Expósitos


expósito, ta.

(Del lat. exposĭtus, expuesto).

  1. adj. Dicho de un recién nacido: Abandonado o expuesto, o confiado a un establecimiento benéfico.

Foto2

Cuando yo era pequeña aún quedaban niños cuyo apellido era ese: Expósito. Era señal inequívoca de que procedían (seguramente ellos ya no, pero sí sus padres) de lo que entonces llamaban “inclusa”, hoy “orfanato”. Niños que no podían responder a aquella pregunta que con tanta frecuencia se hacía en los pueblos: “Y tú, ¿de quién eres?”, porque no eran de nadie. Este ser “de nadie”, sin embargo, no era una confirmación de su libertad –en positivo–, sino una ausencia de pertenencia –en negativo–, de raíz. No ser de nadie, no pertenecer, implicaba estar solo y no tener a dónde volver la vista.

La lucha por los derechos de propiedad intelectual se remonta –aunque seguramente tengan un antecedente menos notorio en la noche de los tiempos– a Charles Dickens, que viajó a Estados Unidos casi con el único afán de atar corto aquellas ediciones de sus obras que habían cundido como las hormigas sin reportarle ni un penique con el que alimentar a su dilatada prole, y que por cierto habían salido de una esforzada pluma que se levantaba muy temprano para escribir, que pasaba horas revisando textos y que nunca los entregaba fuera de plazo. Hoy está mal visto luchar por los derechos de autor. Parece que reivindicar tu nombre de creador y pretender cobrar por algo que has hecho es algo feo, trasnochado y torticero que estigmatiza y mancilla la grandeza de la creación, como si crear fuera cosa de la divinidad y no del despertador. Cuando eres un autor de reconocido prestigio es más sencillo luchar contra esto. Cuando tu obra no está tan difundida, la cosa se complica un poco. Pero hay una franja intermedia donde la condición de expósita que algunos pretenden dar a la obra es flagrante, injusta y especialmente dolorosa: en la traducción. Reconocidos como autores por la Ley española de Propiedad Intelectual, con todos los derechos y obligaciones que ello conlleva, los traductores vemos día sí, día también, cómo nuestros textos se reproducen a mansalva no sólo en Internet, sino en la prensa escrita, en diarios de tirada nacional y en artículos firmados por profesionales de primerísima línea sin que se mencione nuestro nombre. No hablo que se juzgue la traducción, aunque hay críticos hacen alguna mención: hablo de que se ponga el nombre del traductor junto al de la editorial, por puro rigor bibliográfico. Y no me vengan con monsergas de que no cabe, de que no hay espacio. No habrá sitio para la ficha, de acuerdo, pero para poner junto a la editorial y el año de publicación el nombre del traductor, lo que lleva entre tres y cinco palabras, hay sitio SIEMPRE. ¿No quieren hacerlo? ¿No tienen costumbre? ¿Les fastidia? Me pregunto por qué. En muchos honrosos casos –el mío entre ellos– me consta que los editores lo facilitan y también abogan porque se ponga: que la mayoría de las editoriales para las que trabajo pongan en la cubierta el nombre del traductor es un marchamo de calidad e indica su respeto por nosotros y el valor que dan a nuestro trabajo, que consideran un activo más de su empresa: la mayoría de los editores citan y ensalzan la tarea de sus traductores cada vez que hablan de textos como ese que ustedes, los críticos, han leído como base de su artículo, texto que no es expósito porque tiene un autor (léase “nombre” o “firma”) y que en muchos casos es, además, bueno o muy bueno, porque si fuera malo o poco profesional ustedes no hubieran disfrutado la lectura. Pero en demasiadas ocasiones reproducen nutridos fragmentos de las obras para ilustrar sus artículos sin decir quién a quién se las debemos. Les daré un par de ejemplos reales:

«Hay algo realmente extraordinario en Stevenson y es el placer que proporciona su lectura. Esto podría parecer una obviedad, pero todos sabemos que entre los innumerables autores que llenan la historia de la literatura no todos conspiran siempre para hacernos felices. Hay autores de invierno, que tienen la cáscara dura y erizada como las castañas, y autores de verano, que se dejan morder fácilmente, como las cerezas. Stevenson es claramente un autor de verano. El encanto de su escritura, el placer que proporciona leer cualquiera de sus textos, resulta casi un misterio. ¿Por qué nos interesa tanto? ¿Por qué deseamos seguir leyendo? ¿Por qué nada más adentrarnos en casi cualquiera de estos textos sentimos que es bueno y necesario para nosotros escuchar lo que se nos dice, lo que tiene sentido y contiene, además, un cierto grado de sabiduría?»

