Esa ventana indiscreta


Me encanta charlar con Juan porque me lleva de vuelta –no a la fuerza sino de la mano, como a una niña chica– a una época de mi vida que detesto sólo al cincuenta por ciento, porque en el otro cincuenta está mi infancia, mi casa y mi familia, y porque a fin de cuentas tanto lo que recuerdo con cariño como lo que recuerdo con mal humor me han convertido en lo que soy hoy.

la fotoLlevo tiempo queriendo aumentar la lista de entradas en De libros y ciudades, pero me he resistido: no he visto muchas últimamente, y esta en la que vivo no me impulsa a hablar de ella, la verdad, ni siquiera al abrigo de los libros donde se retrata como es, o como era, como la conocimos o como nos la narraron, como la vemos en las fotos antiguas y en los fragmentos del NO-DO.

Pero hoy, sí. Entro en Madrid aunque sin artillería pesada, no teman, para hablar de un libro que no he leído aún del todo: uno de esos pecados que cometo a veces. Y es que no siempre me es posible ser fiel a mis principios cuando cae en mis manos un libro que no es para leer, al menos no sólo para leer. Este es un libro para ver, para mirar, para detenerse en un párrafo que te atrapa, en una línea —incluso en una línea de metro, “línea 3, casi seguro, cuando acababa en Legazpi”— o en una confesión tragicómica —“Había que reírse (…) ¿Cómo si no sobrevivir a aquella época? Soñar con aventuras, sufrir con realidades, desear mujeres imposibles?”— o en alguna de sus hermosas ilustraciones. Es para gozar tocando su papel y reconociéndose en alguna de las anécdotas que cuenta, declinándola en primera o por interpósita persona. Es para dejarlo encima de la mesa baja y que lo disfruten otros, los que nos visitan y esperan a que terminemos de aviarnos o de mandar un correo antes de salir, los que vienen a tomar café a casa, nosotros mismos cuando encontramos esos cinco minutos de asueto que no queremos comprometer en cosas más exigentes que el puro disfrute. Así que seguramente tardaré en leer entero este libro, aunque ya lo he ojeado y hojeado varias veces y en ambas direcciones y sólo hace unos días que lo tengo: contiene en su interior demasiadas distracciones para mí preciosas, que me llevan a otras, en el exterior, atesoradas. Y vuelvo a las charlas con Juan:

—Me acuerdo de estar viendo La novela en mi casa, haciendo los deberes en la mesa camilla del cuarto de estar, mi madre cosiendo. Estábamos viendo… Creo que era La pequeña Dorrit, con Inma de Santis.

—No. Era Humillados y ofendidos. La pequeña Dorrit era Ana Belén. Jovencísima, Ana Belén.

—Ah, claro. Nevaba y había una mujer con un abrigo largo, con manguito de piel y un gorro también de piel.

—Fiorella Faltoyano.

La-pequeña-Dorrit

Me dijo mi madre que en Rusia hacía mucho frío, creo que fue lo primero que supe de Rusia: tenía yo seis años y no se hablaba mucho de Rusia por aquí. Y, sin embargo, no lo rodaron en Rusia, me cuenta Juan. Ya está obrado el milagro. Esto debe ser lo que llaman la magia del cine. Juan, guionista profesor de guionistas, es un apasionado del cine, claro, y de los novelistas del XIX. Hablar con él es asistir a una clase magistral de literatura y cinematografía, pero también de sociología y de historia: no tanto por edad como por profundidad de campo, por La huella en los ojos (ese es el título de su libro, editado en 2010 por Alianza) que dejó la experiencia del cine en “un adolescente del franquismo”, como reza el subtítulo. Ya sé que esto no es nuevo y que la nostalgia no es sana, el mismo Juan lo ha recalcado a estos efectos en más de una ocasión. Pero a veces es entretenida. Y, sobre todo, se aprende, si los que la practicamos tenemos enfrente a un interlocutor riguroso y versado en la materia. Me encanta charlar con Juan y recorrer virtualmente aquel Madrid que me contaron mis padres, el mismo que llegué a conocer por los pelos y que hasta el día de hoy he visto evolucionar e involucionar, tierra prometida de propios y ajenos, panacea y olimpo desde donde se veían, por esa ventana que era la pantalla, otros mundos que coexistían con el nuestro pero no eran de aquí, que permitían a los adolescentes de entonces descubrir el amor y el erotismo, la seducción y la moda, lo extranjero y lo universal: lo que queríamos, lo que envidiábamos, lo que no teníamos. Como aquellos cines de barrio o de provincias que recorre Juan Tébar en este atlas del glamour, La novela de Televisión Española, que podíamos ver antes del telediario de las nueve, me transportó a otros mundos cuya existencia no podía ni imaginar. Y eso que, a diferencia de la suya, mi ventana era pequeña y en blanco y negro. Recibir este libro ha multiplicado exponencialmente la alegría de recobrar de su mano la novela de mis tardes infantiles, la libreta de cuadros y mi madre planchando, pero nuestras conversaciones han logrado mucho más: me han hecho meditar sobre la importancia de la transmisión del conocimiento, de la traducción, de la conversión de una novela en un guión de cine, del arte y el oficio de aquellos actores que se metían en la piel de personajes que poco o nada tenían que ver con ellos. Y he sentido pena, una pena atroz, de que ya no se hagan ciertas cosas como se hacían entonces. Y eso sí que es nostalgia malsana.

Anuncios

Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
Esta entrada fue publicada en De libros y de cine y etiquetada , , , , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Una respuesta a Esa ventana indiscreta

  1. plared dijo:

    En realidad ya las cosas no se hacen para durar. El cine no tenia por que ser distinto. Todo hoy en día se hace para consumo rápido. Al igual que las marcas blancas,, la identidad es lo de menos…Ya que nada se hace ya, para perdurar en el tiempo. Saludos

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s