“Cuanto más lees, más libre eres”


“Cuando contamos una historia ejercemos el control, pero de tal modo que dejamos un hueco, una apertura. Es una versión, pero nunca la definitiva. Y quizá confiamos en que alguien sea capaz de escuchar los silencios y la historia pueda continuar, ser contada una y otra vez”

la fotoDe los libros que he leído en los últimos tiempos creo que ha sido uno de Jeanette Winterson, why be happy when you Could be normal? (Vintage, 2011) o ¿Por qué ser feliz cuando puedes ser normal? (Lumen 2012) el que me ha dejado una impresión más fuerte. En primer lugar por la cubierta, en un momento en que —paradójicamente, si nos atenemos a la cantidad de medios que hay a nuestro alcance— las grandes editoriales parecen competir por la fealdad o por la planicie o la falta de imaginación (con honrosas excepciones) en este terreno: la (in)corrección política, el minimalismo monocromático y hortera con toques violetas y la ausencia total de gusto por el riesgo y de arriesgarse a hacer algo con buen gusto. Vintage, que ha editado el volumen que yo he leído, exhibe en cubierta una foto tomada en alguna de las escasas vacaciones que la protagonista disfrutó de niña: una foto familiar tomada con una cámara de aficionado, de colorido dudoso, donde una niña más bien feíta y con un bañador que no le queda bien sostiene una pelota de playa. Una cubierta arriesgada y valiente que es, por otra parte, la imagen misma de la felicidad encapsulada y transitoria: la imagen misma de la niñez, de las vacaciones, de la foto para el recuerdo. El título —continuamos— con ese tonillo de autoayuda… y el extracto de la contra, que lo describe como un libro que trata “sobre la búsqueda de la felicidad, las lecciones que nos enseña el amor, la búsqueda de una madre y un viaje de ida y vuelta a la locura…” acabaron por convertirlo en ese libro que quiero leer pero todavía no, que me atrae y me repele casi con la misma fuerza.

Edward Hopper_habitación de hotelSabía que era un libro autobiográfico, y no una historia de autoficción: Jeanette Winterson ya había escrito la historia novelada de su vida antes de los veinticinco años, pero no le bastó. Al leer ¿Por qué ser feliz…? es fácil darse cuenta de por qué: después de vivir una historia tan tremenda, el factor confesión (no) estaba completo en el primer caso. O dicho con sus propias palabras: “conté mi versión fiel e inventada, precisa y mal recordada, bajarada por el tiempo (…) escribí una historia con la cual podía convivir. La otra era demasiado dolorosa”. Pero esa es la explicación sencilla: Winterson es una escritora de pura cepa, que ha vivido inmersa en una tragicomedia demasiado intensa como para salir de ahí a buscar otros temas o a imaginar otras historias que contar (dije escritora, no contadora de historias: esta faceta la ejerce en narrativa infantil) pero tiene, o al menos en este libro lo ha logrado, una capacidad inmensa para la narración: sus frases encierran tanto que dan la sensación de haber sido pensadas, escritas y reescritas varias veces. Su expresión es tan certera que deja descolocado al lector. Su capacidad de introspección y de análisis de los sentimientos es tan pura que asusta. Y su valentía a la hora de expresar lo que quiere decir es tan ilimitada que duele incluso a quienes no han vivido ni conocido de cerca una situación como la que nos cuenta.

¿Por qué ser feliz…? es la historia de una niña adoptada por una pareja de fanáticos religiosos (el marido, un infeliz relativamente normal, la mujer una trastornada de sainete con toques verdaderamente horrendos) que no entiende cómo funciona la vida. Los rudimentos de la vida, quiero decir. Según la autora, “es un libro que habla de pensar, de pensar mucho, de usar el cerebro. Cuestionarse. Aceptar los retos. Pero también es un libro sobre los sentimientos. Ya he dicho que lo que más lamento en la vida no son los errores de juicio sino los de sentimiento. (…) Pero sobre todo, es sobre este viaje que no acaba (…) En el momento en que llegamos a algún sitio, hay que ponerse otra vez en marcha. Esa parece ser la regla”. La utilidad/inutilidad de la búsqueda, la necesidad de huir para encontrarse, máxime si vives en un pueblo pequeño de Lancashire en plena crisis económica de finales de los 70 y principios de los 80 y eres un hijo adoptado (“el bebé que ellos pensaban que querían”, cuánto encierra esa afirmación) y descubres tu homosexualidad a los 16 años como única forma de experimentar el afecto.

