The translator relatives… you know what (Los parientes del traductor… ya saben qué)


Decálogo del traductor autónomo en “estas fiestas tan familiares”

la fotoSi, con los tiempos que corren, no es ninguna bicoca ser trabajador autónomo en general ni traductor autónomo en particular, por razones obvias, hay momentos en los que la situación se agrava por cuestiones totalmente ajenas a nuestra voluntad. Las entrañables fechas navideñas son uno de esos momentos. Una vez, en un concierto, vi a un técnico de sonido con una camiseta donde respondía a las preguntas que con mayor asiduidad le hace la gente. A lo largo de tantos años de desempeño de este oficio me he sentido tan identificada con esa situación, que he decidido enumerar aquí las respuestas a esas preguntas que debían ser retóricas, que parecen de broma.

  1. Sí, vivo de esto.
  2. Sí, es una profesión tipificada.
  3. Claro que pago impuestos.
  4. Claro que tengo un horario de trabajo.
  5. Por supuesto que madrugo, me ducho, me arreglo, y me siento a trabajar.
  6. No, no tengo criada ni cocinera ni niñera.
  7. No, no tengo un despacho propio. Y menos, como el de Mario Vargas Llosa: ni siquiera como el de Almudena Grandes.
  8. Si tardo mucho en decidirme entre una palabra y otra, peor para mí.
  9. Si pierdo el tiempo con lo que sea (café con una amiga, reunión con la “profe” del pequeño o visita al tanatorio, incluso contractura grave) lo tengo que recuperar para entregar a tiempo: aquí no hay descuentos, ni asuntos propios, ni ausencia justificada.
  10. No, no me gustaría trabajar de otra cosa. Ni de otra manera.

Llevo veintiséis años de profesión, veintiséis años oyendo lo mismo. Empezó mi madre, en cuanto me di de alta a los pocos meses de terminar la carrera. “Este trabajo no es propio de una chica joven. Esto es para señores mayores. Mira que todo el día ahí encerrada…”. Que el encierro fuera voluntario, y no forzado, poco importaba según parece. O que yo decidiera trabajar así en lugar de destinar tres horas diarias al desplazamiento en transporte, público o privado, para llegar a mi puesto de trabajo. O que yo decidiera “no arreglarme” según los cánones de algún empresario rancio y quedarme en mi casa, vestida con un atuendo cómodo para rendir más en lugar de estar pendiente del tacón, la carrera en la media, o el rimmel corrido, y arreglarme luego, como yo quisiera para ir donde me diera la gana. Sí, eran otros tiempos también para esto.

A partir de entonces, la letanía tomó muchas otras formas. Cuando tuve hijos hubo quien me dijo “Te compadezco”. Así, como si me hubiera ocurrido una desgracia. Las obligadas tardes de parque me llevaron a descubrir que algunas mujeres, que no habían trabajado en su vida, se estaban agarrando a un clavo ardiendo con tal de largarse de casa. Trabajaban prácticamente por lo que les cobraba la niñera, sólo por escapar a la condena de ocuparse de su hijo. Parece ser que trabajar en condiciones de precariedad, de ilegalidad en algunos casos y cobrando una miseria les permitía sentirse “realizadas”. Después de eso he oído, sigo oyendo, todo tipo de comentarios: mi trabajo es muy esclavo, estoy siempre liada, no puedo hacer nada porque es muy inseguro, a ver si encuentro un buen puesto y lo dejo… He trabajado fuera de casa en algunos momentos, la mayoría en buenas condiciones y realizando un trabajo bonito que me ha hecho crecer, en lo profesional y en lo personal. Lamenté mucho tener que dejar uno de esos puestos, en concreto, porque me gustaba especialmente: era incompatible con mi situación personal y familiar. Pero aunque en un determinado momento volví a esto porque se revelaba como la mejor de las opciones, lo hice también porque así es como me gusta trabajar: siendo dueña de mi tiempo, organizándome las tareas y aprovechando las ventajas que me proporciona este planteamiento; no tengo que ir a hacer la compra el sábado, al mismo tiempo que el resto de la humanidad, puedo recoger a mis hijos del colegio, veo a mis amigos en cualquier momento y el fin de semana es para la familia, aunque haya que robar algún rato al sofá para dedicárselo al ordenador. La contrapartida: hay gente que se cree que, como estás en casa, estás sin hacer nada. Nadie entiende que si paras a tomar un café quieres cinco minutos de introspección y silencio. Nadie entiende que sean las siete y cuarto de la tarde y estés trabajando. Y si lo dices, se enfadan. En otras palabras: según ellos, tu tiempo no pertenece a nadie y está ahí a disposición de quien quiera usarlo, porque eres el que está en casa, y tu trabajo es una cosa anecdótica que haces para entretenerte y, como se decía antes, “para ayudar un poco a la economía familiar”.

Vamos, que si este oficio ya entraña una serie de peleas que le son propias, esta es una que se añade: hay que defender el territorio constantemente. Hacer valer no sólo lo que haces, sino cómo lo haces, cuándo y por qué. Y a veces cansa, sí. Y exige mucha presencia de ánimo estar oyendo ciertas cosas, como si fueras un desgraciado que hace esto para malvivir porque no tiene otra cosa. En estas fechas la cosa se agrava aún más: “Ah, pero ¿estás trabajando hoy? No sé, como es Nochebuena…”. Sí, es Nochebuena y ayer fue domingo y el viernes salieron del colegio a medio día y el jueves hubo función escolar y llevo tres capítulos de retraso. Así que no, no voy a organizar cena en casa o, si la organizo, id contando con que será buffet frío como en el Palacio de la Zarzuela. Si el Rey puede, nosotros también.

Sí. Estos días son atroces. Porque te levantas a las 7 y a las 11 tienes que parar. Porque vas a cualquier tienda y las colas son kilométricas, y tiene que ser hoy, no puede ser mañana. Vas a Correos y… uf… dicho en inglés, you go postal (es decir, coges un cabreo monumental). Los enanos quieren ir a la pista de hielo. Hay cincuenta películas que, o ves esta semana, o ya no las ves, porque todo se mueve a velocidad de vértigo. Yo, que hago la compra una vez por semana, me veo yendo aquí y allá durante tres días seguidos, alguno de ellos mañana y tarde, porque las cosas se agotan o adquieren un precio desorbitado. Todos tus trucos organizativos se van al garete. Y al final te acaban tildando de Grinch, cuando no eres culpable de nada. Lo único bueno del asunto es que cuando bajas al contenedor las cajas que venían con las muñecas de Famosa y los Click de Playmobil, te bebes mientras friegas el culín de cava que queda en la botella, y empaquetas el árbol sintético hasta las navidades próximas, tú te alegras: el resto, se deprime.

 

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a The translator relatives… you know what (Los parientes del traductor… ya saben qué)

  1. Verónica dijo:

    Chapó, compañera traductora, de una correctora autónoma que tampoco entiende de domingos y festivos y que está deseando que acaben las fiestas y vuelva la rutina al hogar para no tener que empezar a trabajar a las 5, cuando llega el relevo para atender a la criatura.
    En fin, sigo, que todavía me faltan 10 páginas para alcanzar el cupo del día…

    • Gracias, Verónica. Y bienvenida al club y a esta bitácora sui generis. Me identifico con todo lo que cuentas. Te respondo ahora que he terminado, yo también, el cupo del día. Y ánimo, que ya queda poco para la vuelta a la normalidad.

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