Glamour suicida


Nunca he entendido la fascinación que ejercen sobre los lectores, sobre ciertos lectores, los escritores suicidas. Quiero decir, por el mero hecho de ser suicidas. Eliminado de la lista Mariano José de Larra, que tenía otros ingredientes (como el de pertenecer, casi simbolizar, el Romanticismo no sólo con su obra, sino también con su vida) y que me parece hoy tan lejano en el tiempo y tan distinto en su esencia a los escritores de hoy en día como Sócrates, no puedo entender por qué a un lector le fascina un escritor (sólo) porque se ha suicidado. Cierto que el suicidio me provoca un rechazo tremendo, y no por convicciones religiosas, sino por convicciones vitales. El sentimiento suicida se fragua en ese ángulo muerto del alma humana donde confluyen el arrojo más exacerbado y la cobardía más horrenda. Porque hace falta mucho valor para apretar un gatillo que maniobra un cañón apoyado en tu propia sien, o para hundir una cuchilla en las venas de tu propia muñeca, haciendo fuerza con la opuesta. Y la fuerza que te confiere ese valor viene casi siempre, en el caso de la gente de a pie que acaba con su vida, de un sentimiento de callejón sin salida, de hundimiento, de imposibilidad de salir adelante, que ha de ser muy grande y muy profundo como para impulsarte a abandonar la vida. La enfermedad, la ruina económica, el afán de ahorrar a los seres cercanos un dolor que el suicida considera injusto o innecesario suelen ser móviles habituales en este tipo de personas, las que no albergan ningún sentimiento romántico y, añado yo, absurdo.

la fotoSeguro que todos conocemos al menos a una persona, más o menos cercana, que ha terminado con su vida. No sé a ustedes, pero a mí me resulta complicado equiparar los casos “reales” y los casos “literarios”. Los románticos escritores (que no escritores románticos, ojo) y artistas que ascendieron a los altares a través del suicidio suelen tener muy poco en común con estas personas que ponen fin a su vida porque han tocado fondo. Naturalmente, cualquiera tiene derecho a hacer con su vida lo que se le antoje. Yo lo tengo también a dividir a estas personas en dos grupos: los que de verdad sufren, y los torturados de salón. En este último grupo sitúo a Sylvia Plath, quien a veces no sé si es más famosa por su obra literaria o por su espectacular suicidio, y Marga Gil Roësset, que se suicidó a los veintipocos porque Juan Ramón Jiménez, casado, establecido y mayor que ella, no la prestó atención. Si la comparo con mi admiradísima Elizabeth Smart (que podría ser un caso parecido) qué voy a decirles… no hay color. Quien eligió vivir demostró una fuerza y una valentía que a mi me parece, en este caso, muy superior a la necesaria para cruzar la frontera que separa la vida y la muerte. Y suicidarte cuando eres joven, bella y con talento, con toda la vida por delante y con muchas cosas a tu favor, qué quieren que les diga: no me parece una buena enseñanza ni un motivo de inspiración. Naturalmente, no seré yo quien juzgue ni su decisión ni los motivos que les conducen a ella, faltaría más. Primero, porque no me gusta juzgar. Segundo, porque no estoy en posesión ya no de la verdad absoluta (¿quién lo está?) sino que no cuento ni siquiera con todos los datos. Por eso esperaba saber más, aprender más, informarme mejor antes de acometer este artículo. No lo he hecho, por eso no puedo ir más allá de mi propia subjetividad. Porque no es un tema para tomarlo a la ligera.

10931256_10152962144953211_4245388298892174636_nMe resistía a escribir esta entrada, que no es fácil para mí porque he conocido recientemente un par de casos, uno especialmente doloroso. Si me he decidido a hacerlo hoy ha sido al leer en El Cultural de El Mundo que han aparecido los diarios de Marga Gil, que deseo leer. Leí no hace mucho Amarga luz, escrita por su sobrina Marga Clark y publicada en elegante edición de Funambulista. Leeré los diarios, porque me fascinan los amoríos de escritores, ya lo saben. Pero nunca podré situar a Plath ni a la joven Gil Roësset al mismo nivel que otras personas que han tomado el mismo tren que ellas. Leo sus biografías como si leyera una obra de ficción y me indigna (en el plano subjetivo) que una persona que tiene la vida por delante decida quitársela porque él no la ama, cuando la Parca es muy capaz, ella solita, de sorprendernos en cualquier momento sin que nadie la invoque. Como personaje literario, tienen pocas posibilidades de fascinarme sólo por ser suicidas. O de fascinarme más como artistas (Plath como poetisa, Gil como escultora) que si no se hubieran suicidado. Al César, lo que es del César…

