Anatomía del viaje


Cuánta dignidad humana se ha perdido en este siglo que los jóvenes habíamos soñado como un signo de libertad, como la futura era del cosmopolitismo. (…) Yo todavía hoy -como hombre incorregible que soy, de una época más libre y ciudadno de una república mundial ideal- considero un estigma los sellos de mi pasaporte y una humillación las preguntas y los registros. Son bagatelas, sólo bagatelas, lo sé, bagatelas en una época en la que el valor de una vida humana ha caído con mayor rapidez aún que cualquier moneda. (Stefan Zweig, El mundo de ayer. Ed. Acantilado, Barcelona 2001. Trad. de J. Fontcuberta y A. Orzeszek)

El primer viaje largo que hice en mi vida fue a los nueve años, en Semana Santa de 1974. Fuimos al sur de Francia en coche. Poca gente de nuestro entorno tenía coche entonces, pero mi padre -que era camionero- entendía de mecánica y siempre encontraba algún cacharro a buen precio con el que entretenerse los domingos que no trabajaba. Ese año, sin embargo, el coche era casi nuevo: lo había comprado un año antes, y de primera mano: un Simca 900-S amarillo huevo con techo vinílico negro. Un delirio. Uno de sus hermanos vive en el sur de Francia, cerca de Montpellier, y allá fuimos.

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Eran, creo, 1060 kilómetros desde mi casa a la de mi tío, por la carretera de Zaragoza-Barcelona antes de la construcción de la autopista, aún hoy reciente. Quien la haya conocido sabrá de lo que hablo. Hicimos noche en Barcelona. Vimos el Paralelo, la estatua de Colón, y la carabela, y al día siguiente llegamos a Montpellier a la hora de merendar el café au lait.

azafataViajar era, en el 74, mucho más que trasladarse, mucho más que recorrer un camino. Viajar era la ocasión de conocer otros mundos, entendido el mundo como algo mucho más amplio que lo geográfico: era ver cómo vivían otras gentes, hablar en otras lenguas, contemplar el paisaje cambiante, dejarse taladrar el cerebro por el zumbido del motor, averiguar de qué provincia eran los coches con los que nos cruzábamos. Mi padre contaba batallitas de camionero y mi madre aprovechaba para darnos un curso rápido de cómo se comportaba uno cuando viajaba: la ropa (de sport), el pañuelo (inevitable), el bolso grande, los modales en la mesa o en el hotel: no grites, no apoyes los codos, no corras por el vestíbulo, da las gracias cuando te sirvan la comida.

Cuando empecé a viajar sola, en los ochenta, aún se viajaba así. Los setenta nos habían dejado ya lugares donde uno comía en bañador y chanclas, y otros donde aquello era impensable. Pero en general en los aviones sólo viajaba gente de cierto nivel, no tanto económico como cultural. Y la cultura -y la educación- es mucho más obvia, aunque menos estridente, que el dinero.

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Luego llegaron los noventa, y la democratización de la cultura. Es decir, el acceso generalizado a viajes antes prohibitivos, y la proliferación de zapatillas deportivas y mochilas junto a un relajo en los hábitos de educación y limpieza. Lo selecto se volvió rancio y anticuado, y una brecha empezó a separarlo de lo moderno, denominación que ha sufrido desde entonces hasta ahora un sinfín de modificaciones con distinto matiz. Y resultó que mi hermana y yo, que para ir a comer al hotel de la playa teníamos que ponernos vestido, zapatos (cerrados, no sandalias) y calcetines, y recogernos el pelo, hubimos de revisar nuestros cánones para adaptarlos a la actualidad y no parecer sacadas de una película antigua. Entramos por el aro de las deportivas, claro está, pero nunca perdimos los modales, ni las formas, ni el respeto. Ese poso del mundo de antes que todavía molesta a algunos.

