El mundo como era


Leí hace un par de años un artículo soberbio de Javier Marías defendiendo el mundo tal como era antes, cuando los que tenemos hoy entre 45 y 55 años éramos pequeños. Como dicen esas páginas que circulan por Internet –algunas convertidas en libro– los que fuimos a EGB, y los que –como narran esos PowerPoint medio de broma que también circulan por Internet– jugábamos toda la tarde en la calle, sin móvil, subidos a bicicletas no homologadas o a columpios de hierro.

Se nos ha ido la mano, seguramente. Marías basaba su defensa en un hermoso alegato de las películas del Oeste, un género del que he sido consumidora de adolescente, aunque ahora (sentimiento fomentado tal vez, en parte, por que me resulta una tomadura de pelo el que en cadenas televisivas como Telemadrid no haya mucho más que ver, o tal vez porque con la edad cambian los gustos) me cansan un poco. Marías defendía como valores la valentía, el derecho a la venganza, y el derecho a odiar. Dicho así puede parecer crudo y horrendo, y es además terriblemente inexacto. Pero no debemos olvidar que en el mundo de entonces vengarse –o mejor dicho, resarcirse– no implicaba publicar para todo el que quisiera verlo mensajes o imágenes que pudieran causar la vergüenza de la víctima, ni sumirla en una indignidad sin retorno, sino sólo darle una lección. Antes nos obligaban a ser correctos y respetuosos, cosas que se deberían seguir haciendo, pero no a querer a todo el mundo. Había gente que no nos gustaba. Nosotros no gustábamos a todo el mundo. Y eso se consideraba legítimo. Lo único que había que hacer era no decirlo: no hacer daño. Algo que la sociedad de hoy considera hipócrita, mientras da su beneplácito silencioso a publicar en una red social un vídeo íntimo de una expareja o describe con el pomposo término de bullying el insultar a un niño de tu clase (y me refiero simplemente a llamarle “tonto”… que levante la mano aquel a quien no le hayan llamado tonto de niño) y equiparando esa forma de actuar con otros comportamientos verdaderamente graves.

He buscado el artículo de Marías, sobre todo para que nadie piense aquí que el buen hombre (ni yo misma, desde luego) hace apología de la violencia, y porque él lo explicaba todo mucho mejor que yo. Pero el artículo, y eso trataré de transmitir, me hizo reflexionar. Antes una pelea de chiquillos no era más que eso. Y por ello nos llevábamos una reprimenda o un castigo, de los padres, de los profesores, o de ambos. Y con toda la razón. Y luego había que pedir perdón, otra práctica que se ha perdido de modo inexplicable. Y una cosa era pedir perdón por haber pegado o insultado a otro, y otra que te tuviera que caer bien, aunque a veces los peleados acabaran siendo los mejores amigos. Pero cuando esto sucedía era de forma espontánea: nadie estaba obligado a amarse ni era un asesino en potencia por poner a otro la zancadilla. Antes uno fumaba pidiendo permiso a quien tenía a su alrededor, al dueño de la casa o al empleado del lugar donde estaba, y se privaba si veía que iba a molestar. Ahora fumadores y no fumadores esgrimen sus derechos como si esto fuera la revolución del 17. Antes nos regalaban muñecas a las niñas y coches a los niños, jugábamos juntos y nos cambiábamos los juguetes, y luego nos saltamos lo roles: salieron de aquellas niñas mujeres coquetas que hoy son profesionales independientes, y hombres muy masculinos que nunca sacaron el carnet o que acabaron de chef en su propio restaurante, objetores de conciencia que blandieron espada y dispararon metralletas. Muchos han seguido siendo amigos de adultos. Antes los niños jugábamos con otros niños que querían jugar con nosotros, después de preguntárselo directamente, y no íbamos al museo a hacer un taller participativo con los padres, porque los padres tenían que trabajar y jugaban con nosotros cuando podían, y no en horario de taller del museo, el sábado de once a una, porque lo mandara un consorcio.

Era, en definitiva, un mundo donde un arma no te impulsaba a matar, concepto abstracto e inasequible para un niño de 7 años: simplemente te hacía sentirte poderoso, diferente, intocable: un héroe. Otro sentimiento humano que ha caído en desgracia: en lugar de dibujarse un límite, se ha anulado, llenando las aulas de niños inseguros y proclives a que los demás les inflijan un daño gratuito. Ahora, que tenemos tanto cuando otros siguen sin tener nada, es una vergüenza que utilicemos tan mal nuestros recursos. Es como desaprovechar la comida… otra cosa que ya no se enseña, por cierto, en un mundo donde ser solidario vende tanto y llena tantos photocalls.

