Sólo un adjetivo


Gabriele-DAnnunzio-sl-720x340Hablaba el otro día de las dificultades de escribir ficción. Es un tema al que doy vueltas a menudo. Ahora, incluso, doy vueltas al tema de “leer ficción”. En ocasiones llego a la conclusión de que no consigo escribir ficción porque he perdido interés en leerla, o al menos dicho interés ha disminuido considerablemente A medida que voy traduciendo más ensayo y biografía encuentro dos cosas: enseñanzas, en este tipo de escritos, que la ficción no ofrece, y me refiero a enseñanzas objetivas, teóricas, sobre historia, antropología, economía, geografía o industrias que para mí son desconocidas por completo; y enseñanzas también sobre literatura, lecciones de escritura y de composición en primera persona, y confesiones muy personales sobre la manera de escribir de los grandes. Me ha sucedido con Proust, del que hablaré próximamente, me está sucediendo con Zweig, cuya obra El mundo de ayer ocupa ahora mi tiempo de lectura, y con Gabriele d’Annunzio, sobre el que he leído y traducido muchas páginas, al que he accedido por la biografía, el ensayo y el artículo periodístico, y con el que me he encariñado a pesar de su pátina de personaje desagradable a través de sus escritos y de sus confesiones más íntimas.

Estoy hablando, claro está, de escritores del mundo de ayer, lo cual no quita para que en el mundo de hoy, descafeinado, corrompido y falto de atractivo para mí, haya gente (a algunos los conozco personalmente) capaz de ir con una libreta en el bolsillo para anotar impresiones, para hilar un poema o un microrrelato en un trayecto de autobús o para verter valiosas impresiones literarias en lugares que normalmente son vertederos de otro tipo, como las redes sociales. Son para mí gente admirable, decimonónica en el mejor de los sentidos, entregados a la causa de escribir, capaces de plasmar en palabras el mundo absurdo y deslavazado que les rodea.

D’Annunzio vivió en muchos lugares diferentes: en varias ciudades italianas, y también en Francia. Viajó, aunque no tanto como habría podido hacer: rehusó embarcarse rumbo a Sudamérica para protagonizar allí una gira de promoción para la que se habían hecho incluso muñequitos a su imagen y semejanza. Un despliegue digno de los mejores programadores de marketing de hoy en día. Pero estuvo en Alemania, en Inglaterra, en Egipto. Sus domicilios eran siempre el resultado de una huida, de la escapada de su vivienda anterior. Huía de los acreedores y de las amantes despechadas. Huía del aburrimiento y de la monotonía. Por ello se metió –y metió a Italia entera– en la Gran Guerra, y por eso abandonó la república independiente de su Fiume, que también había montado buscando entretenimiento y diversión. El período que pasó en París cuando ya todo el mundo estaba en guerra menos él (es decir, 1914 y parte de 1915) fue especialmente duro para él, que se veía obligado a vivir sumido en una calma chicha que le era odiosa y pasando estrecheces económicas. Sin embargo, nunca dejó de escribir. Solo y sumido en un compás de espera que le desesperaba “pasaba –cuenta Lucy Hughes-Hallett– sus noches en el Café de la Paix. No había caballos para los coches ni combustible para los automóviles: por primera vez se decidió a utilizar el metro, y quedó maravillado ante su eficiencia. Obligado a quedarse en casa el día entero para finalizar un artículo, se sentía inquieto e infeliz hasta que, a la hora del crepúsculo, salía con su galgo favorito, Fly, a dar un paseo por los Campos Elíseos. Se le vio en el Bois de Boulogne, sumido en sus pensamientos, con el perro a sus pies”.

André Kertész, Seuphor sur le pont des Arts, París, 1926

André Kertész, Seuphor sur le pont des Arts, París, 1926

No me resulta difícil imaginar su figurilla, de una elegancia gastada y algo demodé –él, que siempre iba a la última– paseando por un París en guerra, casi desierto, iluminado únicamente por los haces de los reflectores y la luz de la luna. Recorría el Marais, St. Michel, Îles de la Cité y St. Louis y observaba a los mendigos y las prostitutas o imaginaba historias de damas italianas que se habían convertido por matrimonio en miembros de la aristocracia o de la familia real francesa. En una ocasión, al caer la noche, se detuvo en el Pont des Arts a tomar notas. Allí se le acercaron dos oficiales, creyendo que era un espía, y le llevaron a comisaría. Cuenta Barzini que se dispuso a acompañarles en silencio y sin oponer resistencia, pero antes pidió a sus captores que esperasen un poco. Les dijo: «¿Me permitirían añadir sólo un adjetivo?».

 

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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