Obscenidad


Estaba pensando… hay pocas novelas sobre la maternidad. No me refiero al perfil de No sin mi hija y así, ni a otras tantas donde el tema se trata al sesgo, fundamentalmente para poner al niño como traba en la realización de los proyectos maternos. La última novela que he leído donde se habla de la crianza responsable de los hijos, y sobre la dureza de las exigencias que aquella impone, ha sido justamente Matar un ruiseñor, una novela donde “la madre era él”. Como seguro que hay alguna –aunque está claro que no abundan– agradeceré a los lectores que me saquen de mi desinformación.

Ciertamente, la maternidad ha sido en la literatura un tema que se trataba para justificar o retratar la desigualdad social de la mujer con respecto al hombre, las desigualdades entre las madres de diferentes clases sociales, el resultado de una relación adúltera o pecaminosa (y por ende el pretexto perfecto para el adoctrinamiento y la moraleja) o una carga difícil, cuando no imposible, de llevar. La vemos, también sesgada, en Proust, narrada además en este caso desde el punto de vista del hijo y no de la madre. Es un tema por lo que parece más cinematográfico que literario, y difícil de captar en un universo transversal y transcultural como es la Literatura, sorprendentemente sometido a modas equiparables casi a los caprichos de París, Londres o NY en el prêt-à-porter.

jerry-hallY es que ahora está de moda ser madre y reivindicarlo. Parece que de pronto se haya convertido en un símbolo de estatus: lo que supuso hace tiempo para los conservadores y luego para los progresistas se ha exacerbado ahora de tal modo que da la impresión de que hay quien exhibe al hijo como si fuera un estandarte. Yo no voy a narrar mi experiencia personal. Aquí soy espectadora, una espectadora crítica y poco dada a lo superficial. Tampoco voy a juzgar las actitudes con las que se aborda en la actualidad este acto que, por animal y natural, no debiera entrañar tantas complicaciones ni tantas escuelas que vuelven loco al personal con una tendencia cada temporada: hay que dejar llorar a los niños, no hay que dejarles llorar, niñera, guardería, esto y lo otro. Tengo, naturalmente, mi propia opinión, y creo que no será muy del gusto de los gurús recientemente encumbrados. Pero al leer en S Moda de El País, hace un par de semanas, un artículo titulado “Amamantar, ¿un acto pornográfico?” me saltaron todas las alarmas. Nos estamos volviendo locos, no hay duda. Naturalmente, me vino enseguida a la cabeza la foto que Annie Leibovitz hizo a Jerry Hall amamantando a su hijo, y que se publicó en Vanity Fair en 1999. En el caso de este artículo es la señorita Tamara Ecclestone (por el apellido ya imaginarán que no es ninguna pobrecilla) haciendo lo propio con el suyo. La foto de Jerry Hall, sentada en un sillón tapizado en rojo con escritorio al fondo, espejo con marco dorado y candelabro, a la usanza barroca, nos muestra al bebé desnudo y a ella con el rictus que la caracteriza: de mujer fatal. Aparte de que la imagen en sí es de lo más impactante (o rechinante, debería decir) el pobre niño parece totalmente fuera de lugar en brazos de esa señora vestida de leopardo. Ecclestone exhibe un gesto igualmente poco maternal, un atuendo propio de Sofía Loren en Matrimonio a la italiana y, por sus declaraciones (“La maternidad me ha empoderado”) un cerebro cuestionable. Al fondo hay un señor –el marido, por lo que parece– elegantemente vestido que lee indolente el periódico (¿Esto no es machista? Porque a mí me provoca urticaria la composición…). La autora del reportaje dice “La marca del biquini delata que no hace topless, es decir, que mostrar el pecho, en su caso, está reservado en exclusiva para la crianza materna”. Suspiro.

la fotoY todos se quedan tan anchos. Por alguna razón que no alcanzo a comprender está más justificado enseñar un pecho para amamantar que para el propio lucimiento (si es eso lo que impulsa a una mujer a hacer topless), la propia comodidad o el deseo de broncearse sin marcas o de reconciliarse con su cuerpo, que en según que momentos de la vida también puede hacer falta. Esto, parece, no es natural, y sí lo es dar el pecho a un niño de cuatro años. Seguramente si todo el mundo hiciera lo que le diera la gana con discreción y respeto hacia los demás, a nadie le importaría lo que cada una hace con –perdónenme que lo diga así de directo– sus tetas. Ygiseleo misma he visto a gente cercana a mi círculo dar el pecho a un bebé en una merienda familiar y me parece que siempre hay distintas formas de hacer una misma cosa: esta persona, que criticaba a quienes hacían topless, amamantaba sin esconderse y haciendo alarde de su gesto, como si estuviera justificado enseñar el mismo pecho, en la misma mujer, para una cosa y no para otra.

