La pasión de Lola B., según una madre trabajadora


indexLa última estupidez revestida de no sé si ley, propuesta, iniciativa o qué historia, en materia de avance social –¿debería entrecomillarlo?– es este engendro que ha puesto en marcha Cantabria para que los niños tengan dos meses de clase y una semana de descanso. En un país que no tiene ni idea de lo que es la conciliación familiar ni cómo se escribe, donde la inmensa mayoría de las empresas son medianas o pequeñas (algunas, francamente pequeñas, con menos de cinco empleados) y en cuyos directivos provoca urticaria la mera mención del teletrabajo, porque no todas son Repsol o Mapfre.

Escribí La pasión de Lola B., que acaba de publicarse con el título de El pulso de la desmesura, en un momento de mi vida en el que no podía trabajar. Y no era porque no tuviera trabajo: era porque no podía mantenerlo. Llevaba nueve años dando tumbos, desde que nació mi hijo mayor. No me concedieron una guardería pública porque entendían que, “siendo autónomos ambos componentes de la pareja, podíamos perfectamente turnarnos para el cuidado del niño”. Nadie pensó que el trabajo que desempeñaba el padre componente entrañaba viajes continuos y horarios de espectáculo, que lo son todo menos compatibles con el cuidado de un niño precisamente porque coinciden al ciento por ciento con las horas de ocio. Para ese ente informe que se llama Estado, o gobierno, o comunidad autónoma, poco o nada importaba que en esta familia tampoco hubiera abuelos de esos a los que una vez al año homenajean porque son tan importantes y necesarios para hacerse cargo, gratuitamente, del cuidado de los nietos mientras los padres trabajan. Los campamentos de verano públicos funcionan –o lo hacían entonces– sólo en julio, porque según quien los organiza TODO el mundo está, en agosto, de vacaciones pagadas. Pero en el colegio hay vacaciones también en julio, casi medio junio, casi medio septiembre, unos veinte días en diciembre y otros diez en Semana Santa. Así las cosas, aunque los dos componentes de la pareja se queden sin su mes de vacaciones para cuidar de los hijos por turnos, o las cuentas no salen o las empresas no les dan días libres en los momentos en que los colegios los imponen.

Me pregunto qué harán esos padres que están, como yo estuve un día, en situación de desamparo total. Padres que, una gran mayoría, serán autónomos –muchos habrán optado por el autoempleo, precisamente, para poder cuidar de sus hijos– o tendrán una pequeña empresa propia, familiar, trabajarán en el campo seguramente o, para su desdicha, serán empleados en el sector servicios, chez un empresario que lo que quiere no es tener un trabajador que saque adelante la tarea, sino un monigote que ocupe una silla durante ocho horas diarias porque en este país, señores, se sigue pagando en “horas nalga”, como dicen en Méjico: no para que se trabaje sino para que se caliente la silla.

Después de pasar por todo eso, por la angustia de la falta de guardería, de trabajar en casa con el bebé durmiendo menos horas a medida que se hacía grande, de buscar un campamento para julio, 4 semanas, cuando yo, como mucho, sólo tendría tres, de aceptar puestos por cantidades míseras a cambio de tener un horario de 9 a 3 para poder hacerme cargo de mis hijos por la tarde… después de eso recalé en una revista en la que acabaron por ofrecerme un puesto de subdirección. No pude aceptarlo, porque aparte de la dedicación que requería, me obligaba a viajar. Lo dejé y volví a casa, rebajada de empleo y sueldo, a una casa muy bonita y a cuidar de una familia maravillosa, sí, pero yo no me había preparado para eso. Eso no era lo que quería hacer o, al menos, no sólo eso. Mi vida, mi vida de ser humano, no de mujer, tenía más facetas. Ahora, cuando la gente lee la historia de Lola B. y no entiende de dónde sale tanta dureza, tanto abandono, tanta soledad y tanta frustración, cuando intento explicarles lo que se siente cuando uno se ve encerrado en una jaula invisible, tras unos barrotes tejidos con unas circunstancias contra las que luché y me rebelé, oigo esta noticia y me veo regresando a aquella época. No hemos avanzado nada. El cuidado de los hijos, los ancianos y los enfermos sigue regresando a las mujeres, y las autoridades se siguen escudando en que la conciliación es cosa de la familia y la pareja, pero no es cierto: eso no es más que lo que les permite desmantelar un conglomerado de prestaciones que sí redundaban en algunos casos en que redundaron antes de que se los cargaran, como la Ley de Dependencia, o redundarían, si existieran, como el establecimiento obligatorio de unos horarios de trabajo y de escuela realmente compatibles, en el bienestar y el progreso social. Ahora hay en marcha un movimiento subterráneo, mucho más sutil que la prohibición y la represión, y del todo invisible. Es una corriente de agua podrida que va minando los cimientos de una sociedad que nunca llegó a madurar. No todas las parejas están en condiciones de compartir la crianza, por razón de la actividad que desempeñan, y no todas están en situación de pagar por una ayuda doméstica. Yo opté por volver a casa y vivir con lo justo porque no quería abandonar a mis hijos. Hay quien está peor que yo, porque si vuelve a casa y deja de trabajar no tiene ni siquiera lo justo para vivir. Vean que no estoy hablando de rechazar puestos de responsabilidad, así que no me vengan con lo de los techos de cristal ni de titanio, porque no me vale. Esto, en un país donde la formación de los niños –salvo en instituciones muy exclusivas– está regresando a cotas de antes de la guerra civil, donde cada vez salen peor preparados, más incultos, más taciturnos, violentos y proclives a un ocio embrutecedor. Como siempre, en lugar de atacar el problema de raíz y propiciar una situación donde cada cual pueda hacer su parte nos gastamos montones en proyectos que son mucho más vistosos, como los programas y las campañas escolares para que no haya violencia doméstica o consumo de alcohol y drogas. Pero yo, que vengo contemplando esta progresión desde hace casi veinte años y que soy una optimista bien informada, me veo como estuvieron nuestras madres: sin cartilla del banco porque el único que puede manejarla es el marido. O tal vez esto no… al menos mientras los bancos necesiten clientela para seguir alimentando sus órganos hipertrofiados.