ACA0044Me gustaba más el mundo como era antes, porque la medida de las cosas era la mesura de toda la vida, imperaba el sentido común y había bondad, no buenismo. El de hoy se me antoja una estafa donde todo se ha desvirtuado en aras de unos intereses que parece habernos grabado a fuego un ente superior, con el único fin de clasificarnos y controlarnos. Y la gente, más infeliz que antaño: más insatisfecha, más descontenta, más desorientada. Algo hemos hecho mal, a pesar de tanto afán protector, legislador, controlador. En algún tramo del camino hemos cogido un desvío errado. Los vaivenes de la historia del siglo XX tal vez han tenido algo que ver, han repercutido en nuestras historias domésticas, en nuestras relaciones sociales y familiares. Pensaba en ello no hace mucho, leyendo El mundo de ayer de Stefan Zweig (Ed. Acantilado, traducción de J. Fontcuberta y A. Orzeszek), y llegué a la conclusión de que la vida de un ser humano es casi siempre demasiado larga para que sea feliz y estable de principio a fin. Casi todas las generaciones repiten aquello de “cualquier tiempo pasado fue mejor” y muchas veces es difícil ponderar si vivieron mejor nuestros padres y abuelos, o vivimos mejor nosotros: más allá de lo obvio, quiero decir, del bienestar físico y la abundancia material. El entusiasmo con el que Zweig narra sus años mozos, y la amargura con la que contempla la deriva que va tomando su vida, paralela a la de la vieja Europa, paralela a la del mundo Occidental, me provocaron un sinfín de sensaciones agridulces. Envidié su niñez acomodada y rodeada de la cultura y el refinamiento literario y musical de la antigua Viena, y su tesón a la hora de abrirse paso en su carrera. Su lucidez, su capacidad para trabajar duro, su humildad y el continuo agradecimiento que transmiten sus historias, cuando no lo expresa directamente. Humildad y agradecimiento: creo que son ya, también, especies en extinción. Ahora que hay que decirlo todo poca gente expresa públicamente su agradecimiento por lo que tiene, o por lo que ha logrado. En esta cultura nuestra de la incultura y el exhibicionismo más obsceno parece que la frase que lo resume todo es esa máxima de la Choni, que reza “Diva se nase, no se hase” y “De tu envidia nase mi fama”. Y me imagino a la envidia como ese Diablo, narrador en off de tantas películas, al cual servimos ahora en mayor o menor medida casi todos nosotros.

Lean El mundo de ayer si no lo han hecho ya. Si lo han hecho, reléanlo. Verán cuántas de las cosas que Zweig narraba, hace años ya, en retrospectiva, las vemos hoy en las noticias de las tres. Me sabe mal concluir que ese mundo, o tal vez el ser humano, no tiene solución, pero me ha resultado catártico comprobar que las cosas que yo recordaba (esos padres que ahorran y te empujan a estudiar, ese enamoramiento súbito de un poeta al que no conoces, salvo a través de la letra impresa, el afán de superación y las ganas de saber) habían sucedido alguna vez. Hubo, y espero que vuelva a haber, gente curiosa, “entusiasmada con entusiasmarse”, en palabras del autor. Termino esta entrada con un párrafo de la última parte del libro: “Quizá me empujaba [a viajar] el presentimiento de que era necesario almacenar, para tiempos más tenebrosos, todas las impresiones y experiencias que el corazón pudiera contener, mientras el mundo permaneciera abierto”.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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6 respuestas a El mundo como era

  1. De lo mejor que he leído en tu blog. Felices Fiestas si antes no nos vemos.

  2. alvicente dijo:

    Estupendo artículo Amelia, un beso fuerte.

  3. Muy bueno, Amelia. Me ha encantado. Creo que avanzamos, y así lo he escrito estos últimos días en el Feis (que es el lugar donde ahora hacemos todos nuestros anuncios vitales, como bien dices), que cada vez se busca más la uniformidad con la excusa esa de que hay que compartir visiones y valores y que, justamente, aquellos que hablan de tolerancia y bla, bla, son los que empujan a los “diferentes” a encerrarse cada vez más junto a sus iguales. En fin… Sign of the Times, no?

    • Ay, ¿por qué sabía yo que te iba a gustar? Recuerdo el post que mencionas de tu muro de FB. Qué razón llevas, David. Sign of the times, pero para eso tenemos la gota de agua. Para ir horadando poco a poco las conductas absurdas, en la medida que podamos hacerlo. Un abrazo, y gracias por tu comentario.

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