Pequeñas infamias


El entusiasmo, primera parte

El entusiasmo, primera parte. Amy presenta su propuesta

Cuando empecé a escribir, hace unos cuantos años ya, me pasó algo muy curioso que para mí no tenía base científica alguna. Cada vez que intentaba escribir algo mi mente parecía divagar e ir siempre a parar a un tema del que yo no quería escribir. Era un tema personal y doloroso, y yo quería hacer literatura, no terapia. Cierto que la escritura puede ser terapéutica, incluso terapia en sí misma, pero me parecía una falta de respeto hacia las belles lettres aquello de juntar churras con merinas. Así que seguí empeñándome en escribir otras cosas, y mi mente, mi pluma y mi teclado seguían tirando al monte y empeñándose a su vez en que yo escribiera lo que me estaba estorbando. Decidí doblegarme y aceptar mi destino, me ofrecí en sacrificio y puse el papel en blanco a disposición que aquella especie de médium que me habitaba y que necesitaba hablar a toda costa. Me enfadé un poco al principio. Una cosa es aceptar un destino que no es el que tú quieres —lo cual ya es difícil— y otra muy distinta es que la actividad, que en principio iba a ser un relato de cuatro páginas —esa era mi oferta a cambio de hablar de aquello de lo que mi subsconsciente quería hablar— se extendiera más allá de las doce. De las doce páginas, no horas. Yo no había escrito un relato de esa extensión en mi vida, porque me parecía más oximorónico que Conchita Wurst. Lo escribí a regañadientes. Catorce o quince páginas de dolor profundo y antiguo que en nada se parecían a lo que yo quería hacer. Cuando iba por la mitad y me di cuenta de lo mucho que aún me quedaba no me quedó más remedio que claudicar y seguir. Recuerdo aún cuántas horas llené con aquella actividad febril, cómo el enfado inicial se convirtió en obligación, la obligación en planificación del trabajo, el trabajo planificado en tarea terminada: un relato que había que revisar y que revisé, pulí, podé, recorté y acabé publicando con una extensión de 7 páginas, exactamente la mitad, y plenamente satisfecha con el resultado. Cuando hablé de ello a una amiga me respondió: “No sé por qué te empeñas en escribir eso, si no es lo que quieres contar”. Mi respuesta fue la única posible. Aquello me estaba taponando. Era una persiana que no dejaba ver el sol. Un corsé que me impedía respirar. Un montón de palabras que designaban sentimientos y querían adquirir forma, acotarse, llegar a algún lado. Me había quitado una mordaza, me había soltado la melena, da igual como se exprese, lo más importante era que ya podía escribir. Cuando decidí librarme de aquella atadura conseguí hacer lo que quería y necesitaba, que era escribir. Escribir lo que me diese la gana.

El entusiasmo, segunda parte

El entusiasmo, segunda parte. Amy se apasiona (tche, tche, tche) y el villano se frota las manos y maquina