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…y la furia


indexUn reciente Trujamán –esos artículos sobre traducción que publica el Instituto Cervantes– suscita un debate sobre la conveniencia de la visibilidad del traductor cuando el traductor tiene problemas mucho más graves. O eso hemos entendido algunos. Sobre cuánto hemos conseguido –o no– con que aparezcan nuestros nombres en las cubiertas de los libros y se nos cite en los medios de comunicación, factores que han sido nuestro caballo de batalla desde la noche de los tiempos. Siempre hemos luchado por la dignidad de la profesión, la visibilidad (sí, incluso con esa palabra) y el reconocimiento. Ahora que parecía que íbamos por buen camino arremetemos contra nuestros modestos logros. Nosotros mismos. Entonces, perdonen mi pesimismo, es que esto no tiene remedio. Y el asunto me provoca una terrible furia.

Naturalmente, mal vamos si nos conformamos con un nombre en cubierta o un artículo en un periódico o –¡el horror!– expuesto en un medio digital o red social, y poco más que una palmadita en la espalda. Peleamos para que se ponga nombre a nuestras criaturas y, cuando lo conseguimos, se alzan voces que dicen que… Vanidad de vanidades, todo es vanidad. Que nos conformamos con el oropel. Que todo es mentira.

Yo he llegado tarde, muy tarde. Tengo más de 50 años y llevo traduciendo desde que me licencié a los 22. Cumplí 23 pasado aquel mismo verano, trabajando ya como traductora autónoma. En raras ocasiones me ha faltado trabajo. En muchas he ganado bastante dinero, cuando los tiempos eran otros. Llegué a la traducción literaria después de traducir muchos contratos y licitaciones de parques eólicos y un sinfín de manuales de impresoras. Llegué tarde, porque nunca conseguía tener los tres libros que necesitaba para ser miembro de una asociación profesional. No los conseguía porque nadie me conocía. Nadie me conocía porque no podía publicar nada. Soy hija de padres casi analfabetos. En mi casa no había libros. No he tenido padrinos ni enchufes, sólo gente que me ha apoyado cuando ha visto que el trabajo que yo hacía era bueno. No pude estudiar en el extranjero ni ir a un colegio internacional. La crisis me llevó de carambola al sueño que durante tanto tiempo había perseguido: traducir literatura. Sigo aquí porque en el otro sector no hay ya la oferta que había. Si no, no dejaría de traducir literatura nunca, pero haría como hice antes: combinar ambas actividades, para vivir con holgura y tranquilidad, no como ahora. No tengo otra ocupación que me garantice la subsistencia y me proporcione seguridad, ni una pensión, un complemento ni nada que se le parezca. No pertenezco a ningún clan o cenáculo. No voy a congresos ni doy conferencias, ni clases, ni talleres. O no tengo posibilidad, o no tengo tiempo, o no tengo dinero. Tampoco tengo conocimientos de la egregia ciencia de la Traducción, sólo los rudimentos de un oficio al que llegué como se llegaba antes: a trompicones. Con todo ello, supongo que perpetuaré mi situación ad eternum. Como tantos otros colegas.

