por tres inspectores, un dactilógrafo y un intérprete: en este último puesto prestaría sus servicios Fiorello La Guardia, hijo él mismo de inmigrantes italianos y conocedor, por tanto, de su idioma y carácter (aunque él nació ya en el Bronx) y que llegaría a ser alcalde de Nueva York entre 1934 y 1945. Los emigrantes/inmigrantes, atendiendo a la puntualización de Perec, dijeron que aquel sitio era una especie de Torre de Babel. Recuerdo una cartela donde un médico explicaba cómo intentó pedir a una joven italiana, campesina, que se desvistiera para el reconocimiento: como no le entendía, se dispuso él mismo a desabotonarle las ropas, según su propio testimonio, con cuidado y respeto; la reacción de la muchacha fue desmedida, presa del horror y probablemente de la humillación. Es tan líquido el lenguaje cuando emisor y receptor comparten un mismo código de signos, tan liviano y transparente. Y, sin embargo, cuando no hay entendimiento se convierte en una pared opaca, una fortaleza inexpugnable, una puerta cerrada que no es posible atravesar. Todo esto fue Ellis Island antes de convertirse en testigo mudo e inmóvil para la posteridad de tanto trasiego y murmullo: un paréntesis, un intermedio, una bisagra, una fábrica de americanos (sigo robando palabras a Perec) que llegaban allí persiguiendo un sueño de vida nueva y de libertad, buscando calles pavimentadas con oro y pollos que caían, ya cocinados, en los platos. La Tierra Prometida, donde  constataron que eran ellos quienes tenían que pavimentar las calles y cocinar los pollos: para eso venían. Pero antes de que el funcionario de turno les dijera Welcome to America muchos tenían que hacerse entender, en el propio idioma o en alguno de los que conocían los intérpretes de plantilla. Junto a tantas anécdotas sobre cambios de nombre por el desconocimiento de los sonidos ajenos se cuenta también que algunos intérpretes dejaban de lado su código deontológico para cumplir otro más humano y transmitir en el formulario gris no lo que decía el examinado, sino lo que quería oír el gobierno.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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5 respuestas a Ellis Island

  1. calledelorco dijo:

    Esta obra de Georges Perec es una joya, y explica de manera muy directa una idea latente en toda su obra. Hijo de un padre muerto en combate y de una madre deportada a Auschwitz, Perec sentirá toda su vida la necesidad de aferrarse a algo. Por eso ese afán constante en rememorar los recuerdos: “Je me souviens”. Por eso la fuerza de la letra W (doble vida) en la Vida, Instrucciones de uso y en su pseudo autobiografía “W o recuerdos de infancia” donde se ve obligado de hacer un paralelismo con un lugar imaginario. Por eso su amor pasional a la lengua, como si ésta fuera su nuevo hogar. Y también su obsesión de darle un significado a las cosas y a los lugares (Especies de espacios), ya que la tradición, la herencia son las que les dan significado, y a él, desgraciadamente, le han cortado de todo (de sus padres pero también de toda su tradición). Por eso ese afán de sustituir, de reconstruir. Ellis Island es por lo tanto un lugar paradigmático. Aunque a primera vista Perec parezca solamente un juglar de las palabras, Perec es en realidad uno de los autores más existenciales que he leído.

    Espero que también hayas visto el video de Perec de Ellis Island. Gracias por este post.

    • Muchas gracias a tí por tu comentario esclarecedor y enriquecedor. No conozco el vídeo, pero en cuanto al libro suscribo todas y cada una de tus palabras. Leí Lo infraordinario y me decepcionó un poco, de modo que este opúsculo me ha permitido reconciliarme con Perec y apreciarlo, y quedarme con ganas de más, así que seguiré descubriéndole: esa es mi intención, porque creo que cada obra suya es un descubrimiento. Me alegra que te haya gustado el post y que te hayas animado a iniciar el diálogo con tan valiosas aportaciones. ¡Nos seguimos leyendo!

  2. Daniela dijo:

    Maravilloso post. Había leído de estos procederes en la costa oeste americana, con los inmigrantes que llegaban a San Francisco procedentes de Oriente, sobretodo de China. Los dejaban meses en una isla frente a la bahía en las mismas condiciones que Perec relata que los tenían en Ellis. Especie de “limbo” migracional para ingresar al “cielo”.
    Me quedó con esta frase tuya magistral: “Es tan líquido el lenguaje cuando emisor y receptor comparten un mismo código de signos, tan liviano y transparente. Y, sin embargo, cuando no hay entendimiento se convierte en una pared opaca, una fortaleza inexpugnable, una puerta cerrada que no es posible atravesar”. Magistral por poética y elocuente.
    Cariños

    • Muchas gracias, Daniela. La verdad es que fue una sensación increíble porque no llevaba nada preconcebido, y fue el hecho de encontrarme allí dentro lo que excavó en mi memoria y dio con las escenas de El Padrino II. Después llegó a mi el libro, a través de una buena amiga, y fue como poner la pieza que faltaba: Perec había redondeado mi experiencia “turística”, o mejor dicho, de visitante y espectador curioso, y lo que es más importante, me “había devuelto” a Perec, al que no llegué en una primera lectura. Y la verdad, también el comentario de “Calle del Orco” ha sido para mí una valiosa enseñanza. Es curioso lo importante que puede llegar a ser el crisol donde se encuentran los recuerdos y el lenguaje, y su vinculación con nuestras propias raíces y, en definitiva, con nuestro ser, con lo que llegamos a ser con el bagaje que se nos entrega. Celebro que te haya gustado el post.

  3. Espléndido post, Amelia. Leeré a Perec, gracias a ti.

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