La foto de Gisele Bündchen –muy criticada por un sector, por cierto– dando el pecho a su bebé mientras la peinan para desfilar, ataviada con un albornoz y en una actitud natural y discreta, me parece preciosa, porque hay algo en ella que emana eso… naturalidad, que la muestra como es. Pero está en las antípodas de los posados de Hall o de Ecclestone, de cuyo retrato se podría perfectamente eliminar al bebé y colocar en su lugar algún artilugio más afín a su expresión. En otras palabras: amamantar no es un acto pornográfico, por supuesto que no, pero como de casi todo se pueden hacer varias lecturas: y la actitud, la imaginería, y la ropa, pueden convertirlo en algo chocante, cercano a lo obsceno, o transmitirlo como algo simple y hermoso. Y mezclar el erotismo con la lactancia, mediando bebé, no me parece lo más adecuado. Pero lo que me hace tomar posiciones, en este tema como en tantos otros, es que el acto de amamantar no tiene nada que ver con la vergüenza o la desinhibición al enseñar una parte de tu cuerpo, sino que se trata de un acto íntimo que no debe tomarse a la ligera, y de un acto además que exige cierto ambiente de tranquilidad que el niño acusará si no tiene. Naturalmente, cuando es un bebé. Cuando tiene cuatro años el chaval exige su teta con todo conocimiento de causa y el resto poco le importa. Y si a ningún prócer del nuevo orden le preocupa que esto tenga algo de raruno igual deberíamos hacérnoslo mirar. Por cierto: Word me subraya “teta” todo el rato.

time“Debería existir una ley mundial que conminara a las madres a dar el pecho durante los seis primeros meses de vida del bebé”, dice la señorita Ecclestone con esa soltura de los pijos malcriados sobre los que no pesa ley alguna. Ya, querida. Pero es que algunas de nosotras venimos de familia humilde, hemos hecho una carrera universitaria cuando no todo el mundo podía hacerla, y lo mismo preferimos reducir las incomodidades de la lactancia materna al mínimo indispensable. Vamos, que no todas tenemos la vida resuelta como tú, y que la maternidad no nos empodera (qué espanto de palabro, por cierto), porque tener un hijo no es ser nombrado caballero de la Orden del Imperio Británico: es adquirir una responsabilidad que, en ocasiones, incluso te anula. Prueba de que no has captado bien el sentido de la cuestión. Ahora bien, que venga otra y diga que a ella la empoderan unos buenos tacones, que verás la que se lía. Si reivindicas que un niño se baje de la bicicleta para el asalto a demanda de la central lechera, eres muy moderna; si defiendes otras cosas se te echarán encima las feministas, dirán que los tacones son una forma de dominación masculina y otro montón de sandeces. Y volvemos a las cavernas: esto sucede cuando aún nos queda tanto por andar en conciliación familiar, en igualdad en materia de sueldos, y cuando todavía no hemos reducido a añicos el famoso techo de cristal. Vamos bien, sí. De cráneo. En una foto de Time del año 2012 aparece una madre amamantando a un crío casi tan alto como ella junto al titular “Are you mom enough?” (“¿Eres lo bastante madre?”). No puedo concebir mayor aberración que apelar a la culpabilidad de una mujer por negarse a amamantar a un chaval que está a punto de empezar a esconder revistas porno bajo el colchón.

Me enfada esto. Me enfada que un acto hermoso se convierta en carne de reivindicación. Que la reivindicación sea hacer público un acto íntimo. Que no se permita a las mujeres gozar de su cuerpo cada una como elige, porque aunque haya quien respete todas las decisiones, lo cierto es que cuando una tendencia se vuelve beligerante estamos ninguneando por defecto a la tendencia opuesta. Y sobre todo, que estas memas con poder mediático y forradas de pasta no nos digan que es muy “guay” practicar eso que, no hace tanto tiempo, las mujeres tenían que acatar empujadas por la necesidad y la pobreza. Eso me parece obsceno porque entramos, a mi entender, en una zona donde el desconocimiento y la incultura nos sitúan en una posición que puede ofender al otro. Existen todavía muchas desigualdades en el mundo, algunas demasiado flagrantes, como para que este ramillete de bobas venga a darnos lecciones de crianza convirtiendo la lactancia materna en pretexto para hacerse un reportaje cuando no se lo pueden hacer luciendo palmito en las Bahamas. Tonterías, por favor, las justas.

Anuncios

Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
Esta entrada fue publicada en El celemín de trigo y etiquetada , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s