Como no pertenezco al ámbito académico ni llevo tanto tiempo en la profesión, me resulta muy difícil ejercerla. He trabajado algo para editoriales grandes que, siempre lo digo, me han tratado bien. Habrá quien considere que esto es peloteo, yo lo considero justicia. Pero no trabajo exclusivamente con ellas: quien más se ha acercado a mí han sido las independientes, pequeñas y medianas, que me han conocido por el boca a boca, por las redes sociales y por mi obra.

Pero ¿de qué hubiera servido mi obra sin redes sociales? ¿Quién iba a hablar de mí, sino mis editores, tan pequeños como yo o poco más grandes que, por cierto, no han dejado nunca de darme tajo? ¿Es esto pecado? No voy a pedir perdón ni a justificar el empleo de mis perfiles digitales, que uso –creo yo– con sensatez y respeto: hacia mí misma y hacia los demás. Como tantos otros colegas que están en una situación como la mía. No puedo pagarme una campaña publicitaria en Bassat-Ogilvy (creo que ya ni se llama así). No tengo acceso a los grandes grupos de comunicación ni de edición, salvo alguna noticia que aparece por casualidad o por el buen hacer de mis editoriales en este sentido. Hay periodistas que me conocen directamente –virtualmente– por mi blog, perdón, bitácora, o por lo que publico en Facebook. He lanzado una campaña para que el gran público conozca nuestra labor y para que se respete nuestro trabajo. Soy así de superficial. Creo que si seguimos peleando lograremos más cosas. La imagen es sólo eso: una especie de tarjeta de presentación, lo primero que se ve; pero detrás, si rascas, está la sustancia. Si no hay sustancia la imagen se desvanece. Estoy convencida, y por eso pertenezco a una asociación profesional de traductores, de que el trabajo diario común y desde la base es lo único que puede mejorar nuestras condiciones. Soy así de optimista. Nos queda mucho por hacer y por mejorar, estoy convencida de ello: lo digo desde el examen de conciencia. Pero no entiendo por qué tenemos que renunciar a una posibilidad legítima de darnos a conocer y que, en mi opinión, usamos poco o al menos de manera bastante restringida. Díganme una cosa: si ustedes decidieran vender unos cuencos de loza que fabrican en un local de una calle con tránsito moderado y que tiene una pequeña ventana a la calle… ¿no pondrían sus productos tras el cristal, para que los viandantes los admirasen y se animaran a comprarlos? Y díganme también: ¿sería eso un desdoro para su oficio de alfareros, mermaría en algo el valor de la mercancía o de la habilidad con la que los fabrican? Yo creo que no. Qué le vamos a hacer. Soy así de ingenua.

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Traducir Cumbres borrascosas. Tercera y última parte.


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Esta entrada iba a ser la segunda y última de la serie, y la que la autora quería escribir. La primera fue para contextualizar. La segunda se coló, impulsada por esas cosas que se dicen, se comentan, se rumorean. Pero explicado ya en aquella primera lo que había que explicar, me dispongo a contar lo que a mí me gusta siempre de una traducción: lo que hay en la trastienda. O en la cocina, prefieren decir algunos.

Qué más da… el laboratorio, la rebotica… El cuarto de atrás, de Martín Gaite, otra expresión que podría valernos. Nos sirve además para sacarla a ella a la palestra. Porque de ella va el asunto, parte del asunto al menos. Y porque cuando se habla de la trastienda de una traducción es cuando el traductor y el lector ven realmente las tripas no sólo del libro: también del proceso.

Me encanta hablar del proceso de traducción, porque nunca es recto, liso, ni unívoco. Tiene altibajos, retrocesos, socavones, curvas, repechos, recodos. Recodos que, como en la canción de Serrat, se acostumbran al camino. Yo, que no puedo hablar de traductología, ni de teoría de la traducción, ni he ido a un colegio bilingüe ni he tenido la suerte de vivir o estudiar fuera, disfruto enormemente cuando me enfango en un texto, cuando hago, deshago y rehago frases y párrafos, cuando busco el nombre preciso o me escapo de la traducción que me impone el diccionario. Como llevo más de 25 años de oficio me niego, sin embargo, a que se me pongan etiquetas de las que se libran otros que han tenido más suerte en la lotería demográfica, o más tino, o han el don de la oportunidad. Tal vez a los colegas sí, pero a los lectores les importan muy poco las áridas teorías que nos llevan a hacer las cosas como las hacemos, y mucho el resultado, o las pequeñas manifestaciones de savoir faire o de serendipia que nos llevan hasta él.

