De las malas traducciones. Las malas de verdad


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Tras escuchar numerosos comentarios relativos a la mala calidad de algunas traducciones, muchos de ellos procedentes de lectores que nada tienen que ver con la traducción ni con el mundo editorial y afines, he publicado hoy este texto en la cuenta de Facebook Cita al traductor – Acredítame, sobre la extrema deficiencia de algunas traducciones y la falta de respeto que suponen para el lector. En verano, tiempo de best-sellers, el problema se agudiza, pero ésta es una mala praxis editorial que deberíamos combatir entre todos, exigiendo nuestro derecho a leer un texto correcto que no haga imposible la comunicación, que no perjudique a la profesión y que no convierta en un castigo la experiencia lectora.

Hoy, en esta cuenta, no vamos a citar al traductor. Porque de una mala traducción el traductor no tiene la culpa. Porque el mejor escribiente echa un borrón. Porque nadie es perfecto. Porque la gente pasa dificultades: se queda en el paro, tiene hijos que mantener, no tiene quien le mantenga, no tiene ahorros porque ya no le quedan, no encuentra trabajo en lo suyo y se dedica a esto porque es lo que hay… La supervivencia nunca ha sido la mejor amiga de la ética, ni la profesional ni la otra. Si un libro mal traducido sale al mercado, no es la culpa de ese hombre o esa mujer que se esconde tras un nombre y unos apellidos. No sabemos sus circunstancias. Que nosotros, cada uno de nosotros, como individuos, no fuésemos capaces de hacerlo no nos da derecho a ensañarnos con el portador de ese nombre que figura en los créditos.

El verano nos trae ganas de literatura ligera, y entre todos esos libros acumulados a lo largo de cumpleaños, de navidades, de ferias del libro o de todo tipo de fechas emblemáticas, libros deseados, venerados, pospuestos y elegidos con cariño, es inevitable –y muy sano– que se cuelen otros sin ínfulas de alta cultura, cuyo afán es sólo entretener. Hasta ahí, todo bien. Pero la ligereza, el verano, ese territorio de best-seller y de superficialidad no siempre acaban por quitar importancia a un hecho que está ganando terreno en el panorama cultural español, y que es lamentable. España, entre sus tantos defectos, tiene traductores excelentes, así como escritores excelentes. El segundo idioma más hablado del mundo tiene hablantes que lo aman, lo prodigan, y lo cuidan, y que merecen a cada página que vuelven recibir a cambio lo que dan: una lengua cuidada y respetada, plasmada en tinta por el impresor con todo mimo. Es un sacrilegio publicar hoy en día una traducción mala, y no es responsable quien la perpetra, sino el editor que la consiente, la difunde y se lucra con ella.

Hace ya muchos veranos que llevo de vacaciones libros sin traducir, y si los elijo traducidos miro quién es el responsable de la versión castellana. Como en otros ámbitos del “vacacioneo”, yo ya no me fío, y voy a lo seguro. Pero no todo el mundo hace lo mismo. Por elección, por comodidad, por imposibilidad de leer en la lengua original o porque es más sencillo encontrar en el mercado la traducción. Esos lectores merecen respeto. Si una editorial no cuida esto, si decide recurrir a personas que no son profesionales para hacer el trabajo y no se molesta en contrastar, a la entrega, si ese trabajo está bien hecho y puede encargarle otro o tiene que desecharle, directamente, y volverlo a hacer (cosa que se subsana con algo tan simple como una prueba y a lo que nos hemos sometido traducciones con años de profesión, sin desdoro de nuestras competencias), si no hay un editor de mesa, un corrector… nadie que limpie, fije y dé esplendor, apaga y vámonos. Pero puede que empecemos a acreditar, entonces sí, a los malos traductores. Puede entonces que decidamos pedir cuentas a quien no hace su trabajo. Entretanto, partiendo de la base que encabezaba este artículo, animo a todos ustedes a que si encuentran un libro mal traducido se lo envíen a la editorial con todos los errores marcados. Eso nos pidió Esther Benítez hace unos años, que nos quejáramos a la editorial. Yo les pido que les envíen el libro, como prueba del oprobio. Hoy día a todos nos sobran libros, así que empecemos por deshacernos de aquellos que no valen la pena, que no cumplen su función de comunicación, de conocimientos y de transmisión de la lengua, la cultura y los valores culturales. A ver si así espabilan y cuidan lo que les da de comer. A ver si así conseguimos, de una vez por todas, dignificar esta profesión que tan dura es de aprender y de ejercer, y que acaba por quedar reservada sólo a quienes la profesan amor y respeto, a quienes se forman para ejercerla con propiedad y a las empresas que entienden que su materia prima es el lenguaje. Porque es muy difícil vivir de ella.

 

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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