Gabriele d’Annunzio en el 150 aniversario de su nacimiento


208509_10200375141533976_1755563350_n

El 12 de marzo de 1863 nacía en Pescara, en los Abruzzos, el literato italiano cuyo 150 aniversario celebramos hoy. Este es un fragmento de una autobiografía plagada de invenciones que publicó en 1906, en un acto de contricción por todos sus pecados y faltas. Parte de Crónicas literarias y autorretrato, este texto fue publicado por Fórcola Ediciones en septiembre de 2011. En breve la misma editorial lanzará una selección de crónicas de la vida social y cultural de la Roma de d’Annunzio, que he traducido y editado. Espero que disfrutéis la lectura y… ya sabéis, no tenéis que quedaros con ganas de más.

Gabriele d’Annunzio, poeta y novelista italiano

Nací en 1864, a bordo del bergantín Irene en las aguas del Adriático. Esta natividad marina ha influido mucho en mi espíritu. El mar es, de hecho, mi pasión más profunda: me tira como tira una patria.

En Pescara, mi tierra, pasaba por niño prodigio, tan sorprendente era mi precocidad. A los nueve años partí de los Abruzos con destino a Toscana. Estuve siete años en un gran colegio toscano, en Prato. Prato es una ciudad industrial y un poco triste, menos iluminada por el cielo que por un púlpito de mármol divinamente esculpido en bajorrelieve por Donatello. Este púlpito se encuentra al aire libre, en una esquina del Duomo, y en él se representa una danza de angelotes. Es una obra muy conocida del escultor florentino. La imagen que más profundamente me ha quedado impresa en la memoria, en toda mi vida, es la imagen de ese maravilloso púlpito. Ya en aquel tiempo mi sensibilidad estética era muy viva. Y la agudeza de esa sensibilidad, cada vez mayor, traería luego a mi vida excesos y desórdenes irreparables, los mismos excesos y desórdenes que describí y analicé en mi primera novela, Il Piacere. En Andrea Sperelli se encuentra, viva, una gran parte de mí mismo.

484834_10200375165374572_1088664570_nDurante mi infancia ya mostraba aptitudes poco habituales para la pintura y la música. La enseñanza de estas dos artes determinó dos corrientes espirituales en mi vida interior: el gusto apasionado por los primitivos, los incomparables artistas precursores del Renacimiento, y la predilección por los maestros del siglo XVIII y sus antecesores, y por toda la música de cámara y la música sacra de los siglos XVII y XVIII. Tuve por maestro de pintura a un viejo académico que me hacía dibujar las cabezas agudas e irregulares de Fra Filippo Lippi. Él estaba copiando a encausto, en un inmenso lienzo, un fresco del maestro que había en una pared de la iglesia y que estaba dañado en muchas zonas; yo le acompañaba y presenciaba su diligente labor. Recuerdo siempre con una vívida ternura aquellas mañanas de primavera, en la iglesia solemne, ante las pálidas pinturas de Fra Filippo. Tal vez allí comenzó mi alma a recogerse y sentir la nostalgia de una vida anterior, de otra era, cuando el anciano maestro me contaba la vida y aventuras de un fraile que había nacido en el mismo mar que yo, en el Adriático, al que hicieron preso los corsarios berberiscos y encerraron en una cárcel de Berbería, y que en Prato amó y raptó a la hermosa hija de Francesco Buti, la hermana Lucrezia… Tuve por maestro de música a un religioso que cultivaba la antigua sencillez. Las primeras turbaciones de la adolescencia están ligadas en mi memoria a un Andantino del abate Michelangelo Rossi. Aquel aire suave, un poco melancólico, me fascinó, y lo tocaba sin descanso, sin saciarme nunca, en todos los viejos pianos del colegio de tal manera que toda la comunidad quedó presa en el cerco de mi embrujo.

Pero mi verdadera inclinación debía de ser la literatura porque, de repente, tras la lectura de las Odas bárbaras de Giosuè Carducci, me invadió una especie de furor poético y compuse, en dos o tres meses, un libro de poemas. El libro llevaba un título en latín, Primo Vere y fue publicado para la satisfacción de mi padre. Contenía, además de algunas odas muy audaces, ciertas traducciones de Horacio y Homero, extraordinarias por su precisión y elegante fluidez. Estas traducciones llegaron a un crítico que en aquel momento dominaba la república de las Letras y escribió un largo artículo titulado Un nuovo poeta. Yo contaba apenas quince años, y subí de un salto a las cumbres de la fama. Toda Italia se llenó de mi nombre. En la Revue Suisse, Marc Monnier se ocupó de mí con benevolencia, a pesar de que mi audacia le escandalizaba un poco. Y terminó su artículo diciendo que si él hubiera sido uno de mis maestros, me hubiera dado «una medalla y unos reglazos». Naturalmente, en el colegio se produjo una especie de conmoción. Se reunió un consejo para darme una reprimenda, pero al final quedé como un prodigio y acabaron mostrándome a los visitantes como «una rareza».

Hubo otro acontecimiento que iba a contribuir a aumentar los rumores en torno a mi nombre. Estando de vacaciones en nuestra villa de los Abruzos, un día me caí de un caballo. Y no sé si fue por malicia o por error, pero se corrió la voz de que yo había muerto. Casi todos los periódicos publicaron necrológicas y obituarios sobre el jovencísimo poeta al que la muerte había golpeado cuando florecía su primera esperanza. La mala noticia fue desmentida de inmediato, pero la glorificación fúnebre permaneció.