Lo que quería contar de mi traducción de Cumbres son, sobre todo, dos cosas. La primera, probablemente la más romántica de cuantas rodean a este quehacer, es una pregunta que nos hacen a menudo: si el que has traducido era un libro que querías traducir “de toda la vida”. Esa es puramente subjetiva. La segunda, lo que rodea al libro desde su publicación hasta que aparece tu traducción, y que es una mezcla de objetividad (en mayor porcentaje) y subjetividad: elementos, muchas veces, paralingüísticos. Me preguntan si Cumbres borrascosas era mi libro favorito o, al menos, uno de esos libros que uno quiere traducir. La respuesta es no. Aclaro esto: la historia de Catherine y Heathcliff es muy poco inglesa para mí, y por eso no está entre mis predilectos. Como lector, aclaro de nuevo. Como traductor, la cuestión es otra porque los factores que intervienen son, aquí sí, una mezcla de cuestiones objetivas y subjetivas. Mi novela favorita de todos los tiempos es Retorno a Brideshead y no la traduciría ni loca. La segunda es La naranja mecánica y no la traduciría ni por todo el oro del mundo. Hay una mezcla de “Oh, no, no soy digna” y de sospecha de incapacidad propiciada por esa inmersión afectiva en el libro. Si acepté el encargo de traducir Cumbres fue porque esos factores no intervenían (bueno, tal vez el de “no soy digna”, sí…) y con ello el libro no sufriría más de la cuenta. A pesar de que por mi parte quedaban garantizados el rigor y la distancia necesarios para acometer la traducción, pensaba en cuántos colegas lo habrían hecho desde el otro punto de vista, el de la pasión absoluta, y me sentía un poco mal. Si me pongo yo en este supuesto y veo qué libros que yo quería traducir han caído en otras manos veo que ninguno está en mi categoría de “libros con pedestal”, sino en otra: la de libros adorados, perseguidos y deseados. Y no, no voy a decir aquí ninguno… O tal vez sí, uno que ya traduje: Las muchachas de Sanfrediano, de Vasco Pratolini, que publicó Impedimenta. Y otros que seguramente no traduciré nunca, como los de Jane Austen o prácticamente cualquier otro autor del XIX inglés.

Con este retorcijo (no, no está en el DRAE, no busquéis) de sentimientos y sensaciones vamos directos al psicoanálisis. Si ya era complicado abordar la traducción de un clásico, muy conocido y con numerosas traducciones ya disponibles, como he comentado anteriormente, no lo era menos hacerlo con un recuerdo que atesoro y que data de antes de que comenzara mi carrera de traductora literaria. Iba a traducir del inglés un libro que antes había vertido Carmen Martín Gaite, y me vino inmediatamente a la cabeza una anécdota que oí contar a María Teresa Gallego en una mesa redonda sobre la traducción que Martín Gaite había hecho de Madame Bovary. Decía que cuando el amante le comunica que la abandona ella, a quien Flaubert había colocado de pie para recibir la noticia, acabó sentada –por obra y gracia de Martín Gaite– porque era esa noticia que una mujer no puede recibir de pie. Años después la propia María Teresa traducía la misma obra, que no he leído pero donde sin duda habrá dejado a la Bovary de pie como corresponde. Cerraba, de pronto, un círculo: me veía, de alguna manera, confrontada no sólo a Martín Gaite, a quien admiro profundamente como escritora, sino a María Teresa Gallego, a quien admiro profundamente como traductora. En una situación paralela, con menos años, menos recorrido y menos experiencia.

Esto supuso, como imaginarán, un conflicto freudiano. No tenía que “matar al padre” o, en cualquier caso, no a un padre, sino a tres. No he encontrado barbaridades como la que refiere Gallego en la obra de Emily Brontë, aunque hay alguna imprecisión que bien puede deberse al desconocimiento o a un leve tinte de censura, al menos de censura moral. Pero no es este el lugar para hablar de ello. Siempre digo que una traducción tiene muchas capas, muchos niveles de actuación, de intervención y, por ende, de complejidad. También de disfrute. No quiero hacer demasiado hincapié en la pasión porque parece que acaba siendo una palabra vacía de sentido a fuerza de usarse de contrapeso para compensar otras: la falta de años, la falta de experiencia, la ausencia de una licenciatura en Traducción e Interpretación… Pero como decía Pascal, también en esto el corazón tiene razones que la razón ignora.

Quédense con esto: cuando me ofrecieron el trabajo me sentí inmensamente afortunada y honrada por haber sido escogida. Lo acometí con rigor y respeto, pero también con ilusión y cariño. Creo haber hecho una buena tarea. Y si no les convenzo espero al menos que, como dijo Brian Jones, “No me juzguen con demasiada severidad”.

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Traducir Cumbres Borrascosas. Segunda parte.


