9 de junio de 1870


FINAL

“Dickens murió de un derrame cerebral el 9 de junio de 1870, jueves, a las seis de la mañana. Una semana antes, el 2 de junio, había estado en Wellington Street trabajando, comió con Dolby, amigo inseparable desde 1866, se reunió con sus hijas para asistir a una obra de teatro, regresó a Wellington Street y su hijo le encontró allí, enfrascado en la redacción de Drood, a la mañana siguiente. Por la tarde regresó a Gad’s Hill. Pasó los días trabajando, paseando y escribiendo cartas, dentro de su rutina normal. El miércoles 8 de junio fue a Fastaff Inn a cobrar un cheque y nadie le vio, a excepción de Georgina, hasta las seis de la tarde. Georgina dice que regresó a medio día a descansar un poco y fumar un cigarro y se marchó a trabajar a su cabaña, “el Chalet” que había instalado en el jardín de Gad’s Hill. Regresó alrededor de las seis, con mal aspecto. Georgina le preguntó si se encontraba mal y él respondió “Sí, muy mal”. Hay otra versión de los hechos, respecto a las horas de la mañana: Dickens pudo coger el tren hasta Peckham después de cobrar el cheque en la fonda, para ir a ver a Nelly a Windsor Lodge. Lo rocambolesco de la historia a partir de ahí sugiere hace que sea la otra versión la que cobra valor: Dickens se desvaneció y Nelly, ayudada por algún criado le llevó en carruaje hasta Gad’s Hill. Rebuscada e improbable, muy dickensiana, esta historia no es del todo imposible, en cualquier caso. De lo que no hay duda es de que Dickens entró en Gad’s Hill a eso de las seis, sintiéndose mal: avisaron al médico y a sus hijos. El veredicto era el que hemos dicho, y la recuperación improbable. A las seis de la mañana exhalaba su último suspiro, en palabras de Dolby, “una clara mañana del mes de junio, de las que le gustaban a él”.

No fue enterrado en la catedral de Rochester como había sido su deseo: convertido en institución británica para siempre, reposaría en el Rincón de los Poetas de la catedral de Westminster. La ceremonia fue íntima –George Sala dijo que había unas catorce personas– y a ella no asistieron ni Catherine ni, probablemente, Nelly”.

Dickens enamorado (Fórcola Ediciones, Madrid 2012)

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a 9 de junio de 1870

  1. calledelorco dijo:

    Es triste ver apagarse una personalidad tan fuerte.

    “Nadie, en este siglo, ha derramado más alegría sobre el mundo que Dickens.” Stefan Zweig
    .

    • Cierto que es triste, calledelorco, pero apunto una imprecisión: Dickens no se apagó paulatinamente; le falló el motor de arranque. El último día de su vida fue tan fructífero y movido como lo habían sido la mayoría de los días de su vida. No fue víctima de una larga enfermedad, ni presa de la invalidez, ni pasto de la locura, como otros. Mereció la muerte fulminante que tuvo, una muerte que le ahorrara el sufrimiento de ver cómo se le iba la vida de la que tanto había disfrutado. Me encanta la frase que has puesto del gran Stefan Zweig. Y me recuerda, justamente, las opiniones que sobre el mismo personaje vertió otro grande, Henry James, que estaban justamente en las antípodas. Le acusó de llenar el mundo y la literatura de tragedia barata y lagrimeo populachero, todo ello encuadrado en un escenario de cartón-piedra. De James, por cierto, espigo una frase para el minipost de hoy que a mi modo de ver trasciende los ensayos eruditos sobre la literatura y encaja perfectamente en la vida de cualquiera, en los sentimientos lacrimógenos y en escenarios que no son tan de cartón-piedra. Gracias por tus comentarios siempre lúcidos.

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