«La prosa de Stevenson recuerda un poco a la de Zweig en su capacidad proteica para hilar la observación aguda y el recuerdo personal con la cita de autoridad, siempre bajo el mandato cortés de resultar ameno. El lector agradece el tono vitalista y disfruta de la suavidad con que se le pasea del registro dramático al humorístico. Posee Stevenson el sentido del ritmo como si hablara: piensa narrando, aderezando la idea con la imagen. Y no se resiste a insertar anécdotas, ni a amueblar la imaginación del lector con pinturas precisas de ambientes y caracteres. […] No es extraño que Stevenson sedujera a Chesterton, pues ambos ensayistas optan por la pedagogía del buen talante, la alegría de vivir ofrecida como antídoto contra los pesados y los vanidosos. La sabiduría stevensoniana rezuma el optimismo (genuinamente epicúreo) del que modera sus expectativas, pero también la mordacidad moderna que le lleva por ejemplo a formular una invectiva descacharrante contra el yugo matrimonial […] No oculta un inequívoco orgullo de cuna, una devoción por las agrestes Highlands y su bullicioso Edimburgo que jamás rompe en nacionalismo centrífugo. La defensa del genius loci del paisaje escocés resulta perfectamente compatible con el sentimiento nacional de lo británico, que para el alma de marino que lo habitaba consistía en el heroísmo de sus grandes almirantes, empezando por Nelson. Tampoco se priva de reivindicar el apellido, y entrega una larga remembranza del clan familiar que hace cumbre en su abuelo, el sentencioso jardinero Robert, y en su padre, el emprendedor Thomas, ingeniero de faros.»

Escojo, naturalmente, este final sobre el apellido familiar con toda idea, como diría Henry James, como broche ilustrativo final: no todo es expósito en el mundo, ni siquiera en estos tiempos absurdos con tanto gusto por la barra libre. No voy a decir quienes han escrito estos textos brillantes y entusiastas –que revelan además una lectura interesada, disfrutada y profunda y un excelente conocimiento del autor y su obra– sobre una traducción recientemente publicada, del mismo modo que en sus artículos no figuraba el nombre del traductor: si alguien quiere saberlo, tendrá que enterarse por otros medios, con los datos de que dispone. Aunque es cosa absurda, me parece a mí, para algo que se resuelve con cinco palabras. Y sobre todo, una cuestión de base: lo bien hecho, bien parece. ¿No quedaría mucho más redondo este artículo mío citando los nombres de los autores de estos párrafos? Yo estoy segura de que sí. ¿Beneficia a alguien no citar al autor de un texto en un artículo? ¿Y no citar al traductor? Definitivamente, no. Y sin embargo, perjudica a muchos. Al traductor sin duda, porque aparecer en un medio de comunicación es un modo de dar a conocer y difundir nuestra tarea, pero también dice poco a favor de quien lo publica. Yo, desde esta humilde tribuna, ruego –y agradezco– a estos profesionales de la crítica y del periodismo que se pongan en nuestra piel, sólo eso. ¿Les gusta a ellos acaso ver sus líneas difundidas, impresas por ahí, despojadas de su patronímico? No lo creo. No es justo, ni correcto. Y si alguno no lo hace, por dejadez o por despiste, debería ser el propio medio de comunicación quien lo incluyera, simplemente a título informativo.

 

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Expósitos

  1. Un buen traductor no traduce literalmente o no debe hacerlo. El buen traductor entra en las entrañas del texto y se aventura —con acierto— a trasladar también la «intención del autor». Por esto, podemos deducir que un traductor —bueno— es también co-autor de la obra que traduce. En consecuencia, lo lógico es que figure su nombre.

  2. No recuerdo ahora mismo quién escribió que los traductores suelen mejorar las obras malas y empeorar las buenas, pero lo escribió a propósito de una novela de Javier Marías, de esto sí me acuerdo. O sea, crean, como debe ser.

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