Un mar de palabras


Palabras borrosas en sus cajoncitos... quién sabe qué encierran.

Palabras borrosas en sus cajoncitos… quién sabe qué encierran.

Cierro el curso tras un mes de julio que más bien ha sido un agosto en la ciudad. El cansancio, el calor, y cierto desánimo han hecho que desatendiera un poco el tajo, con la lamentable contrapartida de no haber hecho otra cosa ni de utilidad ni de gratificación. Sucede a veces, que ni el cuerpo ni el alma ni la mente te acompañan, o que no sintonizan y, si no hay un imperativo (llamado fecha de entrega en nuestro caso) que nos ate a la mesa, unas cosas se relajan y otras de bloquean. Por haber vagueado tanto en julio, me tocará ponerme las pilas en agosto, cuando no quede nadie por aquí, muchas tiendas hayan echado la persiana y se haya desvanecido cualquier posible ocasión social de las que frecuento. Cierro con la terrible sensación de que me ha faltado “un poquitín así”, una pizca. Y eso desmoraliza un poco. Como afortunadamente nada es eterno, julio terminará y agosto también, y como cantaba Serrat, “vuelve el rico a su riqueza, vuelve el pobre a su pobreza y el señor cura a sus misas”. Así que ahí lo dejo. Me sentaría de maravilla haber cerrado estos meses de tan duro trabajo con un par de activos que no voy a mencionar aquí porque ello sería egoísta y desagradecido con tantos lectores felices y tantos reseñistas apasionados que han intentado aupar a mi Lola sobre esa multitud de Lolas de cartón piedra (¡ay, Serrat!) recauchutadas y más rarunas que la mía, pero famosas o con mejor tino. Y de tantos editores que han seguido confiando en mí. Me voy dejando, en este primer semestre y antes de este reguero de vaguería que se ha apoderado de mí en los últimos tiempos, una nueva traducción de Cumbres Borrascosas y una delicatessen del periodismo de guerra, tan de actualidad en estos tiempos convulsos: he subido otro peldaño: me he medido, en esta ocasión, con Kipling. Me voy agradecida a todos vosotros, lectores y amigos, aunque no del todo satisfecha. Me sumerjo en un mar de palabras, a terminar la traducción que tengo entre manos y a continuar con un ensayo que se me resiste. Vosotros disfrutad, que en nada llega septiembre… “Mañana” será otro día.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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2 respuestas a Un mar de palabras

  1. Carlos dijo:

    No eres justa contigo misma, Amelia, demostrando que tienes un superyo muy exigente. Te lo digo porque la descripción que haces de tu complejo de culpa es gemela de la que me hago yo muchas veces, con la diferencia de que en mi caso está justificada. Tu traducción de Cumbres es excelente, la estamos leyendo toda mi familia y tu tarea como traductora ejemplar. Cuídate más, que te lo mereces, de verdad.

    • Gracias por tus palabras, Carlos. No creo,sin embargo, que sea complejo de culpa. Es más bien desánimo, provocado por el trabajo, por el momento del año (vamos, lo que le pasa a todo mortal) y por la situación circundante. Hay oficios que requieren más implicación que otros, quehaceres donde la distancia entre quien hace y lo hecho es… menor, por así decirlo. Y es lógico sentirse directamente responsable de esos resultados, aunque uno no lo sea al ciento por ciento. Seguramente tendré que aprender a aumentar esa distancia y asumir que, independientemente de como esté hecho el trabajo, influyen otros factores que no dependen de nosotros para que alcance el peso, la resonancia, la influencia o incluso el éxito que tal vez merece. Eso sí tengo que aprenderlo. Sobre todo cuando un lector lo pondera y tiene la amabilidad de hacérmelo saber. De modo que… gracias de nuevo, a ti y a tu familia lectora.

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