Cuando el verano


Empiezo con retraso el enésimo verano, contando desde ya no sé cuándo, de mi descontento, aunque si me lanzo a mirar el vaso medio lleno tengo que admitir, y reconozco que lo hago un poco a regañadientes, que aunque no puedo decir que he recobrado el espíritu veraniego –que ya doy por extinguido e inexistente– algo sí he recuperado. El verano fue siempre época de balance, fin de temporada que empezaba en otoño, cuando las estaciones se recitaban al revés por culpa del calendario escolar. Y el balance ha sido durante mucho tiempo negativo en casi todos los negociados salvo en uno o dos y este lo es en casi todos los negociados salvo en dos o tres. Dejémoslo ahí. Vamos a ponernos picajosos y a buscar los defectos porque, si no, me quedaré sin post, y ustedes de rebote. Desde los tiempos en que el verano era el renacer, la vuelta a las bases, la meta perseguida, las vacaciones fuera de España, las mañanas durmiendo, las tardes de piscina y las noches de juerga; las clases particulares a pequeños cafres de buena familia para costear los pequeños vicios antes confesados, los amaneceres de Madrid, las partidas de pin-ball, los brunch improvisados –cuando aún no se llamaban así ni El País Semanal publicaba la lista de los más chic–, los mercadillos de Londres y el recuento de ganancias y ahorros, ha pasado tanto tiempo que parece, verdaderamente, otra era.

Hubo un tiempo en que el verano era la Tierra Prometida, el momento que justificaba por sí solo toda una existencia. Un momento en que podías combatir un amago de depresión escuchando música surf en pleno marzo, y el bajón de un contratiempo comprándote otro bikini. Ahora la música surf me pone nostálgica como un bolero y… Aquí lo dejo. Recordaba, en estos momentos atroces de “cualquier tiempo pasado fue mejor”, la laca de uñas plateada a juego con las sandalias que tanto sorprendía al amigo de mi cuñado, que me miraba los pies como si yo fuera extraterrestre. Recuerdo esa escena de Lolita donde James Mason-Humbert Humbert pinta las uñas de los pies al objeto de su deseo y adoración. Y es que para alguien que no usa laca de uñas para las manos, la de los pies se convierte en una religión, junto con las sandalias. De verano. Y entonces, más balance, más surfin’bolero, más cualquier tiempo pasado, más protestas porque “estos bikinis, cada año los hacen más pequeños”. Y más recuerdos: los cursos de verano en el Euroforum, mi tía política que hacía la manicura a Ava Gardner cuando aquello era el Hotel Felipe II y Ava se alojaba allí, y por qué aquí no venden laca de uñas de colores, como en Londres, y ese sentimiento terrible de llevo-años-fuera-de-la-circulación, y un bichito de corta edad que me dice que sí, que aquí venden laca de uñas de colores como en Londres. Rosa, turquesa, amarilla, verde, negra, azul noche. Todos los que te imagines. Y hacemos una excursión a un centro comercial donde venden los frasquitos por uno o dos euros la unidad y nos compramos un arsenal a medias, arsenal que compartiremos e intercambiaremos, aunque cada una elige unos pocos como propios, en guarda y custodia. Y recupero parte del verano aquel que luego pasó a ser otra cosa: cuando llevaba el dinero ganado en las clases particulares a la Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid, que era entonces y no Bankia, convertida ahora en un capítulo póstumo de Alí Babá, cuando los partidos del Mundial de Méjico los jugaba una selección que normalmente volvía a casa en cuartos, como mucho. Veranos sin prima de riesgo y con los incendios justos, casi ninguno debido a la sinrazón, a la dejadez, ni al afán especulativo. Los veranos donde todos los bikinis valían. Tantas cosas recuperadas con un puñado de euros y unas pocas lacas de uñas de lo más estrambótico. Es increíble que algo tan pequeño obre un milagro tan grande. Y no, no es banal. Es un clavo ardiendo. Me convendría un balneario, aunque todavía no tenga edad.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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3 respuestas a Cuando el verano

  1. Muy sentido, Amélia. ¿Te he dicho alguna vez que escribes de maravilla? Pues aprovecho para decirlo ahora. 🙂 ¡Feliz verano!
    Ah! y si te sirve de consuelo mis últimos veranos no son mejores que los tuyos en muchos negociados.

    • Ja, ja. Sí, me lo has dicho en alguna ocasión. Pero siempre lo agradezco como si fuera la primera, demuestra que no has cambiado de opinión ni de gustos. Ay, los negociados. Siempre son los mismos cuando se superan los… ¿treinta años? Aproximadamente. Feliz verano a tí también, David.

  2. Renee Sanudo dijo:

    Siempre que leo tus blogs me reavivas recuerdos de niñez o adolescencia española, das en el clavo describiendo sensaciones o situaciones, y descubro más costumbres compartidas, como en este caso la importancia de las uñas de los pies pintadas, a real must for me. Esta vez, además, me has regalado una alegría inesperada: my six degrees of separation with Ava just got shorter! Gracias, Amelia!

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