Ya en el primer párrafo Winterson nos ofrece un retrato de su madre adoptiva espeluznante y definitivo, por lo certero: “… una depresiva extravagante; una mujer que guardaba un revólver en el cajón de la limpieza”. Con esta mujer vive un infierno mitigado sólo por el abuelo (una figura entrañable a la altura de cualquier historia de familia feliz), el padre (un hombre bueno pero débil, al que siempre se sintió apegada) y la biblioteca de Accrington, que empieza a frecuentar durante la adolescencia como única vía de escape y como único modo de ordenar su vida. En relación cuenta una de las anécdotas más bonitas del libro y ambas cosas, sensaciones y anécdota, reproduzco aquí con sus palabras mejor que con las mías:

“Empecé a darme cuenta de que no estaba sola. Los escritores son, muchas veces, exiliados, forasteros, fugitivos, náufragos. Aquellos escritores eran mis amigos. Cada libro era un mensaje en una botella. Ábrelo”.

“Cuando tenía dieciséis años sólo había llegado hasta la M. Sin contar a Shakespeare, que no forma parte del alfabeto, del mismo modo que el negro no es un color. El negro es todos los colores, y Shakespeare es todo el alfabeto”.

En un intento desesperado de encontrar referencias, se propone leer todo el fondo de la biblioteca por orden alfabético. Comienza por la Autobiografía de Alice B. Toklas, de Gertrude Stein. La experiencia de la literatura —materializada en su marcha-huída a Oxford— será esclarecedora en su vida no sólo por lo que cada libro tiene de puerta que se abre a otro universo, sino por lo que representa como guía, como materia que da forma a nuestra propia existencia y permite amalgamar sus piezas, esas que tantas veces nos parecen inútiles o inconexas (¿no decía Virginia Woolf que nada ha sucedido mientras no se haya escrito?), como descubrimiento de su individualidad, como brújula que le permitió encontrar respuesta a la gran pregunta sobre su identidad: “¿Quién soy y qué soy?”; y como medio de vida, como forma de ganar por sí misma ese dinero que nunca hubo en su casa y que no sólo le negó la posesión y el disfrute de lo más básico sino también la experiencia de la dignidad personal. Los libros, en una escena, son las únicas posesiones que salva de un desastre doméstico y los que la procuran esos zapatos de 600 libras que lleva puestos durante su regreso, un metáfora de su triunfo sobre la mediocridad.

Todo me ha impresionado en este libro. La manera de contar, el manejo del lenguaje, el sentimiento que destila, la propia historia, sin más. (“Me ha llevado mucho tiempo darme  cuenta de que hay dos formas de escribir: en una, tú escribes; la otra te escribe a tí. Esta última es peligrosa, porque vas donde te quiere llevar, y miras a lo que no quieres ver”). El pequeño tratado de geografía e historia que constituye el capítulo sobre Accrington (sobre la zona de Lancashire, en general, y sobre Manchester), o sobre sociología, el que se titula “La Iglesia”; o sobre literatura, “Literatura Inglesa de la A a la Z”. Cuando llevaba leído apenas un puñado de páginas dejé de subrayar y me planteé escribir esta entrada, a sabiendas de que no podría decir tanto como quería. Pero hacia el final, después de leer tanto sobre todo lo que hemos dicho hasta aquí, hubo algo que aún logró sorprenderme: ese final del camino que ella se queja de no alcanzar nunca, el momento en que se enfrenta a la realidad de su nacimiento, al por qué de su adopción, a los sentimientos que debe o no debe albergar hacia su familia biológica y adoptiva. Claro que esto escapa a lo literario y enlaza con eso, más general, que es la vida misma. Aunque siga siendo, en palabras de la propia Winterson, “una forma de hablar de la complejidad, una forma de mantener nuestro corazón abierto al amor y a la belleza (Coleridge)”.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a “Cuanto más lees, más libre eres”

  1. Carol dijo:

    Me han entrado muchas ganas de leer el libro. ¡Gracias por la recomendación, Amelia!

    • Un placer descubrir a mis lectores nuevas lecturas, lecturas que casi siempre alguien me ha descubierto a mí, por cierto.
      Esta es una de las que debo a mi amiga Margarita, incansable proveedora de libros siempre interesantes y hermosos. Un beso, Carol.

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