Todos los cumbres

Me entrevistaban hace unos días Marta Echeverría y Jorge Barriuso en el programa de Radio 3 Hoy empieza todo, para hablar sobre el ejercicio de la traducción y especialmente al hilo de la campaña Acredítame – Cita al traductor que recientemente he impulsado con el apoyo de ACEtt (Sección autónoma de Traductores de la Asociación Colegial de Escritores) y CEDRO (Centro Español de Derechos Reprográficos). El objetivo de la campaña, según parece muy conocida ya a estas alturas, era –es– conseguir que los medios de comunicación citen al traductor que ha realizado una versión, en una lengua distinta de la original, de una obra, además de citar al autor y a la editorial –práctica que se respeta siempre– y al ilustrador cuando lo hay.

Comentaba Barriuso que la traducción es como las labores de la casa, que no se aprecian cuando están hechas, y se echan de menos cuando están sin hacer. La traducción sólo se nota cuando es mala, cuando hay que criticar algo de ella. Entonces sí hay una cabeza que cortar, y vale la pena el paseo.

Si esta afirmación es válida para el 99,9% de los casos, no lo son menos otras, igualmente injustas y, en ocasiones flagrantes. Una muy habitual es la de No sé si puedo valorar la calidad de la traducción si no conozco el original porque no domino ese idioma. Esto se dice siempre de las obras traducidas de lenguas que manejamos poco, léase el chino y el japonés, el árabe, el ruso, las lenguas nórdicas y las lenguas eslavas, entre otras. Mi respuesta siempre es la misma: si lo que lees es un texto correcto en castellano, sin errores, sin construcciones forzadas, sin falsos amigos y sin expresiones que son de todo menos propias de la lengua de llegada, quizá convenga atribuir al profesional de la traducción la competencia y el rigor necesarios para acometer la tarea y pensar que lo ha hecho bien.

Pero hay otras actitudes hostiles amparadas igualmente por la crítica, las editoriales y los lectores. Si una obra es ilustrada, la traducción importa menos. Bueno… vale más una imagen que mil palabras: contra eso no podemos luchar. El impacto de lo visual siempre es más inmediato. Al menos se han corregido prácticas injustas como la de incluir al ilustrador en la cubierta y no al traductor, algo que antes era habitual entre algunos editores de libro ilustrado, y que ahora citan a ambos. Otros ni lo hicieron ni lo hacen. En Tres Hermanas, donde he publicado en los últimos meses una traducción de Cumbres Borrascosas ilustrada por Fernando Vicente, la editora Cristina Pineda tiene clara la importancia de la traducción y del traductor, y puedo asegurar que se ha implicado personalmente y a fondo en la revisión y corrección del texto. Un lujo para mí, que valoro y agradezco siempre en las editoriales con las que colaboro, y que aquí, por lo especial del proyecto, era doblemente importante. Reivindico, además, este papel del editor que en muchos casos se está dejando de lado, con el consiguiente perjuicio para la calidad y el brillo del resultado final.

Pero eso nos lleva a otra de las injusticias habituales a las que tenemos que someternos los traductores. Si ya es complicado traducir un clásico, imaginen lo que representa traducir una obra que es, como ésta, “Patrimonio de la Humanidad”: todo el mundo enmienda la plana. Todo el mundo es, como dice el refrán castellano, “más papista que el Papa”. Si quien ha hecho una, o LA, traducción anterior, la traducción por antonomasia, es un escritor de renombre… apaga y vámonos. Soy, pues, culpable convicta y confesa de haber traducido un clásico patrimonio de la humanidad que tenía versión anterior imputable a escritor consagrado y, además, ilustrado. Por ello seré seguramente quemada en alguna hoguera de las que nos reserva esa masa informe de la que sólo se ven pares de ojos, ojos anónimos muchos de ellos, que nos observan y nos escrutan. Algunos tirarán por tierra un trabajo cuyo fondo ignoran, llevados por perjuicios absurdos o por desconocimiento de base. Otros buscarán una aguja en un pajar con tal de justificar su inquina. Para ello, voy a dejar aquí un par de párrafos de dos versiones distintas de Cumbres borrascosas, ambos correctos y, si estos últimos lo desean, pueden disparar a discreción:

“No tardé en divisar a un grupo de criados que subía por el sendero en dirección a la cocina. El señor Linton iba un poco más atrás; él mismo abrió la verja y se encaminó despacio hacia la casa, probablemente disfrutando de aquella tarde que ya presagiaba el aire suave del verano.”

“Al poco tiempo vi venir por el camino a un grupo de criados que se dirigían hacia el ala de la casa donde estaba la cocina. El señor Linton venía detrás de ellos, a poca distancia. Abrió la verja y se encaminó despacio hacia la casa, disfrutando probablemente de la delicia de la tarde, cuyos suaves efluvios parecían estivales”.

