Traducir a Stevenson


IMG_2830Después de traducir tres volúmenes de ensayos y artículos del gran Robert Louis hay quien me considera una autoridad en la materia. Yo sonrío, ante todo con agradecimiento. En un oficio como éste, oscuro, solitario y discreto, salir a la luz por la puerta grande es una satisfacción enorme. Los que lo ponderan y ensalzan son gente agradecida a su vez porque este trabajo nuestro pone a su alcance a un autor muy querido que, de otro modo, o no podrían leer o leerían con dificultad. En el momento de escribir este artículo han salido ya algunas entrevistas y reseñas en prensa escrita o en radio, y en todas ellas he percibido que tanto la labor de edición como la de traducción se valoraban muy positivamente. Y ese es un logro que quiero hacer extensivo a todos los que trabajáis en esto: si bien en este libro en concreto están elogiando mi firma, críticos y comentaristas han manifestado de una forma u otra el mérito de todos los que hacemos posible que las palabras ininteligibles de un autor admirado se vuelvan, por arte de magia, meridianamente claras. Somos reales, somos necesarios, y se nos aprecia, aunque quede camino por andar. Enhorabuena a todos, traductores del mundo, por construir ese puente sutil que media entre el emisor y el receptor, nada más que eso. ¿La dificultad? Claro que está… Pero ni es tanta, ni importa tanto. Nuestra tarea es salvarla, o restarla importancia. Es, sin embargo, una pregunta habitual en las entrevistas. Parece que cuanto más conocido, más grande, más universal es un autor, más difícil ha de ser traducirlo. No voy a hacer una tesis sobre ello, pero sí quiero contaros un secreto de cocina. El primer tomo lo abordé con cierto miedo y admiración, poniendo toda la carne en el asador: tiempo, concentración, tranquilidad de mente. Todos los medios necesarios para conseguir el mejor resultado posible y exterminar cualquier interferencia. El segundo se solapó inesperadamente con otro libro, y la tranquilidad que me daba la experiencia del volumen anterior se desvaneció con la presión del plazo. Pensé que tardaría menos en hacerlo, que sería un recorrido más ligero. Nada de eso. Al tercero me dediqué en exclusiva y con un plazo suficiente. Creí también, en algún momento, que sería coser y cantar… Volví a equivocarme: no me sobró ni un día. Y no porque Stevenson sea un escritor complicado, no. O al menos, no es complejo ni enrevesado, ni pretende dar una imagen de literato elevadísimo e inalcanzable. Su sintaxis es cuidada pero bien estructurada, nunca disloca las frases aunque a veces le salen más largas de lo deseable. La dificultad para el traductor suele estar en otra parte, y ahí es donde se esconde el reto y, por ende, la diversión. También es de ahí de donde surge el miedo que emana del respeto. La época influye: un siglo y pico de diferencia se nota en la manera de decir las cosas. Su prosa salpicada de palabras en escocés es otro pequeño obstáculo que hay que salvar. Sus citas y referencias a los clásicos y a la Biblia, su costumbre de llamar a grandes personalidades históricas o literarias por su nombre de pila o por su diminutivo, que hay que rastrear y explicar al lector actual o profano, son otra fuente de entretenimiento y de quebraderos de cabeza para el traductor, pero… bah, nada que no dé una esposa, como diría él mismo. Porque el autor de La isla del tesoro habla del matrimonio y de las relaciones humanas casi como el Cosmopolitan, créanme: con el mismo afán cotilla y evangelizador, pero con mucha más gracia y una sabiduría insuperable. El hombre que murió en los Mares del Sur y que viajó al Nuevo Continente era un escocés de pro, gran admirador del bardo nacional, Robert Burns, al que retorna constantemente. El hijo díscolo que prefirió ser escritor antes que abogado o ingeniero escribe las páginas más bellas de este último recopilatorio elaborando un hermoso panegírico de la actividad profesional de su padre y su abuelo, que recorrían la escarpada costa de Escocia instalando faros y balizas para guiar a los navegantes. Tusitala en estado puro, sí, contador infatigable de historias, pero también lector entusiasta de Shakespeare y de Walter Scott, caminante integrado en el paisaje y en los pueblos que visita, filósofo de la vida, de la muerte y del amor, del trabajo y del ocio. Traducirlo es andar de su mano por todo este universo suyo, nuestro, de toda la humanidad, escuchando las historias que nos narra y contándolo nosotros con otras palabras o, mejor dicho, con las mismas palabras, pero en otra lengua. Con él, que de niña no logró seducirme para que lo acompañara a la isla del tesoro, he escrito, viajado y vivido durante tres años, tres libros: he tenido la suerte de recibir, condensada en esta trilogía, la sabiduría que acumuló viviendo y leyendo en su vida corta, pero intensa. Y espero que los lectores a los que puesto en contacto con él disfruten del paseo tanto como yo.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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