Ensaya, que algo queda


LyYYerMNo nos engañemos: escribir no nos convierte en escritores, y toda la retórica que se vierte en torno a la actividad privada, casi íntima, de la escritura acaba adquiriendo ecos de autoayuda en la onda de Paolo Coelho. Si no publicas, si no te leen, ya puedes escribir, que escritor no eres por muchos folios que llenes.

La cosa se complica con el género: los poetas tampoco son escritores en el imaginario popular. Son poetas. Es decir, están en una clase aparte. Ni mejor ni peor: distinta. Tal vez porque al escritor (es decir, al novelista, que es lo que tiene en mente la gente cuando dice escritor) se le asocia indisolublemente con la actividad de escribir, que es además su modo de vida –aunque en muchos casos no lo sea– y ese modo de vida se complementa casi siempre con la docencia, las conferencias, la crítica literaria y el columnismo/articulismo. Pero todo esto son cosas que se le suponen como el valor al soldado. Si has escrito y publicado una novela –y con ella has obtenido cierta visibilidad, fama o como quieras llamarlo– lo otro viene por añadidura y nadie se extraña. Los poetas son cualquier cosa, desde profesores universitarios hasta abogados respetables que escriben en sus ratos libres, elevando con ello el género que cultivan y, de paso, la profesión que ejercen. Un abogado poeta siempre será más sensible que un abogado estándar. Y además, menos gris y más interesante. Aclaro: estas opiniones no son mías, sino vox populi: la que yo percibo.

Cuando eres traductor, las bondades y los defectos de cada género, como autor, te caen en herencia. Si traduces poesía también se asume que te ganas la vida con otras cosas. Si traduces novela, que eres tan rico como el autor del Código Da Vinci o Cincuenta sombras de Grey –cosa que tampoco es necesariamente cierta–, pero… ¿qué pasa si escribes o traduces ensayo? Pobre de ti, porque eres el paria de las letras. La proporción de títulos que se publican en Ficción/No ficción será, seguramente, 70/30. Yo traduzco ensayo. Yo, que nunca fui lectora de ensayo, entré en el mundo editorial como traductora de ensayo, y ahí sigo. He traducido algo de ficción, pero sigue siendo poco, en comparación. Hace tres o cuatro años, cuando salió uno de los volúmenes de artículos de Edith Wharton que he traducido para Páginas de Espuma, una profesora del colegio de mis hijos se enteró y se empeñó en presentarme a otra profesora a la que le encantaba la escritora estadounidense. Establecido el contacto, la fan de Edith me preguntó enseguida qué novela había traducido, y comenzó a enumerarlas todas. Cuando respondí que no era una novela, sino la segunda colección de ensayos sobre la escritura, la mujer puso la misma cara que pondría un niño que se levanta el día de Reyes y se encuentra con que no hay juguetes para él. La conversación se paró de pronto. No sabía que Edith escribía “otras cosas” (sic) y obviamente no le interesaban. Que en estos dos libros no haya ni un solo artículo de sobra, que sean todos maravillosos y un dechado de perfección técnica y estética y que haya uno, incluso (“Mi viejo Nueva York”) que se lee como un cuento, ni era asunto suyo ni le preocupaba.

Aquella vez me sentí como una impostora, pero se me pasó enseguida. Después, cada vez que alguien me pregunta qué traduzco y contesto que ensayo y novela –por ese orden, porque esa es la proporción– lo hago sacando pecho y ahuecando las plumas. Porque para empezar, el ensayo anglosajón no tiene nada que ver con el nuestro, y en ese punto estará de acuerdo cualquier lector que tenga una idea mínima de lo que hablo. No sólo Edith, también Stevenson (del que he traducido tres volúmenes para la misma editorial, de los que al menos uno va ya por la segunda edición) alcanza cotas de la mejor ficción en su obra ensayística. Claire Tomalin (a la que no he tenido la fortuna de verter al castellano, pero de la que soy lectora incondicional) o Lucy Hughes-Hallet, de quien traduje para la editorial Ariel la premiadísima biografía de d’Annunzio El gran depredador son plumas lúcidas, entretenidas y muy bien estructuradas que se leen como la mejor de las novelas. El propio d’Annunzio, como cronista social, o Dino Buzzati, en sus escritos sobre la montaña, son capaces de darnos casi un relato en un puñado de líneas. Otro género que desprecié en años menos maduros fue el epistolar, y precisamente acabo de traducir un epistolario (No dejaría nunca de escribirte. Cartas a Barbara Leoni, de Gabriele d’Annunzio, publicado por Fórcola) que es en rigor una novela erótica mejor que muchas de las que llevan esa etiqueta. Cuando uno escribe bien, es escritor, independientemente del género en que se desenvuelva y cuando uno escribe mal, es un engendro al que tal vez el marketing o los contactos han llevado a invadir otros territorios que no le son afines, como la columna periodística o la crítica, y millones de bocas lo bendicen porque lo ha bendecido el de al lado. Millones de bocas, recuerden, no pueden estar equivocadas. He de añadir que si traduces novela corta (como si escribes novela corta), lo que los italianos llaman novella o los franceses nouvelle, género en el que también tengo bonitas experiencias traductoriles, tampoco ganas muchos puntos. Para entrar en el Olimpo tienes que ser escritor/traductor de novelas, de libros de ficción, con determinado número de páginas y, si me apuras… alguna colección de relatos: vale, podemos aceptar pulpo como animal de compañía.

Además, cuando el autor escribe bien, el traductor disfruta traduciendo aunque no sea lector de ese género. Porque tal vez a los ojos de la plebe el papel impreso sea la investidura necesaria e imprescindible, pero a los ojos del lector iniciado, una frase bien hilada o una metáfora bien compuesta son fruto del oficio, del instinto, del saber hacer. Son, en definitiva, lo que convierten a quien escribe en escritor, aunque no medie la imprenta ni el marketing nuestro que estás en los cielos.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Ensaya, que algo queda

  1. Pienso en todo el daño que ha hecho el marketing a la verdad del arte, al escrito y al de cualquier cariz. Juego con la esperanza de que un día los patrones del mercado cambiarán la perspectiva de su valor. En fin. Un abrazo, Amelia.

    • Bueno… también podríamos aprovecharnos de él y dar un poquito de marketing al ensayo, Mario, como hacen los anglosajones. Mi reivindicación es que se ofrezca como lectura de entretenimiento, igual que una novela, y no como un tocho insoportable con el que te castigan, digno sólo de unos cuantos “cráneos previlegiados”. Con cincuenta sombras de Grey nos estuvieron torturando desde los autobuses (ojo, desde los autobuses, no desde las marquesinas, que ya es…) cuando el libro aún no se había materializado. Y luego, claro, todo el mundo lo ha leído. Aunque nadie conociera a la señora esta todos decían I love you. Igual lo que hay que hacer es dar a conocer. A mí no me molesta el marketing per se, sino que nos obliguen a consumir a todos el mismo producto porque al cabo es el único que podemos conseguir: el libro de Grey, el disco de Alejandro Sanz, etc. ¡Y gracias por tu lectura y tu comentario! Un abrazo.

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