Ciudad de luz, ciudad de sombras


“Todo acontece por la contienda y la necesidad” (Heráclito)

libros parísQue París bien vale una misa y que es, siempre, una fiesta, es algo en lo que todos estamos de acuerdo en mayor o menor medida. Creo. Aunque no sea nuestra ciudad soñada, ni favorita, ni la ciudad donde nos gustaría vivir. Pero tener la ocasión de ir de vez en cuando, aunque sea de tarde en tarde, en viaje relámpago y en compañía numerosa con objetivos diversos cada miembro de esa compañía… es de agradecer. A veces es eso lo que contribuye a hacer de cualquier viaje una ocasión única, en la que te planteas vivir ciertas experiencias o realizar determinadas visitas como algo irrenunciable. Y lograrlo es un placer inmenso, no sólo por lo complicado de salirte con la tuya, sino por la alegría que produce ver que los demás también se salen con la suya.

Me hubiera gustado, como otros años, escribir más entradas en verano. Pero este verano no fue posible. Suelo dejar para las vacaciones estivales la lectura –o relectura– de libros gordos. Sí, gordos. Voluminosos. Clásicos decimonónicos, autores rusos, todos esos que no puedes llevar a diario para leer en el metro o que acarreas por si se presenta la ocasión de apurar un par de páginas en la sala de espera del dentista o a la salida del colegio. El año pasado fue David Copperfield, el anterior Los tres mosqueteros, hace algunos Conversación en la catedral… Este año el que estaba en el atril playero era La forja de un rebelde, de Arturo Barea, que compré en la pasada Feria del Libro de Madrid con tan sanísima intención. Pero este año las vacaciones no se presentaron así. Cogí entonces algo más breve, que resultó ser una traducción malísima de una novela que llevaba tiempo queriendo leer, y estuve tan pocos días en mi veraniego destino que ni siquiera pude resarcirme como planeé: huyendo al OpenCor de la gasolinera para comprar La verdad sobre el caso Harry Quebert, de Joël Dicker (Ed. Alfaguara, trad. de Juan Carlos Durán Romero), que es también un libro bien gordo y veraniego y que me sigue apeteciendo leer, aunque aún no sea un clásico y ya no sea un decimonónico.

ArcSurge entonces un viaje breve a París, cuyas características no me permiten cargar con un tocho que de todos modos no tendré tiempo de leer. Entonces pasamos al plan B. La torre de adquisiciones de la Feria del Libro, cuya base es La forja de un rebelde y en cuyas almenas están aquellos libros de funesta traducción, tiene otras piezas que me vienen al pelo. Una, ya leída. La otra, por leer, me compaña gustosa hasta Charles de Gaulle, en los trayectos en tren y en metro, en las esperas diversas y en los escasos minutos que preceden al sueño después de jornadas agotadoras. Hablo de Rue de l’Odéon, de Adrienne Monnier, publicada por Gallo Nero y con traducción de Julia Osuna, y Noche y niebla en el París ocupado. Traficantes, espías y mercado negro, de Fernando Castillo, publicada por Fórcola. Me armo de datos, nombres de calles y de personas, lugares que quiero visitar para imbuirme de todo lo que cuentan los autores de esos libros, vivir París desde dentro, patearlo, pasearlo… Diré sólo que esta empresa fue un fracaso a medias, porque ya de comienzos se planteaba como un imposible. Del viaje me queda la impresión –agradable– de haber recorrido los alrededores de Sébastopol de los que habla Fernando Castillo y bajar desde Saint-Michel hasta Saint-Germain-des-Pres a toda prisa, porque había huelga de trenes y el tiempo apremiaba, bordeando los muros de Cluny y tomando el pulso al ambiente estudiantil, el curso apenas empezado. Me queda un paseo la fotobajo un sol maravilloso por las Tullerías y por los quais del Sena en muy buena compañía, y una visita exhaustiva y que superó mis expectativas al Musée d’Orsay, que no conocía. Crêpes al bajar de Notre Dame, cuando ya había dejado de llover, y comida en un bistrot. No está mal. Pero… ¿qué hay de los libros? Pues os los recomiendo encarecidamente, los dos. Y no son libros fáciles, ninguno de ellos, pero tienen eso que a mí tanto me gusta y que tiene un nombre horriblemente académico: muchos niveles de lectura. El de Monnier, una delicia en todos los sentidos: tiene el tono ligero del diario, el peso riguroso de las memorias, la gracia de los libros de viajes, si nos atenemos a las anécdotas que cuenta, y la mirada cercana y certera en su narración del mejor de los cuentistas. He disfrutado especialmente con los textos donde Monnier cuenta cómo abrió su librería en Rue de l’Odéon con la indemnización que recibió su padre tras sufrir un accidente (“Mis padres tuvieron la sensata locura de confiarme el poco dinero que tenían”), cómo la gestionaba (“No hay mejor asistente que uno mismo”; “Un orden riguroso es mejor maestro que cualquier tratado de sabiduría”), qué sucedía en ella (“En el oficio de librera las cargas la compensas las visitas hermosas: las de los autores y los aficionados versados”), quiénes la visitaban (Fargue, Satie, Daragnès, Pivet, Raymonde Linossier o Sylvia Beach). Con eso bastaría para escribir un gran libro, puesto que los personajes que desfilaron por allí ocupan los primeros puestos de la literatura francesa del siglo XX, cada uno con sus manías hilarantes, sus modales exquisitos o su total falta de estilo. El texto de Jacques Prévert es perfectamente esclarecedor y en mi opinión uno de los más hermosos del libro junto con “Recuerdos de la otra guerra”, de la propia Adrienne, que me recuerda mucho, en su tono evocativo y en sus puntos de vista sobre los libros y la lectura, a La palabra heredada de Eudora Welty, publicada por Editorial Impedimenta con traducción de Miguel Martínez-Lage. Algo peor transijo los párrafos que tratan sobre los simbolistas franceses, pero es porque los simbolistas franceses me resultan difíciles de digerir, opinión absolutamente subjetiva que no comparte conmigo la mayoría de los mortales. De modo que todo París, todo el siglo XX en literatura y una parte en historia, al menos en intrahistoria (“Una vez más estamos en guerra. Me convertí en librera en la otra guerra, en noviembre de 1915. A decir verdad, la terrible diosa me fue propicia.”), toda la sabiduría del comerciante de libros (utilizo esta expresión con toda idea, como diría Henry James), todo su poder de catalizador de cultura y su papel como nexo entre autores y lectores, como sistema circulatorio de la vida de los hombres inserta en las coordenadas espacio-temporales de una ciudad y de una época, están en estas 250 páginas de lectura imprescindible para todo aquel que ame los libros.