Si alguien, más allá del resultado en castellano, desea contrastar la exactitud de la traducción con el original… ya saben dónde encontrarlo. Está al final del capítulo XV.

Pero hay muchas más afirmaciones estrafalarias en cuanto a la traducción: es literal/no es literal, que pretende que el texto traducido se acomode al ciento por ciento al original, en cuanto a estructura se refiere, y que es casi siempre el camino más corto hacia el horror. Faltan palabras: cualquiera que tenga un nivel medio del idioma que sea, se estará riendo ya a mandíbula batiente. El orden no coincide: véase comentario anterior. Y mi plato estrella: que echen de menos las traducciones mal hechas, como eso tan de Michael Landon en La casa de la pradera, cuando decía: “Hablaré con ella…” (díganme cuántos padres españoles hablan así cuando vuelven a casa y encuentran a su hijo adolescente ofuscado y encerrado en su cuarto: utilizan la forma “Voy a hablar con ella”, igual que “Vamos a sentarnos aquí” en lugar de “Sentémonos aquí”… creo yo, claro está, pero puedo equivocarme: un traductor tampoco es infalible); echan de menos las pasivas que el castellano ni quiere ni necesita y las ristras de adjetivos antepuestos à la anglaise y el posesivo, por ejemplo, ante un miembro del cuerpo… estos son mis favoritos: “tomó su pequeña y cálida mano”. Me recorre un escalofrío según lo escribo.

Lo dejo aquí, porque podría escribir kilómetros de líneas. Ya he dado a unos cuantos material de sobra para pedradas y collejas. Otros muchos, colegas, lectores y editores, sabrán de lo que hablo. Para cerrar esta intervención voy a copiar un par de párrafos de un libro que me llevé de fin de semana a un sitio donde, para mi desazón, no tenía a mano una alternativa mejor.

“Salvo que ellos le miraron atónitos, exigiendo saber qué había hecho con su pequeña y rubia mujer, esa dulce y pequeña X (…). X le quitó la botella de los dedos y se la llevó a su boca, bebió rápido y practicó limpiarse la boca con el reverso de la mano, como haría un hombre…”

Creo que es un compendio de casi todo lo que no se debe hacer, pero… al niño del chiste le parecía que el amoniaco olía bien. Quién sabe.

 

 

 

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Traducir Cumbres Borrascosas. Primera parte.


FullSizeRender¿Qué siente un traductor cuando un editor le encarga la traducción de Cumbres Borrascosas? Si preguntamos a cualquier profesional, dirá seguramente que dos sensaciones, en porcentajes variables según el día y el momento: entusiasmo y miedo. El miedo necesario para abordar el trabajo con respeto y atención extrema; el entusiasmo obligado para cualquiera que ame esta profesión. Los colegas nos compadecerán y nos envidiarán a partes iguales, aunque su frase más repetida sea que no nos arriendan la ganancia. Es comprensible: Cumbres Borrascosas, única novela de Emily Brontë, es patrimonio de la humanidad. Todos la hemos leído, todos hemos visto la película, todos tenemos y forjada una opinión de Heathcliff y Catherine y de su tormentosa relación… Que dé un paso al frente aquel que no se lo sepa todo al respecto.

Abordo el encargo, naturalmente, con la inevitable presión de la universalidad y la popularidad que pesan sobre la obra. Se añade, cómo no, el hecho de que ya existan varias traducciones (alguna bastante reciente) y que la de referencia sea, dado su peso como figura literaria, la de Carmen Martín Gaite.