Dicen que el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra, y pocas cosas hay más ciertas que esa afirmación. Extrapolado a nuestra actividad de ganapanes la historia se repite a diario: no volveré a aceptar un trabajo de esas características, o en esas condiciones. Con el tiempo, con la edad, cada vez se hace menos, pero casi siempre se acaba tropezando otra vez en la misma piedra. Doscientas veces dos. A veces la necesidad es nuestro peor enemigo, otras nos vence el miedo. Pero lo peor, en estos casos, es el entusiasmo: él es el que nos obliga a repetir el tropiezo. Casi media centuria llevo sobre la faz de la tierra y he conseguido domesticar el dolor o la tristeza mucho antes que el entusiasmo. La pasión es muy dañina. Te desborda, te transporta, crees que se la contagias a otros… Pero no. Ese aparente contagio es una imagen en un espejo deformado. El sentimiento verdadero que a ti te subyuga hay quien lo percibe transformado. Transformado en cifras de ventas, en número de megustas en las redes sociales, en pago de un favor o de un soborno. No, no hablo de la mafia ni de una red de corrupción a gran escala. Hablo de esas pequeñas infamias que pueden llevarte, pongamos por caso, a estar meses sin escribir, incluso sin leer, a posponer un proyecto de trabajo hermoso porque su complejidad te supera, a tardar dos meses en realizar una tarea que con una actitud businesslike y matter-of-factly podías haber liquidado en dos semanas, mientras te sientes paradójicamente desbordado, cansado como si estuvieras pasando doce horas diarias sentado al ordenador y deprimido como si de pronto hubieras caído en desgracia. Todo esto me sucedió entre octubre del año pasado y los días previos a Semana Santa. Casi un curso escolar desperdiciado. Intenté convencerme de que, si no estaba en vena, no pasaba nada: nadie me obliga a escribir, mucho menos a leer. Tenía que traducir lo que me encargaban y, si no había más encargos poco podía hacer. No se puede empujar al río. Tenía que haber sabido, después de tantos años de oficio, que así funciona esto. En mi interior estaba segura de que llegarían cosas, pero lo cierto era que no llegaban. Ahí está la parte objetiva del asunto, la transformación del optimismo en realismo puro. Lo peor fue que unos compartimentos contaminaban a los otros, hasta que todo estuvo contaminado. No conseguí dedicarme a escribir, aprovechando el parón laboral. Me sentía culpable si leía, porque leer me sigue pareciendo una actividad para los ociosos (es decir, los que no tienen que trabajar o los que ya han terminado su tarea: yo no estaba en ninguno de los dos casos). No podía inventar, crear, ni siquiera contar historias. Nada me inspiraba. Y no era “el bloqueo del escritor”. Justo antes de Semana Santa se produjo el milagro. Estas cosas tienen siempre un efecto dominó bilateral: igual que los compartimentos se contaminan entre sí, cuando uno empieza a funcionar la máquina se engrasa, las piezas se engranan y todo empieza a ir como la seda. Pensé que no soy capaz de hacer nada si tengo tiempo, habituada como estoy a hacer varias cosas a la vez y a multiplicar los minutos. Pero sé que esa no es la explicación verdadera. El encargo llegó inoportuno y urgente, y atrajo a otros igualmente urgentes aunque menos intempestivos. Naturalmente, un encargo profesional significa ingresos y los ingresos, tranquilidad. Y la tranquilidad te permite destinar algunas neuronas a fantasear. Aunque no todo el mundo funcione así, o algunos no funcionemos así siempre. Pero sólo después de todo este proceso he sido capaz de leer de nuevo, disfrutar, analizar, imaginar, proyectar y traducir a palabras esa cascada de pensamientos.

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La traición: jamía, siempre habrá una más alta, más joven y más rubia que tú, ya tenías que saberlo.

Había llegado el momento de escribir otra entrada. Ahora sí. Pero tenía que decir todo esto. Para creérmelo yo, en primera instancia, y para poder seguir el cabo hasta llegar al origen. Y en el origen no estaba ni la falta de ingresos, ni el miedo a no volver a trabajar nunca más: eso lo sentía tan cierto como la tierra que piso. En el origen estaba la tristeza, esa que yo creía domesticada, contrapunto y reverso del entusiasmo. La tristeza que da el desánimo. El desánimo que causa la impotencia. La impotencia que provoca la decepción. La decepción a la que te lleva la confianza rota. Ese sentimiento absolutamente pueril que todos hemos tenido alguna vez y nos impide ver que cuando no somos nosotros los elegidos tal vez no es porque valgamos menos en el mercado, sino porque cotizamos menos en bolsa: ese valor volátil que hoy está por las nubes y mañana tirado por tierra, y luego puede darse la vuelta en cualquier momento. No era la primera vez que presentaba un proyecto de traducción a una editorial, ni la primera vez que me lo rechazaban: también me han aceptado otros que se han materializado con mayor o menor éxito. Cuando un traductor (o un escritor, pero esto mejor ni tocarlo) hace eso, cuenta con la posibilidad del rechazo. Incluso de algo peor. Es un riesgo que corremos. Pero la falta de clase yo la llevo mal, en general, para qué voy a decir otra cosa. Y confieso que aún no me he repuesto, porque siempre aparece una reseña despistada o alguien que se empeña en recordarte la existencia de la criatura. Como ya he dicho en alguna ocasión, pensar cómo habrán traducido aquella palabra que tú tenías tan clara y que no te atreves a mirar, pero estás convencida de que el resultado no coincide con tu idea… es como saber que él ama a otra. Hay libros que se llevan en el alma, algunos desde la primera adolescencia, esos que querríamos haber escrito nosotros. Traducirlos puede ser un buen sustituto. Y si no los puedes traducir tú, que sea al menos alguien a quien admiras. Un capo, un maestro, un grande de España. Ahora que ya lo he dicho ni siquiera me parece tan grave. Son sólo eso, pequeñas infamias. Y ahora que ya lo he dicho siento que podré escribir lo que me plazca, utilizando incluso palabras que no estén en el DRAE, localismos, dichos populares y términos taurinos, esas cosas que casi nunca puedo poner cuando me pagan por palabra o por matriz.