Con el nuevo milenio nos esperaba una transformación aún más horrenda, que nada tuvo que ver ni con lo cultural ni con lo económico. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 en Nueva York acabaron para siempre con el mundo antiguo. A partir de entonces cualquiera que quisiera viajar tenía que exponerse al estudio de sus entresijos como todo hijo de vecino, sucio o limpio, rico o pobre, educado o no. En el aeropuerto hay que dejar a la vista de todos el interior de la maleta -que tan bien nos define- y quedarse como una gallina desplumada: sin cinturones, ni chaquetas con botones, ni cadenas, ni adornos, ni zapatos. Y pasar por el escáner. Y someterse a un cacheo. Y enseñar al gorila de turno la bolsita de objetos de aseo. Mi madre, si viviera, alucinaría pepinillos: todavía la imagino instruyéndonos en el modo de hacer una maleta para que no queden en evidencia las interioridades. Mi padre echa pestes cada vez que tiene que pasar por ello si no puede evitarlo, que es su primer intento en todo caso.

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Pero, con todo, esto no ha sido lo peor. No sé si la causa ha sido la democratización de la cultura, el relajo de las costumbres, o la progresiva -e injusta, e innecesaria- asimilación de lo exclusivo con lo rancio (tal vez debería decir “la reformulación de lo exclusivo”, más afín a lo superficial y a los oropeles que a los modales y a la distinción), pero hoy en día viajar es como ir a un campamento de supervivencia. El viajero se ha convertido en un ser incómodo para las autoridades, sospechoso habitual, que se declina siempre en plural o como nombre colectivo y es susceptible de portar un cinturón de bombas, máxime si la naturaleza le ha dotado de una fisionomía como la de servidora, que está en las antípodas de lo ario. Aquella publicidad que los Mad Men concebían para las líneas aéreas más punteras ya nada tiene que ofrecer al cliente, ese individuo al que había que convencer y seducir como en un cortejo. Un viaje en avión, peor cuanto más largo, es una especie de castigo donde la humanidad enseña lo más bajo de su condición, donde prima el derecho de cada uno sobre el respeto al de al lado, donde es mejor dormir diez minutos más que darse una ducha porque, total yo voy a ir dormido y no me voy a oler… si me huelen los demás, allá ellos. Las proles de los pobres muestran lo peor de sí aprovechando que los padres están de vacaciones y no les van a poner cortapisas, y los cachorros de los ricos hacen gala de su superioridad exhibiendo la peor educación de la que son capaces cuando no están bajo vigilancia. Extrapolo esto para mostrar que nadie se salva, ni en los extremos de la escala ni en alguno de los puntos intermedios, aunque siempre es un alivio encontrarse con gente en ambos grupos y entre ambos extremos a la que le han enseñado lo que aprendimos los que empezamos a viajar en los sesenta y los setenta: que viajar es una ocasión para el aprendizaje, el placer y el crecimiento personal que conviene aprovechar, y una oportunidad para la convivencia que no tiene precio. Gente que te hace olvidar que los tres peores lugares del mundo para pasar el rato son, probablemente, el hospital, el tanatorio, y el aeropuerto.

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Acerca de Amelia Pérez de Villar

Traductora por el Institute of Linguists of London, he publicado las traducciones La nave de Ishtar, de Abraham Merritt (Valdemar 1991), Sound Bites, de Alex Kapranos (451 Editores, 2007), La estrategia del colibrí, de Francesco Morace (Ed. Experimenta, 2008) Ensayistas y Profetas, de Harold Bloom (2010) Escribir ficción (2011) y Criticar ficción (2012) de Edith Wharton, y Novelistas de Henry James en 2012 (Páginas de Espuma). Debuto en septiembre de 2011 como autora de la edición (traducción, prólogo y notas) de las Crónicas literarias y Autorretrato de Gabriele d'Annunzio (Fórcola Ediciones). Como autora, he publicado relatos en diferentes antologías y revistas, algunos de ellos finalistas de concursos, como "Manuela" (Los nuestros son todos, Fundación Civilia, 2005), "Escena con fumador en blanco y negro" (Canal Literatura, 2007, ganador del Tercer Premio) o "Si yo tuviera el corazón", publicado en el último número de la revista Renacimiento. En febrero de 2012 he publicado el ensayo biográfico Dickens enamorado (Fórcola); y en mayo de 2016 mi primera novela, El pulso de la desmesura (Fórcola). He sido también redactora en prensa escrita y colaboradora en la publicación digital Notodo.com. Más información en mi página web: www.ameliaperezdevillar.com
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