Con estos antecedentes, ¿qué puede añadir un traductor que no esté ya sobre la mesa? Poca cosa, es cierto: una mirada nueva, algún matiz, la personalidad no ya de nuestra pluma, sino de nuestro teclado. Y casi todo ello es subjetivo. Frente a las traducciones existentes podemos hacer gala de cierta superioridad: de cierta, digo, porque en la mayoría de los casos no se encuentran errores graves. Lo que sí se aprecia es que las frases largas, sinuosas o cuajadas de subordinadas se han mutilado o podado como si fueran setos. Respiran, sin embargo, ese tono de texto polvoriento que tan atractivas las hace a un ojo entrenado. Martín Gaite, por el contrario, respeta escrupulosamente las estructuras y añade de su cosecha ese uso del español tan característico de ella. ¿Cuál es, entonces, la traducción buena? Ninguna. Y todas. Toda traducción tiene en su composición dos partes de objetividad y una de subjetividad. Las primeras: el respeto al original (traducir todo lo que dice, y traducirlo bien) y corrección lingüística (transmitir lo traducido correcta y elegantemente al idioma de llegada); la parte subjetiva es variable, y ahí es donde el lector preferirá una u otra. Esta traductora convirtió en caballo de batalla ésta última parte: para la generación que ha visto ya tantas series de la BBC, el tono de Martín Gaite está mucho más cerca de su imaginario propio, la Castilla de mediados del siglo XX, que de la Inglaterra de principios del mismo siglo. El lenguaje de Cumbres Borrascosas (salvedad hecha de los parlamentos del criado Joseph) no es ni vulgar ni ordinario: a pesar de las maldiciones que tantos detractores granjearon a la autora en su momento, conserva ese tono de politeness tan británico que corre el peligro de perderse cuando su castellanización es excesiva. En otras palabras: hay menos diferencia entre el lenguaje de los personajes de Cumbres Borrascosas y los de cualquier obra de un siglo más tarde, que entre los de Emily Brontë y los de Carmen Martín Gaite. Mi admiradísima Carmen los arrastra demasiado a lo popular, aunque el resultado final sea redondo porque escribe un castellano sin fisuras. Dicho esto, a veces tengo la sensación de que eso es lo único que he hecho: algo así como el restaurador de un cuadro, quitar o añadir color o brillo en pequeños toques para ofrecer una subjetividad nueva, un tono distinto. Una luz nueva, nada más. De todas las versiones que tienen a su disposición, yo espero que prefieran la mía, ésta de Tres Hermanas que tienen en sus manos. Perdonen mi atrevimiento.

(Esta nota abre la edición de Cumbres Borrascosas publicada recientemente por la editorial Tres Hermanas con ilustraciones de Fernando Vicente).

 

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La historia de Lola B.


Invitacion_AmeliaPdV_Elpulsodeladesmesura_LéAyer 24 de mayo en Librería Lé (Castellana 154, Madrid), me pedisteis todos de manera unánime el texto que leí para presentar a Lola B., la protagonista de El pulso de la desmesura. Lo prometido es deuda, y obras son amores… Así que ahí va. Gracias por vuestra compañía. A Lola no le gusta la soledad.

Hubiera sido ésta fácilmente una historia de regreso y venganza, como esa que narra magistralmente Kate Winslet en La modista. Pero será, sin embargo, una nota de agradecimiento.

Cuando se acaba de publicar ese libro titulado ¿Quién le hacía la cena a Adam Smith?, de Katherine Marçal, (Ed. Debate, Trad. Elda García-Posada), o el artículo “Las chachas del boom latinoamericano”, de Noemí López Trujillo, escribe esto precisamente la que hacía la cena durante los años que ejerció de criada y de niñera: escribió la historia de Lola, porque no podía hacer otra cosa.

Por eso quiero dar las gracias a Doris Lessing –a quien tanto admiro– y a Emilia Pardo Bazán –como quien me hubiera gustado ser– por contarme años después en pluma ajena cómo habían abandonado a sus hijos para ser escritoras. Yo, que conocía la experiencia de la orfandad y lo que conlleva, no era quién para dejar huérfanos a mis hijos antes de que llegara el momento… Les he dado, a cambio, una vida sin domingos, y les pido perdón por ello: ahora puedo ofrecerles la razón por la que tal vez valió la pena, y una lección de entrega y de esfuerzo.

Gracias a mi amiga Mónica, que se iba de casa una tarde en medio del fárrago cotidiano de cenas y baños y, tras contarle yo la idea perfecta que llevaba semanas cociendo, me dijo: “Ahora los acuestas y te pones a escribir”. Le hice caso, y aquí está el resultado. Por eso se lo agradezco tanto.

A mi amiga Margarita, que en una ocasión me dijo: “Eres increíble: echarías abajo la muralla china si te lo propusieras, la volverías a construir si hiciera falta”. Me lo dijo en una ocasión en que, precisamente, no estaba yo para obras públicas. Por eso se lo agradezco tanto.

A mi marido, que me dijo que dejara de quejarme porque no conseguía publicar mi primera novela y a continuación: “Escribe otra”. Y he de confesar que nunca se lo agradecí: pensé que lo decía para taparme la boca.

Gracias también a Fórcola Ediciones, que ya será para siempre –utilizo la expresión italiana porque me gusta más– mi “casa editrice”. Me gusta lo de casa… Y a Javier, su director, que confió en mí desde el primer momento y que siempre me ha dado ánimos en las horas bajas, como un editor antiguo.

13239010_10208405615569454_6699599426682758895_nPero esto, claro está, es cosa de los últimos tiempos… No sé quién dijo “dame una infancia desdichada y te daré un escritor…” No es mi caso: no fui infeliz, ni –creo– hice infeliz a nadie… Pero como me decía mi abuela cada vez que le decía yo lo que quería ser de mayor (invariablemente actriz, cantante o presentadora de televisión…) su respuesta era: “Ay, hija, eso del arte… hay que mamarlo”.