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Glamour suicida

  1. Ana Serrano Velasco dijo:

    Entiendo su rechazo y su condena a algo tan terrible como es quitarse lo único que se tiene, que es la vida, pero es que es difícil colocarse en el lugar de personas de sensibilidades desbordadas, geniales, atormentadas, desde nuestra mentalidad de personas de a pie. Creo que es posible que algo, para nosotros absurdo, pueda provocar en ellas un “sentimiento de callejón sin salida, de hundimiento, de imposibilidad de salir adelante, que ha de ser muy grande y muy profundo como para impulsarte a abandonar la vida.” No puedo aceptar, precisamente por mi rechazo vital al suicidio, que sea un acto de snobs de salón. Nos dice que no quiere juzgar, pero su escrito, lógicamente, está lleno de juicios y coloca a algunos suicidas artistas en un cajoncito distinto que a las gentes normales. Admite que no tiene todos los datos y yo le voy a pedir un favor: ha leído el libro de la sobrina de Marga Gil Roësset (donde sólo aparece el diario, entremezclado con el de la autora y con comentarios de ella sobre el por qué y el cómo) y que espera la publicación de los diarios para poder juzgar mejor. No va a tener más datos. Va a tener el diario que escribió los tres últimos días de su vida para explicarle a Juan Ramón Jiménez que le quería. El mismo diario que ya ha leído, pero Marga vivió 24 años y fue un genio absoluto que sufría de verdad (no puedo concebir que nadie se mate sin hacerlo, por raro que nos parezca su sufrimiento). Ha sido el entorno del poeta el que ha dejado a Marga como una mera anécdota “bonita” llaman ellos, en la vida de Juan Ramón y han eliminado prácticamente su obra y su vida. Con los datos que muestran no sabemos más que, que se mató por Juan Ramón ¿Verdad? Esto lo ha facilitado la familia de Marga que, horrorizada, tuvo oculta su figura durante sesenta y ocho años. He dudado, ante su inflexibilidad, si mandarle esta nota, ya demasiado larga, pero quiero regalarle un enlace donde puede documentarse, ampliamente (todo lo ampliamente que se puede porque no hay absolutamente nada más sobre Marga) sobre su vida y su obra. Espero que le sirva y, sobre todo, que pueda disfrutar de lo que hizo esa maravillosa y torturada criatura.

    http://perso.wanadoo.es/margaroesset/portada2.htm

    • Estimada Ana: muchas gracias por su comentario y, en contra de lo parecen traslucir sus palabras, por hacerlo tan largo. A veces la brevedad no procede, no conviene o no sirve. Temo que tampoco me va a servir a mí para responder, precisamente por que valoro y respeto su exposición y sus palabras. No rechazo el suicidio como opción vital, personal, de cada uno. Y mucho menos lo condeno. No soy quién. Insisto en que no tengo ese tipo de creencias religiosas. Lo que pretendía exponer en el artículo, y que tras leer su comentario pienso que tal vez no haya conseguido, ha sido mi rechazo a que se encumbre a un artista por haberse suicidado. Copio aquí el comentario que otra lectora hizo a este mismo artículo en una red social: Coincido contigo en no compartir la fascinación por los escritores suicidas, y te diré que incluso me fastidia que se trate como “topos” literario. Ocurre lo mismo con los músicos y la inmensa estupidez del “club de los 26”. Plath, sin embargo, me gusta y mucho; y me da rabia que se la conozca mas por su muerte que por leer su obra. Eso ha sido, tal vez, lo que yo no he sabido dejar meridianamente claro. Por lo demás, lo único que he hecho ha sido expresar mi opinión. Y opinar no es juzgar. Opinión y juicio no son sinónimos y, por tanto, no son palabras intercambiables. No dudo que Marga Gil sufriera, faltaría más, igual o más que tanta gente: unos lo gestionan de un modo y otros de otro, y todos son libres de hacerlo como quieran. ¿Quién puede decir qué sufrimientos son más grandes? Para cada uno lo serán los suyos, pero no era ese el tema del artículo, y si yo no profundizo más en mi opinión al respecto es por respeto a la familia y allegados que pueden leer esto. Lo expuesto aquí expuesto está para ilustrar un sector específico del arte, y un grupo específico de artistas a los que, insisto, se ha encumbrado -a veces innecesariamente, porque eran suficientemente buenos sin esta circunstancia- por haber acabado con su vida. Yo, por mi trayectoria, por mi experiencia vital y por el entorno del que procedo, nunca podré entender que una mujer de 24 años bella, con talento y con medios como era Marga Gil acabe con su vida. Y no es inflexibilidad, como usted la llama. Es rechazo, sí, pero no al suicidio, sino a que se ofrezca al suicida como modelo. No puedo explicar más sin entrar en lo personal (lo personal mío, lo que considero personal de cuanto sabemos de Marga Gil y lo personal de una amiga que acabó con su vida hace poco) y eso no voy a hacerlo en ningún caso. Le diré, no obstante dos cosas más: que la muerte de una criatura de 24 años le parezca a alguien una anécdota bonita me parece monstruoso, y Juan Ramón Jiménez no es una figura que me resulte especialmente atractiva ni simpática. En ese sentido, nunca tomaría partido por su bando frente al de Marga. Yo creo que me resultaría muy doloroso vivir pensando que alguien se ha quitado la vida por mí, pero también es injusto que uno cargue de por vida con una decisión unilateral de otro. Insisto, no es esto lo que pretendo valorar. Por otro lado aplaudo la decisión de mostrar y de no esconder la obra artística de Marga Gil. Si el suicidio no hace mejor artista a un artista que ya es bueno, tampoco convierte en apestado al artista bueno que lo cometió. No me parece una cosa para avergonzarse, sino todo lo contrario: es de justicia reivindicar su obra más allá de esta cuestión, sin duda alguna. Le agradezco el enlace que me envía y al que he echado un vistazo antes de responder, pero que guardo como oro en paño para recurrir a él posteriormente: hace usted mención de Camille Claudel, otra figura que me interesa sobremanera precisamente por la relación que en su biografía existe entre amor y arte. Gracias de nuevo: por su vista, por su opinión y por sus valiosas aportaciones. Un cordial saludo.

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