Libros que no nos gustan


indexEn más de una ocasión me han preguntado por qué siempre hablo bien de los libros. La respuesta no es complicada, aunque puede que le falte el ingrediente de polémica que buscan, en el fondo, quienes la hacen. Siempre digo que esta es una bitácora donde hablo de los libros que he leído y que me han inspirado y me han hecho reflexionar, no importa sobre qué. Nunca comento un libro para que se venda más (no tengo tanta fe en mi limitadísimo poder prescriptor) ni para contentar a nadie, aunque procuro siempre hablar bien de los trabajos que me parecen honestos, en el blog o fuera. Cierto es que considero una pérdida de tiempo y un aburrimiento inmenso hablar de libros (incluso leerlos) que son malos o no valen la pena, y —algo peor— en algunos casos una mala baba gratuita. Lo cual no quiere decir que me guste todo lo que leo, ni que hable de todo lo que a veces quisiera hablar, cuando hay cosas que me enfadan sobremanera. Esto sin entrar en el nuevo territorio de los bestsellers modenos, casi siempre escritos por negros y con la foto en cubierta de la celebrity de turno. Mi reino, sencillamente, no es de ese mundo.

libro en blancoPero hay libros que leo, o intento leer, y no me gustan, por supuesto que sí. ¡A quién no le pasa! El último libro que me leí y no me gustó nada fue La sombra del viento, y hace ya diez años. Como no voy a hundir al autor por confesarlo, puedo dar mi opinión. Lo leí entero por deferencia a la persona que me lo había prestado (y a quien le había gustado muchísimo) para que lo leyera durante una convalecencia. A partir de ahí, nunca he vuelto a leer un libro que a partir de la tercera página no me haya emocionado, atrapado o simplemente interesado. Para los gustos se han pintado los colores y contra eso no hay nada que hacer: perfección o imperfección, erudición o ignorancia, no hay receta que valga. Si un libro me gusta, lo leo y hablo de él a los cuatro vientos. Si no me gusta, respondo a quien me pregunta y no le doy más bombo. Sin embargo hay veces que nos topamos con grandes enigmas de los hábitos lectores. ¿Por qué no me llega al alma un genio incuestionable del manejo del idioma como Javier Marías, con el que además estoy tan de acuerdo en taaaaaantas cosas? No lo sé, pero no me llega al alma. ¿Por qué no consigo entrar en el universo de Paul Auster o de Joyce Carol Oates? Pues tampoco puedo decirlo, pero no lo logro. No es un problema de leerlos en versión original o traducidos. No es una cuestión de desinterés por lo que cuentan, no es lejanía cultural, ni generacional, ni ninguna de las razones que a priori podrían parecer más claras. No puedo explicarlo. Ninguno de ellos me provoca un rechazo espantoso, esa especie de urticaria que te hacen brotar los autores con los que no te sientes identificado en absoluto, por la razón que sea. Y es que con los libros sucede igual que con la gente: cuando estás en una fiesta y haces esa —a veces temeraria— clasificación en virtud de la cual vas a encajar con unos muy bien y con otros ni de lejos… clasificación que más de una vez se revela desacertada. Sin embargo siempre hay alguna persona con la que cruzas los ojos y algo rechina, se produce una interferencia entre las energías que ambos emiten que hacen imposible la relación más básica: la social-superficial. Con los libros también pasa. Sin embargo, cuando eres un lector empedernido encuentras natural que eso suceda con la gente, y te sigues sintiendo culpable o, al menos, raro, cuando te sucede con los libros. ¿Es que no soy lo bastante culto? ¿Tan visceral soy que no puedo leer a este autor con distancia? ¿Por qué le gusta a todo el mundo y a mí no?

