…y la furia


indexUn reciente Trujamán –esos artículos sobre traducción que publica el Instituto Cervantes– suscita un debate sobre la conveniencia de la visibilidad del traductor cuando el traductor tiene problemas mucho más graves. O eso hemos entendido algunos. Sobre cuánto hemos conseguido –o no– con que aparezcan nuestros nombres en las cubiertas de los libros y se nos cite en los medios de comunicación, factores que han sido nuestro caballo de batalla desde la noche de los tiempos. Siempre hemos luchado por la dignidad de la profesión, la visibilidad (sí, incluso con esa palabra) y el reconocimiento. Ahora que parecía que íbamos por buen camino arremetemos contra nuestros modestos logros. Nosotros mismos. Entonces, perdonen mi pesimismo, es que esto no tiene remedio. Y el asunto me provoca una terrible furia.

Naturalmente, mal vamos si nos conformamos con un nombre en cubierta o un artículo en un periódico o –¡el horror!– expuesto en un medio digital o red social, y poco más que una palmadita en la espalda. Peleamos para que se ponga nombre a nuestras criaturas y, cuando lo conseguimos, se alzan voces que dicen que… Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Que nos conformamos con el oropel. Que todo es mentira.

Yo he llegado tarde, muy tarde. Tengo más de 50 años y llevo traduciendo desde que me licencié a los 22. Cumplí 23 pasado aquel mismo verano, trabajando ya como traductora autónoma. En raras ocasiones me ha faltado trabajo. En muchas he ganado bastante dinero, cuando los tiempos eran otros. Llegué a la traducción literaria después de traducir muchos contratos y licitaciones de parques eólicos y un sinfín de manuales de impresoras. Llegué tarde, porque nunca conseguía tener los tres libros que necesitaba para ser miembro de una asociación profesional. No los conseguía porque nadie me conocía. Nadie me conocía porque no podía publicar nada. Soy hija de padres casi analfabetos. En mi casa no había libros. No he tenido padrinos ni enchufes, sólo gente que me ha apoyado cuando ha visto que el trabajo que yo hacía era bueno. No pude estudiar en el extranjero ni ir a un colegio internacional. La crisis me llevó de carambola al sueño que durante tanto tiempo había perseguido: traducir literatura. Sigo aquí porque en el otro sector no hay ya la oferta que había. Si no, no dejaría de traducir literatura nunca, pero haría como hice antes: combinar ambas actividades, para vivir con holgura y tranquilidad, no como ahora. No tengo otra ocupación que me garantice la subsistencia y me proporcione seguridad, ni una pensión, un complemento ni nada que se le parezca. No pertenezco a ningún clan o cenáculo. No voy a congresos ni doy conferencias, ni clases, ni talleres. O no tengo posibilidad, o no tengo tiempo, o no tengo dinero. Tampoco tengo conocimientos de la egregia ciencia de la Traducción, sólo los rudimentos de un oficio al que llegué como se llegaba antes: a trompicones. Con todo ello, supongo que perpetuaré mi situación ad eternum. Como tantos otros colegas.

Como no pertenezco al ámbito académico ni llevo tanto tiempo en la profesión, me resulta muy difícil ejercerla. He trabajado algo para editoriales grandes que, siempre lo digo, me han tratado bien. Habrá quien considere que esto es peloteo, yo lo considero justicia. Pero no trabajo exclusivamente con ellas: quien más se ha acercado a mí han sido las independientes, pequeñas y medianas, que me han conocido por el boca a boca, por las redes sociales y por mi obra.

Pero ¿de qué hubiera servido mi obra sin redes sociales? ¿Quién iba a hablar de mí, sino mis editores, tan pequeños como yo o poco más grandes que, por cierto, no han dejado nunca de darme tajo? ¿Es esto pecado? No voy a pedir perdón ni a justificar el empleo de mis perfiles digitales, que uso –creo yo– con sensatez y respeto: hacia mí misma y hacia los demás. Como tantos otros colegas que están en una situación como la mía. No puedo pagarme una campaña publicitaria en Bassat-Ogilvy (creo que ya ni se llama así). No tengo acceso a los grandes grupos de comunicación ni de edición, salvo alguna noticia que aparece por casualidad o por el buen hacer de mis editoriales en este sentido. Hay periodistas que me conocen directamente –virtualmente– por mi blog, perdón, bitácora, o por lo que publico en Facebook. He lanzado una campaña para que el gran público conozca nuestra labor y para que se respete nuestro trabajo. Soy así de superficial. Creo que si seguimos peleando lograremos más cosas. La imagen es sólo eso: una especie de tarjeta de presentación, lo primero que se ve; pero detrás, si rascas, está la sustancia. Si no hay sustancia la imagen se desvanece. Estoy convencida, y por eso pertenezco a una asociación profesional de traductores, de que el trabajo diario común y desde la base es lo único que puede mejorar nuestras condiciones. Soy así de optimista. Nos queda mucho por hacer y por mejorar, estoy convencida de ello: lo digo desde el examen de conciencia. Pero no entiendo por qué tenemos que renunciar a una posibilidad legítima de darnos a conocer y que, en mi opinión, usamos poco o al menos de manera bastante restringida. Díganme una cosa: si ustedes decidieran vender unos cuencos de loza que fabrican en un local de una calle con tránsito moderado y que tiene una pequeña ventana a la calle… ¿no pondrían sus productos tras el cristal, para que los viandantes los admirasen y se animaran a comprarlos? Y díganme también: ¿sería eso un desdoro para su oficio de alfareros, mermaría en algo el valor de la mercancía o de la habilidad con la que los fabrican? Yo creo que no. Qué le vamos a hacer. Soy así de ingenua.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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