Al terminar el colegio fui a la Universidad de Roma. Entonces un grupo de estudiantes, protegidos por un editor muy hábil y valiente, se estrenaba en un periódico literario titulado Cronaca Bizantina. Apenas llegué me acogieron, me incluyeron en el cenáculo, y me adoraron. La Cronaca Bizantina llegó a ser un periódico batallador e irresistible. Yo publiqué enseguida dos libros nuevos, uno de prosa y otro de verso: Terra vergine y Canto novo. Terra vergine es un volumen de novelas cortas escritas en un estilo muy colorido. Canto novo era un libro de poemas en el que yo cantaba al mar con un entusiasmo y una furia inauditos. Era realmente «un canto nuevo». El éxito fue inmediato y enorme. Mi nombre se oía de todas las bocas. Todos me buscaban, me ofrecían incienso, me proclamaban dios. Y, sobre todo las señoras, se conmovieron.

Y entonces pasé a correr un peligro extremo. Los elogios me emborracharon. Me lancé a la vida sin remedio, ávido de placeres, con todo el ardor de mi juventud. Todas las puertas se abrían ante mí; iba de triunfo en triunfo, sin mirar nunca atrás. Y cometí un error tras otro, quedé al borde de mil precipicios. Me poseía una especie de demencia afrodisíaca. Publiqué entonces un librito de poemas titulado Intermezzo di rime, donde se cantaban, con versos de grandilocuente plasticidad y prosodia impecable, todas las voluntades de la carne, con una ausencia de pudor que no se había visto más que en los lascivos poetas de los siglos XVI y XVII, en Aretino y el caballero Marino. Estalló en torno al libro una encarnizada batalla: los críticos más fuertes salieron al campo y esta inmensa y vana logomaquia se consagró en un volumen titulado Alla ricerca de la verecondia.

Esta vida turbia y licenciosa me agotó. Me hubiera perdido sin remedio de no ser por un incidente afortunado que me obligó a volver a mi tierra, a la orilla salubre de mi Mar. Dejé tras de mí todos los amores, todas las vanidades; rogué a la Tierra que volviera a acogerme en sus brazos y que me renovara, y fui escuchado.

Entre 1884 y 1886 publiqué dos volúmenes de historias cortas: Le vergine y San Pantaleone; y un volumen de poemas: Isaotta Guttadauro.

Mi estilo como prosista comenzaba a modificarse, y como poeta había cambiado por completo. A la fu- ria salvaje del Canto novo, a las imágenes cargantes del Intermezzo les siguió un estilo más calmado, más fino, más noble. También yo atravesaba mi propio período alejandrino. Era platero y cincelador, y mi única intención era lograr la perfección absoluta de la forma. En una famosa oda dirigida al gran pintor Francesco Paolo Michetti, fui tan vanidoso como para escribir este verso:

Tu signor del pennello, io della rima!

Mi ambición quedó satisfecha. Hasta mis más fieros enemigos reconocieron la superioridad de mi lenguaje, de mi estilo y de mi métrica.

Pero estas finuras formales dejaban estéril mi intelecto, restringían el cerco de mi espíritu. Tras una estancia de unos tres años en Roma volví de nuevo al campo. Y entonces hice mi primer gran esfuerzo: escribí mi primera novela, Il Piacere, donde puse con gran confusión todas mis predilecciones de forma y de color, toda mi sutileza y mi preciosismo, en un afán de liberarme de ellos. Il Piacere es un libro muy curioso, todo empapado de arte, emparentado en cierto modo con la obra de J. K. Huysmans À rebours.

Il Piacere tuvo un éxito extraordinario y ocupó, durante muchos meses, la prensa literaria italiana. Después de Il Piacere escribí L’Invincibile, una novela en la que se analiza un caso de tendencia suicida hereditaria en un hombre dominado por la fatalidad del amor. En ambas novelas, pero especialmente en la primera, se manifiesta la influencia de la educación toscana; crecen las semillas que lanzaron sobre mi espíritu los dos viejos maestros del colegio de Prato. Todos mis afanes artísticos tienden a fundir a la perfección, en mi obra poética y en prosa, los elementos pictóricos y musicales que prefiero.

[…]

El dolor, finalmente, me mostró la nueva luz. Del dolor me vinieron todas las revelaciones. Como debía ser, comencé a expiar mis errores, mis desórdenes y mis excesos en la vida; comencé a sufrir con la misma intensidad con la que había gozado. El dolor hizo de mí un hombre nuevo: rursus homo est! Las obras de Lev Tolstói y de Fiódor Dostoievski contribuyeron a desarrollar en mí un sentimiento nuevo. Y como mi arte estaba ya maduro pude manifestar enseguida mi nuevo concepto de la vida en un libro entero, orgánico.

Este libro fue L’Innocente. L’Innocente está escrito por un hombre que ha sufrido y que ha mirado en su interior con ojos lúcidos y atentos. Y L’Innocente le parece a ese hombre un libro escrito ya en tiempos inmemorables.

He hecho otras conquistas, querido amigo, siempre acompañado del gran explorador, ese inmortal Stanley que es el dolor. Y mi próximo libro será más simple, más claro, más fuerte, más valiente: más vivo.

La Versiliana, septiembre de 1906

Anuncios

Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
Esta entrada fue publicada en De libros y escritores, Uncategorized y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s