OrsayEn cuanto a Noche y niebla en el París ocupado, que coincide con el anterior en el espacio (París) en cierto modo en el tiempo (Segunda Guerra Mundial y su posguerra) y esa extraña circunstancia de que “la terrible diosa” pueda ser favorable a alguien… pues también he de decir que es un libro con muchos niveles de lectura, algunos diferentes de los que exhibe Rue de l’Odéon: en este no encontramos el gancho, obvio, que constituyen las memorias de una librera mítica, pero supone a cambio una puerta por la que uno entra en un conglomerado de pasadizos con más puertas a su vez, que puede optar por abrir o dejar cerradas, asomarse o adentrarse en sus entrañas. Como narración, la obra de Fernando Castillo tiene el innegable atractivo de su propósito, expresado en el subtítulo: las “vidas cruzadas” de sus protagonistas, personajes oscuros y “raros” que trataron de sobrevivir en la noche, entre la niebla, como colaboracionistas de los ocupantes nazis de los primeros cuarenta, algunos accediendo a un mundo de glamour exclusivo, otros quedando atrapados entre las telarañas de la mediocridad y expuestos por los siglos de los siglos al juicio moral de quienes tuvieran noticias de sus andanzas. Cuando Castillo aventura en qué salón de moda o en qué transacción de obras de arte pudieron relacionarse dos elementos como el dandy César González Ruano o el judío Albert Modiano, padre del escritor Patrick Modiano, su riguroso ensayo cargado de datos, fechas, nombres y lugares recogidos con la minuciosidad de un forense, pasa a convertirse en una novela policíaca. Cuando nombra las calles de la Orilla Derecha por las que deambulaba su “gente rara” o las del Madrid de los cincuenta, en el que encontraron refugio algunos de ellos, uno pierde las referencias y no sabe si la ficción ha invadido su realidad cotidiana o por efecto de algún sortilegio se ha caído al interior de tan compleja trama. Lo mejor de todo: para aquel que tenga un buen conocimiento de aquellos trajines este libro será un disfrute constante, porque lo leerá estando en posesión del más estricto control de los hechos y sólo tendrá que imaginar las andanzas de estos personajes, reales pero rayanos en la fantasía, en un tablero de juegos que es el plano de París. Para el que tenga un conocimiento somero, como era mi caso, o incluso nulo, al verse abocado a una alcantarilla donde las ratas conviven con las cabareteras y la luz más mortecina con las tinieblas más luminosas… la penitencia será ponerse a buscar más lecturas sobre este tema apasionante, repasar la historia del siglo XX y leer –o releer– a Patrick Modiano. Todo ello, inevitable: me encanta que se cumpla ese dicho de “de un libro sale otro libro”, como dice el refranero que sucede con las bodas. Y seguro que, una vez hecho todo esto, querremos volver a París.

(Las fotos son de Carlota y Josete R., parte de la troupe, y de una servidora)

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Ciudad de luz, ciudad de sombras

  1. ¡Muy bien, Amelia! Una entrada interesante y original y que incita a leer los dos libros que comentas.
    Saludos

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