¡Es basura!


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Parece que últimamente vivimos abocados a la basura, rodeados de basura, envueltos en ella. A la huelga que padece Madrid desde hace ya días se añade mi descubrimiento de esta soberbia parodia de Dalí, burlándose del endiosamiento de un tipo de arte que no siempre merece ser elevado a los altares, y la polémica del famoso “It’s rubbish” de Dennis Abbot en Bruselas. Y de esto es de lo que me interesa hablar hoy, en esta entrada sobre traducción.

Es cierto que la palabreja suena fuerte, aunque uno no sepa inglés. Pero aun no sabiendo inglés cualquiera podría pensar que no encaja mucho este señor trajeado, anglosajón y europortavocísimo utilizando palabras malsonantes tras un atril eurocomunitario. Cabe imaginar, lo más fácil, que a lo mejor el término rubbish es polisémico y tiene otro significado o, al menos, que es una de esas “palabras baúl” que, como avezados camaleones, se transforman, se crecen y se ensanchan o se agazapan y se confunden con la fronda léxico-sintáctica que las rodea. Pero claro, entonces no hay titular, y sin titular no hay polémica. Y de pronto la prensa se llena de artículos donde se explica el cómo y el porqué, se nos ofrece un amplio abanico de traducciones posibles para que nuestros castos oídos no se ofendan ante la mención de esa sustancia que se ha convertido en nuestra compañera y vecina inevitable, o ante la posible sugerencia de un insulto solapado a nuestra clase gobernante. Sí, rubbish es basura. En toda la amplitud del término. Basura, desechos, cosas que se tiran porque no sirven, cosas malolientes y que dan asco, cosas de las que nos queremos deshacer, todo aquello que queremos lejos de nosotros, de nuestra vista, de nuestros sentidos. Pero rubbish es también una palabra que encierra un significado, que tiene unas connotaciones, que evoca sensaciones y recuerdos, y que se presta al juego. Como todas las palabras. Y puede traducirse de muy diversas formas. Como gran parte de las palabras que existen en cada lengua. Y que algunas son más adecuadas que otras a una época, a un contexto, o a una clase social y, por ende, a un registro lingüístico. Y esta es la razón principal por la que no todo el mundo puede ser traductor, por la que para ser traductor no basta con conocer un poco un idioma ni tener un buen diccionario ni, por supuesto, lanzarse ciegamente en los brazos del diosecillo Google Translator.

maxi_skirt_palazzo_pants_1970s_pattern_blouse_w_bishop_sleeves_retro_8e8fba47Lo primero que suele preguntar a una persona que ejerce como traductor otra persona que no lo hace es, de un modo u otro, cómo se logra trasladar una cultura a otra diferente: preocupados siempre por la incómoda cuestión de la fidelidad —otro dios menor de la traducción— las personas de a pie, los “no-traductores” sienten curiosidad por cómo conseguimos verter un texto de un idioma A a un idioma B, muchas veces con muy pocas cosas en común. Qué hacemos si la palabra no tiene la correspondencia exacta. Cómo conseguimos que las palabras suenen al lector de la traducción (nuestra, en nuestro idioma) más o menos como le suenan al lector del original (del autor, en su idioma). Acaban admitiendo que casi siempre el idioma, el de llegada, presenta mecanismos y recursos que podemos utilizar para imitar el efecto del original, pero… ¿qué sucede con esas palabras que no acaban de encontrar su media naranja perfecta? Dicho de otro modo: los lectores guardan cierto recelo hacia nosotros y hacia nuestra “obra”, y siempre temen, más o menos en secreto, que les estemos dando gato por liebre. Recuerdo una experiencia reciente, traduciendo una novela que tiene lugar en los años setenta, pero escrita en la actualidad. Tanto el ambiente como el vocabulario se ha respetado, como esas películas que se hacen ahora recreando la atmósfera de otra época, aunque se note que no son originales de la época en la que transcurren. Me veo en el brete de traducir palabras que hoy se han incorporado a nuestro vocabulario pero que no se utilizaban en la España de los setenta, tales como “loft” o pantalones “palazzo” (en la imagen). Recurro a las palabras que se empleaban entonces, algo tan simple como “estudio” o pantalones “fluidos” o “anchos” (recordemos que era una época de estrechez en el vestir, con lo que el adjetivo “ancho” resulta bastante clarificador por sí mismo). Pero lo más doloroso es renunciar a una traducción cuando un término la tiene, exacta, precisa y ajustada a derecho, y lo que te impide utilizarla son otros condicionantes. Me ha sucedido con “duffle bag”, un tipo de bolsa, por cierto, muy de moda últimamente. Este tipo de bolsa, cilíndrica y con una banda en el costado para llevarla como bolsa de mano o echada al hombro, se llama en castellano “bolsa marinera” o simplemente “petate”, y era efectivamente el tipo que empleaban los soldados cuando iban de permiso. En una sociedad donde ya no existe el servicio militar y la estampa del soldado de permiso en el parque con su novia o el ligue de turno ya no forma parte del paisaje habitual, hubiera sido un pequeño suicidio traducir duffle bag por “petate”, incluso por “bolsa marinera”. Me ampara que cuando aparece el dichoso artefacto no se utiliza el término para afinar sobre su uso o estructura, por lo que sus rasgos distintivos, lo que la convierten en una bolsa marinera y no de otro tipo, pasan a segundo plano. ¿Qué importa, pues, en este caso? Que es una bolsa no muy grande, que uno tiene a mano para utilizar en cualquier momento: una de esas bolsas que vemos en la imagen teatral-peliculera del despechado componente de una pareja, el que descubre el engaño, que la llena a toda prisa con lo primero que encuentra para huir de su dolor y su vergüenza. Una bolsa de mano, sí. Pues eso puse, creo recordar. Espero que me perdonen. A fin de cuentas, la traducción es cosa de dos y también en ella el encontrar la media naranja y el esquivar la infidelidad son cuestiones que tienen su importancia, aunque no todos se consiga, siempre, al cien por cien.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a ¡Es basura!

  1. Lola dijo:

    Querida Amelia: Sabes por qué no escribo en estos meses, pero tengo que decirte que cada día me gusta más leerte, que sueño con hablar contigo de las maravillosas palabras ajustadas que me regalas, bien pulidas, en en su sitio. Es un don encontrar la palabra justa. De Juan Ramón Jiménez tengo mucho en mi memoria pero lo que se mantiene de forma indeleble es su incansable búsqueda, como él confiesa, de la palabra perfecta. No estoy tratando de mandarte piropos de andaluza, ni de abrumarte con la asociación que produce en mi corazón y en mi mente tu generosa entrega a las palabras con vida y alma. Sólo te mando lo que me hace sentir tu escritura, lo que se puede decir en una pantalla abierta. Dejo dentro lo que es inefable: para otro día, tal vez en una ciudad limpia; y yo con mi casa sosegada como ya va estando, gracias al trabajo propio y, vuestro, de los que estáis ahí, limpiando, fijando y dando brillo, entre libros y hojas. Un besazo.

    • Querida Lola, eres un cielo. Me escribes siempre unas cosas que, cuando las leo, pienso “esto no es para mí, debe tratarse de un error”. Luego veo que lo envías tú, y me convenzo de que error no es. Pero siempre siento que me quedan grandes tus alabanzas, ajustadas más bien al tamaño del esfuerzo que al del resultado. En todo caso, si leerme te sirve de sosiego lo doy por bien empleado: no habrá regalo que haga con más gusto. Seguiremos en la brecha. Un beso grande.

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