La historia terminó bien, he de deciros. Perdí, o me quitaron, a ese hijo querido. Mi abuela me hubiera dicho: “No estaba para ti”, y yo le habría replicado que sí, que sí lo estaba, pero algunos tienen la mano —o la lengua— muy larga. A los pocos días me llamó por teléfono alguien a quien no conocía de un gran grupo editorial con el que nunca había trabajado: me enteré después de que uno de mis clientes me había recomendado para hacer un trabajo que él no podía asumir en ese momento. Mi agradecimiento es inmenso y he tenido ocasión de comunicárselo personalmente: no sólo porque el trabajo me ha venido en el momento oportuno, sino porque esa persona ha hecho gala de una gran generosidad y gallardía. Y eso, en estos tiempos del cutrelux, es hermoso y caballeresco. Pero, por encima de todo, me llena de calma pensar que no todo el mundo está cortado por el mismo patrón, que la vida te da una de cal y otra de arena, y que el tiempo pone a todos en su sitio. Y es que arrieros somos, y por los caminos nos vamos encontrando. Aunque sigamos tropezando en las piedras.

 

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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4 respuestas a Pequeñas infamias

  1. Julia A. dijo:

    Sé que a muchos escritores les da mucha rabia que te digan lo que te voy a decir, pero es que es la verdad, Amelia: qué identificada me siento. La pasión y el entusiasmo me han cegado más de una vez sí, pero mucho mejor eso a que te ciegue el miedo.
    Lo curioso es que cuando yo estaba echando sapos y culebras por esta boquita mía, tuve que tragarme lo dicho y recordar, como te ha ocurrido a ti, que siempre hay gente que te sorprende, y a mí, una compañera me sacó de un brete. Y fue un gesto cuyo valor se medía más en compañerismo que en beneficios. Y si es cierto que los ingresos tranquilizan, ver compañerismo y bondad en tus colegas también es un bálsamo.
    Me alegra mucho oír que el gigante editorial va a beneficiarse de tu talento, que es mucho.
    Y por si no lo sabes te diré que una de las cosas pendientes que quiero hacer en el mundo de la traducción es una obra a cuatro manos contigo. Y de paso, cuando viva en Madrid (ya te contaré), un par de Tom Collins o lo que usted beba, también a cuatro manos.

    Como siempre, Miss Amelia, un placer leer sus composiciones.
    Un abrazo. Julia

    • ¿Porqué iba a darme rabia que te sintieras identificada conmigo? Cierto es que mal de muchos, consuelo de tontos, y tontos no somos, pero las penas compartidas son menos penas. Sí, siempre hay de todo. Y yo siempre procuro hablar de lo bueno y agradecer a quien debo. Trato no de olvidar, pero sí de no dar a lo negativo más importancia que la que tiene. Pero esto ha pasado hace ya unos meses y me estaba haciendo daño. Sobre todo, estaba afectando a otros negociados y eso no me parece bien. Gracias por tu comentario, Julia, por leerme siempre, por querer trabajar conmigo (recojo el guante, siempre que no sea con prisa: cuatro manos y prisas creo que no sería capaz) y lo del Tom Collins… yo ahora tomo gintonics sin ginebra, principalmente. Pero a pesar de todo me río mucho. Besos mil.

  2. Una entrada muy hermosa, Amelia; llena de buen sentido y bondad. Es fácil identificarse con lo que cuentas. En este mundo de la traducción en particular y de los libros y la cultura en general hay muchos infames, grandes y chichos, pero también buenas personas. Saludos cordiales.

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