No hay quien detenga a una niña que quiere ser artista.

Gracias a mi madre, que me llamaba Anduriña, como la canción de Juan y Junior, o Antoñita la Fantástica, según el día, y que yo creo que en el fondo no pensaba que yo iba a llegar hasta aquí. A mi padre, que tuvo la desfachatez de variar mi carta a los reyes magos en tercero de EGB y cambió la bici por una máquina de escribir… por si al final no era escritora, para que me pudiera ganar la vida como secretaria, dijo. ¡Qué empeño el suyo! Yo seguí montando en aquella bici de marca La Veloz, rojo metalizado, fabricada en Eibar, que siempre estaba sin frenos y era mucho más grande que yo…

No se puede parar a una niña que quiere montar en bicicleta.

A mi hermano Tone, al que hace tanto que no veo, y que no era mi hermano en realidad. Fue el único que, de niña, me dijo: “Tú tienes que ser escritora”. Me regaló mi primer libro y me dio a leer las tragedias de Esquilo, Sófocles y Eurípides cuando yo tenía sólo doce años. Y a mi abuelo, que decía que yo tenía unos cojones como el caballo de Espartero y que el que la sigue, la mata.

A mi abuela también he de recordarla al hilo de esto: cómo se enfadaba cuando mi hermana y yo hablábamos en inglés… Decía que no era inglés, que nos lo inventábamos para hacerla rabiar… estaba en lo cierto. A cambio, me dejó un extenso vocabulario del castellano viejo que utilizo mucho y estoy transmitiendo a las nuevas generaciones. Qué buenos ratos pasamos. Me daba mucho la brasa, además, mi abuela, con aquella letanía del tanto-leer-tanto-leer-te-vas-a-volver-tonta… una versión local del famoso Men don’t make passes at girls who wear glasses de Dorothy Parker: en román paladino, los hombres no tiran los tejos a las empollonas.

No siempre llevan razón las abuelas.

Y después de todo esto, llega Lola, como queriendo decir al mundo aquí estoy yo: me ha escrito una mujer que imaginó porque no podía hacer, que creó porque no podía producir. Que tuvo que conformarse con viajar con la mente e inventar una vida. Gracias también a mi doctora Medina, del ambulatorio, que un día me dijo que lo que me pasaba no se curaba con paracetamol y me preguntó, de pronto: “¿Te das cuenta de lo que has conseguido tú sola?”

Presentadores

Grandes expectativas tenía yo en Lola entonces, antes de que todo fuera autopublicado en Internet, y todas las fui perdiendo. Creí que a Lola ya, como a su autora, se le había pasado el arroz… No sé qué pasará ahora, pero aquí estamos, porque hasta aquí hemos llegado.

No se puede callar a una mujer que tiene algo que decir.

(Fotografías: Javier Jiménez, en Librería Lé)

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Los traductores lanzan la campaña informativa @acredítame


Diseño de campaña by José Houdini Graphic Design

Diseño de campaña by José Houdini Graphic Design

Ante la inminente celebración, el próximo 23 de abril, del Día del Libro, os recordamos que la Sección Autónoma de Traductores de Libros de la Asociación Colegial de Escritores de España (ACEtt) acaba de poner en marcha la campaña informativa @acredítame (cita al traductor), con el fin de recordar a los medios de comunicación la necesidad de mencionar al traductor de un libro en las reseñas bibliográficas.

Esta campaña informativa, que también busca la complicidad de editoriales y librerías, ha puesto a disposición de los internautas una cuenta en Facebook (Cita al traductor) que ya cuenta con más de seiscientos seguidores y un canal en Twitter (@acredítame) para que citen al traductor de las obras en reseñas en las que se haya obviado su nombre.

ACEtt destaca que esta iniciativa reivindica la importancia de los traductores “en el panorama editorial y literario” y considera que ni el espacio ni el tiempo deberían ser la excusa para no citar al traductor en la ficha bibliográfica.  Asimismo desde esta asociación se quiere poner en valor la figura del traductor como nexo indispensable en el entendimiento entre el escritor y el lector y su contribución a la difusión de la cultura.

Para ACEtt una buena traducción supone rigor lingüístico y calidad literaria y, por ese motivo, consideran importante el reconocimiento social y mediático de sus profesionales.

Esta campaña cuenta con el apoyo, entre otras organizaciones, de CEDRO, que la ha incluido en su programa de radio semanal Creando, que es gerundio (aquí tenéis el acceso al podcast para escucharlo) y en su boletín CEDRO Informa.

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