El discreto encanto de una mala traducción


malas traducHoy haré una entrada de insoportable levedad. No tengo ganas de escribir una tesis, ni mucho menos de defenderla. Sobre todo en materia de corrección traductoril, que no quiero juzgar por nada del mundo. Ya sabemos todos que una buena traducción se lee bien y una mala traducción se engancha. No necesitamos nada más: ni filología, ni traductología ni metalingüística, aunque haberlas, las haya. Por eso no voy a entrar en valoraciones profesionales ni objetivas. Y porque también, en el fondo, es una cuestión mucho más simple y mucho más “de piel”, o intuitiva, como los programas informáticos y los móviles de última generación. Esa tesis sí que la defiendo siempre: si está bien, encaja; si está mal, rechina. Y ya. Para qué discutir más.

Tenemos además otro factor importante: detrás de una traducción hay un traductor, que es colega y ser humano. Hay que tener mucho cuidado con estas cosas, porque el perjuicio causado puede ser grande. Yo creo que a un buen traductor le recomiendan su trabajo y sus colegas, y a un mal traductor le deben “desrecomendar” su trabajo y sus lectores. Pero me he decidido a hablar de esta experiencia lectora porque uno de los traductores que comento no sale mal parado, y el otro es ya un mito intocable. Así que, procedo.

Llega a mí una hermosa edición de Cierta sonrisa, de Françoise Sagan, publicada en Círculo de Lectores en 1969. La publicación de la obra, sin embargo, es de seis años antes. Aparte de la brevedad, la leo casi del tirón por el interés del tema y por su estructura ágil y dinámica. La traducción no es buena. Las frases cortas y descarnadas de Sagan requieren cierto mimo para que el tránsito al castellano no “roce”. El traductor se queda a veces demasiado pegado a la estructura original y se desmelena poco con el léxico. Pero no importa. La época influye. Otra tesis que sí defiendo siempre es que el conocimiento que hoy día tiene un traductor, tanto del idioma como de la cultura originales, pocas veces es equiparable al que se podía tener antes. Antes del advenimiento de Internet, por ejemplo. Antes en general, cuando se viajaba menos y había menos materiales y menos recursos a nuestro alcance. Aún así, cuando leemos una “mala” traducción antigua, casi siempre tiene un tono de ingenuidad que nos hace perdonar si no los errores, sí las imprecisiones o la falta de pulido. Es decir, no tiene nada que ver con las traducciones hechas por un completo incapaz, como tantas que circulan por ahí. Otra traducción imperfecta. Para mí, la traducción imperfecta por excelencia. Ahora me matarán: se trata de A Room of One’s Own de Virginia Woolf perpetrada por el gran Borges. No me gusta ni el título. No me gustó cuando la leí, sin saber que la había traducido él. No voy a enmendarle la plana, claro está, pero no me gustará en la vida. ¿Cómo puede ser que, de dos traducciones imperfectas, una te guste y la otra no? En una hay candidez y en otra exceso, por decirlo de algún modo. Incluso aunque tuvieran el mismo grado de incorrección objetiva (que ni sé si lo tienen, ni me importa: una viene de un idioma que conozco bien; otra de un idioma en el que me manejo, más o menos. Una pertenece a una leyenda de las letras hispanas, la otra es obra de una traductora a la que no sé si alguien conoce hoy muy bien, pero desde luego no es célebre) una entra y la otra no. Como ciertos vinos. No hay más que hablar.

He disfrutado enormemente Cierta sonrisa. A pesar de su brevedad, he sido incapaz de releer, para escribir esta entrada, ese cuarto propio en el que nunca podré entrar, de tan ajeno que me resulta. Para empezar, ni siquiera es “un cuarto” en sentido estricto. No, no: he dicho que no lo iba a hacer… A veces la literatura, la traducción, es también cosa de química, como la atracción amorosa. ¿Por qué uno y no otro? Pues porque sí… Así son las cosas.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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