Daisy Roots


Limited Edition (Foto: Josete R.)

 

 

A riesgo de que me maldigáis todos los bibliófilos y bibliópatas lectores y seguidores, hoy no escribiré sobre libros. Y ya van dos. Sí, entono el mea culpa, pero llevo un tiempo sin poder hablar de libros como me gustaría, lo cual no quiere decir que no esté leyendo, y mucho menos que no piense y sienta montones de temas sobre los que escribir. A fin de cuentas, aunque suene a pretexto poco trabajado, la vida es literatura y viceversa, y la literatura impregna casi todo lo que existe y lo que no. Esa es la sensación que yo tengo y que, me consta, tenéis muchos de vosotros. La verdad es que aún no puedo hablar de mis dos traducciones más recientes, ni de mis lecturas más recientes, vinculadas a un proyecto próximo, y así se me cierran mucho las posibilidades. Además, en estas circunstancias también se estrecha el círculo de las vivencias cotidianas, y por tanto las posibilidades de reflexión: pero siempre queda un resquicio, una grieta en la pared por la que pasa el sol. El detonante esta vez fue una empresa, en sentido etimológico de la palabra y en todos los demás, de una amiga muy querida. Al hablar a otro amigo de la tienda que había abierto que respondió “¡Qué valor! ¡Con los tiempos que corren!”; me quedé pensando, a toro pasado, que él mismo dejó hace algunos meses su puesto en una gran empresa para dedicarse a su propio proyecto, y no sólo no le va mal sino que está muy feliz. Y de ese hilo tiré. Claro que es complicado emprender lo que sea con los tiempos que corren, claro que están cerrando negocios en todas las manzanas, claro que hace falta valor. Pero mientras la gente se manifiesta, con toda la razón, contra recortes y pérdidas de derechos, hay otros que no tienen ningún derecho que perder ni nada que se les recorte: gente que nunca ha tenido un trabajo en condiciones, que no tiene derecho a paro, ni antigüedad, ni jubilación, ni seguridad social, ni nada. Gente en ocasiones con formación, casi siempre con una existencia normal, y muchas veces, con talento. Los grandes olvidados de este agujero negro no ya de fracaso, sino de decepción y de desesperanza absolutas, que es de lo peor que le puede pasar al ser humano. Me alegra que a la gente que se esfuerza le vaya bien, y me alegra que el entusiasmo pueda convertirse en fuerza motriz llegado el caso, aunque no cotice en bolsa. Y me alegra que en tiempos oscuros se emprendan negocios relacionados con el hedonismo y el disfrute también en sus sentidos más básicos, que no con lo frívolo o lo banal, y pensé en tantos pequeños objetos que nos hacen la vida más agradable, algunos innecesariamente importantes, otros primordiales, sin dejar por ello de ser especiales: aparte de los libros, claro, están los bolígrafos y plumas, las gafas, los paraguas, los estuches… la ropa misma y sus objetos aledaños: pañuelos, sombreros o guantes. Y empecé a recordar cuántas veces sobresalen estos pequeños detalles en una descripción o sirven para perfilar un personaje. Entonces hice un ejercicio en el que trataba de recordar alguna descripción de la vestimenta de un personaje literario, y no me venía ninguno a la cabeza. Sin embargo, si lo hacían trazas de novelas donde más allá de la trama, del lenguaje o de la atmósfera, mi atención se quedó atrapada de algún detalle insignificante, como me ha sucedido leyendo alguna obra de Iris Murdoch, El planeta de Mr. Sammler de Saul Bellow, o mi admirada Parejas, de John Updike, donde uno de los personajes (masculino) ve a otro (femenino) quitarse una bota debajo de la cual no llevaba nada, ni media, ni calcetín: uno de esos momentos genialmente cotidianos ma non troppo del viejo Updike. Son además obras que hablan de una época de la historia que me interesa mucho, y de una época de mi vida que tiene mucho que ver con ella. Y entonces pensé en la importancia literaria de los objetos aparentemente insignificantes, esos que nos hacen sentirnos diferentes, en la importancia de que lo que hacemos nos haga felices y, sobre todo, en la importancia de hacerlo bien.

Esta entrada está dedicada a Carol, porque sé todo lo que ha supuesto llegar hasta el momento en que se tomó esta foto. Y porque a pesar de lo andado, estamos aún al principio del camino. Buena suerte y muchas felicidades. Y gracias por llenarnos de color los pies, y no sólo la cabeza. ¡Ah! Daisy Roots significa “boots”, en cockney.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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4 respuestas a Daisy Roots

  1. Jos M. Rosillo dijo:

    dis daisi ruts ar meid for gualkin, je

    El 08/11/2012, a las 14:26, De libros y de hojas escribi:

    >

  2. BLANCA dijo:

    CARAY ESO SI QUE ES UN CV ¡¡¡ ENHORABUENA EN GENERAL Y “PALANTE”

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