1013-dibujo-de-unos-libros-para-imprimir-y-colorearDifícil respuesta. Y es cierto que no están los tiempos para tirar el dinero, pero descubrir autores nuevos o nuevos libros de los autores de siempre es uno de los placeres más grandes de la vida y del ejercicio del consumismo sano, tan necesario para casi todo. Hoy 29 de noviembre, día de las librerías, os animo a salir desafiando al frío y al temor a equivocaros: id a ojear un libro, tened el valor de arriesgaros a que no os guste por complicado o árido, marchad a casa con ese del que todo el mundo habla, no os resistáis al otro, el que ya no es fácil encontrar pero aún se agazapa en el fondo de alguna cajonera. Si el mayor peligro es que el libro no nos guste… ¡que todos los males vengan por ahí! Recurrid al reciclaje, al bookcrossing o al trueque. Prestadlo sin derecho a devolución. Regaladlo con alegría. Seguro que siempre hay un roto para un descosido. Lo que sea, pero nunca dejéis de abrir esa puerta que es la única capaz de trasladarnos de verdad a otro mundo. Si el túnel no es el que queríais tomar, vuelta atrás y a por otro.        A todos, feliz día de las librerías.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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4 respuestas a Libros que no nos gustan

  1. Hoy, día de las librerías, no he comprado ningún libro nuevo (lo confieso) pero he tenido la alegría de que una buena amiga me prestase su ejemplar de uno que estaba buscando con cierta desesperación en mis estanterías porque me hace falta para documentar un texto. Ya tampoco leo libros que no me atrapen, Amelia, aunque en mis tiempos me pareciera un insulto al autor cerrar su obra antes de acabarla (¡he leído unas cuantas cosas rarísimas!), en la actualidad los regalo, los dejo ‘olvidadas’, no los reciclo como papel porque no soy capaz. Muy buen post el tuyo, me ha gustado mucho! Un abrazo

    • Querida colega,entiendo lo que habrás sentido al encontrar un libro largamente buscado (aparte de alivio, claro). Es como encontrar un alma gemela, un refugio, un tesoro. Lo de comprar, hoy en día, es más que nada una necesaria contribución de apuntalamiento a un sistema que se desmorona, porque es bien cierto que hay muchos otros medios para acercarse a la literatura. Pero por desgracia, ésta sólo puede subsistir con dinero, aunque no sea el motor principal que nos mueve a muchos de los que en mayor o menor medida estamos en ese “business”. Me sucede como a tí, no soy capaz de echar al contenedor de papel ni al peor de los engendros literarios. Mira que somos fetichistas, en el fondo. Pero también regalo (esa es mi forma de reciclar, o “recircular”) muchos. Estimo que algo que a mí no me haya gustado no tiene por qué ser debido a mis gustos “elevados” (no creo que lo sean, y a veces disfruto enormemente con la peor “pulp”). Considero que es una cuestión de afinidad, y que algo con lo que no me he sentido identificada puede cuadrar a otra persona con gustos distintos a los míos. ¡Lo importante es que haya movimiento! Y que la gente lea, porque esa capacidad es de lo más grande que tenemos. Un abrazo grande, Dorotea.

  2. ¡Hola, Amelia! Una entrada estupenda, como siempre. Lichtenberg decía (cito de memoria): “Cuando un libro y una cabeza chocan, a veces sueña a hueco… pero no tiene por qué ser la cabeza…”
    Los libros que a la tercera página no nos enganchan no mercen la pena; a mí me pasa lo mismo, incluso antes de la tercera página. Uno siempre va a los autores que sabe que le gustarán y de cuyo mundo se siente más afín. También estoy abierto a las novedades, a lo último y lo nuevo, pero con recelo…

    A ninguno de estos autores que citas los he leído (al menos, no con intensidad) y no me apeno por ello; Zafón intentó leerlo mi madre, que es lectora asidua de Jane Austin, las Brönte, etc. y lo dejó por la mitad… Me dijo que era “malísimo”; así que ni lo intenté. A los que citas me acerqué en alguna ocasión y no pude con ellos. No todos debemos leerlo todo ni a todos tiene que gustarnos lo que tanto elogia la crítica -o la vox populi– (y yo también ejerzo esa labor de vez en cuando)… En fín, estoy de acuerdo contigo en todo… Saludos.

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